Transcurrieron 23 años desde la firma del Tratado de Asunción que le dio origen, y en los últimos diez el Mercosur parecía comenzar una etapa excepcional: sus cuatro miembros originales y sus principales asociados exhibían gobiernos afines y de vocación explícitamente integracionista y latinoamericana, en un contexto de fuerte recuperación económica de América Latina. Tan así era que, frenado su intento de imponer el ALCA por la vía multilateral, los Estados Unidos redefinieron su estrategia y avanzaron con TLC plurilaterales o bilaterales (por ejemplo, con México, Chile, Colombia y Perú).

La emergencia de China produjo un cambio fundamental en las tendencias del comercio mundial favorable a países productores y exportadores de materias primas, dado su enorme peso demográfico y escasa dotación de recursos naturales. Esta combinación es la inversa de América Latina, beneficiada por una fuerte mejora en los precios de los productos (las “commodities”) mayoritarios en su estructura exportadora. Los fondos acumulados por esa renta posibilitaron un papel más activo del Estado y algunos países latinoamericanos redefinieron sus estrategias de desarrollo. Pero como contrapartida, esta coyuntura tan favorable alienta una ilusión de “nacionalismo económico” que –pese al discurso– debilita la voluntad de cooperación necesaria en todo proceso de integración.

Aunque no falten acciones en un sentido correcto: ocho años atrás –y luego de varios años de desencuentros entre los socios mayores, Brasil y Argentina– dos Cumbres del Mercosur (en Montevideo y en Córdoba), parecían encaminarse a resolver cuestiones largamente postergadas: se acordó consolidar la unión aduanera, eliminar el doble cobro del arancel externo común, abordar una transformación productiva conjunta, tratar las asimetrías estructurales, fortalecer institucionalmente el bloque con el Parlamento del Mercosur, las Reglas de Procedimiento del Tribunal Permanente para la solución de controversias y la creación de un grupo de alto nivel que elaborara una propuesta de reforma institucional del Mercosur.

Poco de ello se efectivizó. Y lo cierto es que mientras Brasil consolida el espacio BRICS, la Argentina sueña con que alguien le abra esa puerta, Venezuela sigue apostando solo a su petróleo y Bolivia se transforma en modelo de administración equilibrada para el Banco Mundial. Muchos de aquellos anuncios quedaron solo en eso y otros se revelaron insuficientes: el Mercosur sigue sin constituirse como un verdadero mercado interior, no “niveló” su campo de juego, no armonizó las exportaciones intrazona ni las políticas de promoción regional de la inversión y de exportación hacia terceros mercados, ni coordina una convergencia macroeconómica con mecanismos de coordinación cambiaria para apuntar (por ejemplo) hacia una moneda común.

Hay más preguntas. ¿Y la sociedad? ¿El Mercosur seguirá siendo un acuerdo entre gobiernos, sin participación social, sin siquiera avanzar en acuerdos para la resolución de conflictos ambientales? ¿Y las definiciones faltantes sobre temas no estrictamente comerciales como la articulación de políticas públicas regionales para el desarrollo social? Todo indica que el discurso sigue yendo hacia un lugar y los hechos hacia otros.

América del Sur puede constituirse en uno de los polos de la nueva configuración mundial multipolar: el Mercosur tomado en bloque, es la cuarta economía del mundo. Pero por ahora, cada uno de sus socios habla de integración pero sigue planificando sus estrategias de manera aislada. En la distancia entre discursos y hechos, se pierde una oportunidad que nadie sabe cuánto tiempo más estará disponible. Es de desear que la Cumbre en Paraná aporte en este sentido, aunque por ahora el optimismo de la voluntad parece jaqueado por el pesimismo de la razón.

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