El abucheo y los silbidos que acompañaron el discurso del vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, durante el acto conmemorativo de los 200 años del combate de San Lorenzo y los insultos que sufrió el viceministro de Economía Axel Kiciloff cuando regresaba junto a su familia desde Colonia en Buquebus el fin de semana pasado, son dos hechos que merecen una lectura rigurosa y diferenciada.

Hace años que la violencia verbal, la descalificación y los insultos tienen un lugar en la política argentina. No se salva casi nadie. Los foros de la web y los comentarios de los foristas en diarios y blogs sirven como muestrario: están plagados de puteadas. Favorecidas, en general, por el anonimato.

Algunos dirigentes políticos se lucieron en la lógica del agravio durante estos años. Desde Aníbal Fernández y Luis Delía a Lilita Carrió y, recientemente, Miguel Del Sel (sólo por mencionar algunos ejemplos, entre los oficialismos y opositores más sueltos de boca). Tratar al que piensa distinto como un enemigo es contradictorio con los principios democráticos. Un parte del periodismo hace a diario una contribución a la irritación colectiva. La profunda división que existe en la sociedad frente al kirchnerismo completa el escenario.

Dicho esto, es importante aclarar que lo que vivió Amado Boudou puede considerarse parte de su oficio. Un dirigente político se enfrenta a los ciudadanos y puede recibir aplausos y vítores o rechazos y abucheos. Un acto público, cuando no está armado con coreografía propia conlleva esos riesgos. Mostrar el descontento popular es tan válido como expresar la adhesión y el apoyo. Los políticos lo saben.

Si se me permite la analogía, un actor que enfrenta a su público en un teatro vive similar peripecia. Boudou comprobó, de primera mano, el rechazo de cientos de santafesinos a su figura. Un dato es clave: el vicepresidente, después del escándalo Ciccone, se convirtió en una de las figuras más desgastadas del gobierno. Sobre él pesa una investigación judicial sobre tráfico de influencias. Todavía no hay resolución. Esto no justifica lo que pasó pero lo explica. En lo más alto del gobierno nacional no acusan recibo del cambio de humor social en relación al vice.

El diputado del Frente para la Victoria Agustín Rossi, deslizó que el repudio estuvo “organizado” y responsabilizó al Partido Socialista. Vale recordar que en uno de los últimos actos del Día de la Bandera, Hermes Binner recibió silbidos y abucheos de parte de los militantes kirchneristas que había asistido a aplaudir a la Presidenta de la Nación. Los actos patrios no deberían estar teñidos de colores partidarios. Claro que, a esta altura, esto parece una utopía.

Muy distinto es lo que pasó con Kiciloff. El funcionario sufrió una suerte de escrache cuando regresaba al país desde Colonia en Buquebus. Estaba con su esposa e hijos. No participaba de un acto público. Los insultos en este caso, no tienen ninguna explicación racional. Le gritaron "caradura" pero también "judío" y "marxista".

El escrache es un invento argentino. Wikipedia, el diccionario virtual, lo define como la denuncia popular contra personas acusadas de violaciones a los derechos humanos. De hecho, nació en 1995. Los chicos de HIJOS habían participado de un campamento en Córdoba. La sensación de impunidad los abatía y fue entonces que surgió una idea simple y contundente: si la justicia no podía alcanzar a los asesinos y torturadores de sus padres y familiares, ellos no se iban a quedar de brazos cruzados. “Si no hay justicia, hay escrache”, fue la consigna. Señalarían a los represores, los pondrían en evidencia en sus barrios. Con pintadas, sentadas y movilizaciones, les hicieron dar la cara. Mostrar el escracho (cara en lunfardo). Cuando los juicios recomenzaron los escraches fueron desapareciendo.

Volvieron en el 2001 de la mano del “que se vayan todos”. Lamentablemente, el repudio a los políticos se extendió a la política en general y los argentinos sabemos cómo terminó esa historia y cuáles fueron sus consecuencias. Aquellas movidas, en general, no incluían hechos de violencia. Aunque cada tanto algún cobarde, amparado en el montón, aprovechó para soltar algún golpe. También hubo algunos escraches durante el conflicto por las retenciones entre el gobierno y el campo. Los sufrieron diputados oficialistas y también dirigentes de la Sociedad Rural. En todos los casos representan una degradación de la política. Diez o cien tipos insultando o agrediendo a una persona que está sola.

En el habitual doble estándar de algunos analistas el escrache tiene el mismo tratamiento que los piquetes. Hay piquetes buenos y piquetes malos. Hay escraches justificados y otros que constituyen un ataque al honor y la integridad de las personas. Romper esa lógica maniquea desde los medios de comunicación es un aporte concreto a la convivencia.

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