Ante la desaparición física de don Luis Agustín Brasesco, no puedo menos que expresar un sentido homenaje a uno de los más coherentes, decentes y laboriosos dirigentes políticos que ha dado al país la provincia de Entre Ríos.

Lo conocí en la Convención que reformó la Constitución Entrerriana en 2008, y allí pude mantener con él divergencias profundas y coincidencias trascendentes, en un marco de tolerante respeto que iluminaba esos debates y que debería ser ejemplo para todos los que participan activamente de la preocupación por los asuntos comunes.

No voy a reiterar los conocidos aportes de don Luis a la actividad parlamentaria, a la vida del radicalismo y a la Reforma del 1994. Solamente quiero poner énfasis en que algunas de las banderas por las que se apasionó, siguen aguardando que las generaciones posteriores a las de él, nos animemos a llevarlas a la práctica. Y pongo énfasis en esto porque los valores de libertad e igualdad por los que luchó, y a los que dedicó buena parte de su vida laboral, trascienden largamente las fronteras partidarias de la organización a la pertenecía –la UCR, a la que sin dudas dignificó como pocos– y son compartidos por hombres y mujeres de diferente signo.

En su libro “De la esperanza al riesgo”, prologado por Raúl Alfonsín, y en el que recopiló algunas de sus ideas sobre los problemas de la democracia, y algunos de los proyectos que caracterizaron su labor legislativa como senador de la Nación –y que tuvo la gentileza de dedicarme con palabras que atesoro– Brasesco mostraba alguna de sus pasiones: la defensa de la transparencia en la democracia; la participación de los trabajadores en el control de la producción y en las ganancias (consagrado en el art. 14 bis de la Constitución Nacional, pero aun "letra muerta"); la lucha por lograr en la legislación la primacía de los derechos de la clase obrera; la libertad sindical; la necesidad de la existencia de ámbitos institucionales para la resolución de conflictos (Consejo Económico y Social, convenciones colectivas, paritarias), la defensa del rol del Estado, pero un Estado no burocrático sino social-participativo.

El legado enorme de Luis Brasesco debe ser tomado por los militantes y dirigentes de los diferentes partidos democráticos porque constituye, en sí mismo, un programa concreto y detallado para una Argentina con más libertad e igualdad. Ese, creo, sería nuestro mejor homenaje a este extraordinario entrerriano que se va, pero no muere.

En un mensaje personal lleno de afecto, en 2008 don Luis me escribió: “Siempre la lucha por nuestros ideales, debe acompañarse con conductas. En esto hay que ser inflexible”. Su vida fue un ejemplo de coherencia. Por todo eso lo recordaremos en cada lucha por los valores a los que dedicó tanto estudio, militancia y sereno batallar.
Fuente: Página Política

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