El Flaco fue nuestro amigo, incluso un gran amigo. Es cierto: un amigo de trato difícil que permanentemente arriesgaba la amistad por sus asperezas, sus distancias y por sus giros imprevisibles. Pero, como amigo significa amado, querido, muchos fundamentarán su amistad en el hecho de que fue una persona admirable, completamente singular.

Fue sobre todo un revolucionario, alguien que jamás se dejó engañar con el Estado “bueno” o con el capitalismo “bueno”. O, para decirlo con el lenguaje de la Revolución burguesa, fue un patriota que amaba de modo cosmopolita la República argentina. Siempre expresó su voluntad de “cambiar el mundo”, lo que en su boca y en su pluma significaba superar la sociedad capitalista y el Estado de clase.

También fue un marxista y aun un leninista. Conocía detalladamente los avatares y peripecias de la historia del socialismo, desde las biografías de Marx y Engels, pasando por los accidentes de la Primera Internacional, las discusiones y las políticas de Bernstein, Kautsky, Rosa Luxemburg, Plejanov, Lenin, hasta la crisis actual, etc.; además conocía y admiraba también a Trotsky y su voluntad de crear una Cuarta Internacional.

Esta firme adscripción a la tradición socialista no lo cegaba respecto de los logros insuperables de la Revolución burguesa, i. e., la Ilustración, Hegel, el constitucionalismo, el liberalismo, el Estado de Derecho, Kant (su correo supo llamarse “federicokant”), y también respecto de toda esa vasta literatura que los que se revindican como “ortodoxos”, juzgan “revisionista”. Así pues, tras la portentosa derrota planetaria en la lucha de clase y en la lucha cultural, repetía: hay que volver a pensarlo todo; algo que intentaba de forma original y atrevida con una rara amplitud de horizontes y de interlocutores válidos (v. g., se interesó rigurosamente por estudiar el “capital tecnológico”). En fin, siendo un claro cosmopolita e internacionalista, dedicó empero sus últimos esfuerzos intelectuales al diálogo con las tradiciones precapitalistas del “buen vivir” o del “vivir bien” en la versión aborigen, a las cuales les estaba dedicando un libro, del que me invitó a ser su interlocutor, lo que yo -no sé si por ignorancia o defección- no quise aceptar.

Pero sus intereses espirituales no se limitaban al materialismo histórico, la teoría política y la filosofía política. Tenía un fuerte interés por las ciencias sociales en general, que incluía aun al Psicoanálisis. Poseía una singular biblioteca de las ciencias del lenguaje (lingüística, semiótica, análisis del discurso, teoría de los actos de habla en versión habermasiana, etc.), admirable incluso para quienes nos hemos dedicado al asunto de manera, por así decirlo, profesional. Pero sobre todo, en la mejor tradición de Marx y del marxismo, tenía una impresionante cultura literaria, amplia y altamente refinada; la literatura no era para él un motivo de estudio sino de felicidad; provocaba satisfacción escucharlo hablar de libros con tanta erudición, inteligencia y sensibilidad. Tras la cruel operación de abril, cuando lo visité por última vez, me dijo que releía a los novelistas del siglo XIX y me llamó la atención sobre un libro acerca de “la Ilustración radical” que yo hasta entonces desconocía.

No le gustaba nada que yo lo escarneciera amablemente diciéndole que era un intelectual brillante y un político mediocre. Con toda facilidad hubiese podido ser un profesor brillante y encantador, pero no lo intentó: los profesores le parecíamos una suerte de burócratas del espíritu y la cultura y con frecuencia dedicaba a la universidad –a la que veía tan mezquina como a las otras instituciones estatales– sus amargos y conocidos sarcasmos. En cambio, habiéndose dedicado desde la adolescencia con pasión y heroísmo a la política, experimentaba con malestar su forzado ostracismo y el éxito de la inmoralidad, la ignorancia y la mediocridad. Digámoslo con una paráfrasis: también los individuos hacen sus propias historias personales bajo circunstancias que no controlan.

Una parte (quizá la sustantiva) de la amistad es el diálogo y la conversación. Hablar y discutir con el Flaco era experiencia fascinante y maravillosa. Su energía, su agudeza, su ironía, su pasión, su hosco carácter de polemista temible, su desenfado para hablar incluso de la enfermedad, la crueldad y la muerte, hacían de la conversación y el diálogo la ocasión de experimentar una personalidad excepcional que exponía y expresaba ideas originales o bien tan polémicas que eran motivo de agrias discusiones, incluso enconadas. La última vez que lo vi y hablamos, ironizaba sobre su extrema delgadez, el cáncer, la muerte. Quería que su muerte fuera el acto político de un rojo, i. e., un acto y un testimonio de emancipación.
Fuente: El Diario

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