Esa virtud no siempre se debe a los motivos que imaginan sus autores, es decir, a la consistencia conceptual o a la calidad retórica de los textos. Tampoco a su capacidad para estimular el debate con otras visiones de la vida pública. Los suscriptores de estas cartas presumen ser un sujeto democrático absoluto. Cualquier voz alternativa suena a golpismo, es decir, carece de legitimidad. Por otra parte, si quisieran dialogar tal vez no encontrarían interlocutor. El kirchnerismo es hoy la única fuerza que acompaña su acción con una narración general de la política.

A pesar de estas fragilidades, los pronunciamientos de Carta Abierta tienen una riqueza indiscutible: adelantan con bastante certeza las decisiones oficiales . Sea porque tienen un vínculo operativo con la Casa Rosada, sea porque Cristina Kirchner se inspira en sus recomendaciones, los redactores de estas cartas suelen saber sobre el futuro del Gobierno bastante más que muchos integrantes del gabinete nacional.

Esta misteriosa cartomancia ha hecho aportes sorprendentes. La Carta XI, de diciembre pasado, adelantó la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, el direccionamiento del crédito, la restricción de los giros de dividendos al exterior, y la estatización de YPF.

La Carta XII, del último lunes, ha potenciado ese mérito informativo. En principio, su gracia literaria es inferior a la de diciembre. Se advierte en muchos párrafos que esta vez el talentoso Horacio González debió ceder su pluma gongorina a una mano más tosca que la suya.

Pero la sagacidad también ha decaído. Por ejemplo, para referirse a los medios dedicados a la propaganda del Gobierno, esta nueva edición sustituyó la categoría convencional de "periodismo militante" por la de "periodismo oficial". Una insidia inesperada en un grupo que se ha embanderado con la nueva ley de radiodifusión.

También hubo un descuido, o una imprevista sinceridad, en la defensa de las estatizaciones: se recuerdan todas -correos, aguas, Aerolíneas, jubilaciones, YPF?menos Ciccone, sancionada cinco días antes. ¿Enumeraron por error? ¿O Carta Abierta se despidió de Amado Boudou?

En algunos pasajes los autores incurren en una imperdonable falta de rigor. Arrastrados por la mitología, atribuyen a los Estados Unidos la caída del paraguayo Fernando Lugo. De interesarse un poco por los hechos, habrían descubierto el idilio entre Washington y Lugo. Y las dificultades del sucesor, Federico Franco, para relacionarse con el gobierno norteamericano. La DEA tiene bastante que ver en ambos casos.

Los ideólogos kirchneristas también son un poco torpes para detectar las urgencias intelectuales del oficialismo. Vituperan a la prensa crítica calificándola, con un eurocentrismo inadecuado -los autores dirían "colonial"--, de "bonapartismo mediático". Pero no advierten que lo que los lectores, sobre todo Cristina Kirchner, están esperando que sepan justificar por qué el proyecto nacional y popular confió la "democratización de la palabra", prometida por la ley de medios, a José Luis Manzano y Cristóbal López. Esa novedad del campo audiovisual pasa en silencio.

Estos intelectuales condenan a las izquierdas opositoras por su incapacidad para "entender la paradoja". Pero, ante el crimen del trotskista Mariano Ferreyra, se abrazan a la víctima y execran a José Pedraza, quien aporta, desde el presidio, al nuevo montaje sindical de la Presidenta. Con la misma plasticidad, se resignan a que la seguridad interior esté en manos de un militar en actividad. Estas y otras disonancias son atribuidas a "la espesura de los hechos". Un simpático recurso al paisajismo.

Más allá de sus imperfecciones, el pronunciamiento de la semana pasada se presenta como un programa ideológico-moral, económico y político. Para empezar, vuelve a incomodar a Cristina Kirchner reclamando la despenalización del aborto. Ella se resiste a esa reforma. Y muchos obispos católicos admiten que no critican al Gobierno en retribución a esa resistencia. ¿Se mantendrá este statu quo?

Los intelectuales también reclaman la creación de una empresa nacional de minería. En este caso el pacto puesto a prueba es el que sellaron la Presidenta y varios gobernadores con las transnacionales de esa industria. La originalidad más impactante de la nueva carta es que recomienda la fractura del oficialismo. Propone la ruptura con el peronismo realmente existente, como dirían en la Biblioteca Nacional.

El primer escenario del conflicto es el modelo sindical. La Carta Abierta XI todavía soñaba con rescatar la asociación con Hugo Moyano. Esta nueva edición defiende la democratización del unicato gremial peronista. Llama la atención que elija como ejemplo de esa democratización a la CTA de Hugo Yasky, que nació de la negativa a aceptar una derrota electoral frente a Pablo Micheli. Otro detalle que se escabulle en la "espesura de los hechos".

La eliminación del monopolio sindical tiene una intención práctica. Moyano, dice el texto, se volvió réprobo cuando se alió a "la derecha". El Gobierno sabe que los sindicatos, a diferencia de las obras sociales, nadan en la abundancia. Sencillo: en cada paritaria se llevan un porcentaje del incremento salarial. La posibilidad de que financien proyectos opositores es uno de los principales factores del proyecto de desregulación del gremialismo.

Moyano supone que detendrá esta amenaza armando listas electorales. Sus adversarios, los "gordos", reducen su relación con el Gobierno a que les paguen o no los subsidios de las obras sociales. Ambos bandos carecen de estrategia para sobreponerse a una ola que se ha propuesto arrollarlos.

Carta Abierta también aconseja acelerar la disputa interna con la "nueva derecha que se pretende heredera de la actual transformación" (Daniel Scioli) y con las "fuerzas conservadoras que anidan en la alianza electoral triunfante".

En esta diferenciación del peronismo clásico se abre espacio la propuesta de reelección presidencial. Es la contradicción más mortificante del documento. Sus autores confiesan que la realización del "implícito y explícito sentido de la historia" -así definen al kirchnerismo--, depende de la permanencia de un Kirchner en el poder. Entre otras razones, porque esa continuidad debe alumbrar al pos-peronismo.

Para los intelectuales siempre es embarazoso identificar un cuerpo de ideas con una experiencia histórica. Es fácil imaginar, entonces, lo fastidioso que debe ser para los de Carta Abierta que su plan de salvación esté subordinado a la fluctuante popularidad de la Presidenta.

La Carta XII intenta enmascarar esta indigencia en un cantar de gesta. Así, anuncia la llegada de un "momento constitucional", que debe "ligar las transformaciones en curso y el andamiaje legal" para "pensar en forma completa el decurso de la historia".

Si consultaran a un abogado, estos apasionados kirchneristas advertirían que todas sus propuestas se pueden realizar sin tocar la Constitución. La multiculturalidad, la estatización de los recursos naturales, la universalización del sistema de salud, la heterogeneidad lingüística, y las demás innovaciones que auspicia el documento, se pueden alcanzar sancionando leyes ordinarias, en muchos casos por simple mayoría.

Para el kirchnerismo la Constitución de 1994 --de cuya redacción participaron, con entusiasmo, los Kirchner?es la muralla neoliberal contra la que fracasa todo impulso igualitario. Sería aceptable si no fuera porque, al mismo tiempo, se ufana de haber emancipado al país del neoliberalismo, hazaña que pudo consumar sin cambiar una coma de esa misma Constitución.

El único simpatizante del Gobierno que se sustrajo a esta incongruencia fue Raúl Zaffaroni. El propone un pasaje del presidencialismo al parlamentarismo que sólo podría realizarse a través de una Constituyente. Pero la izquierda oficialista camina en sentido contrario: necesita eternizar a su jefa, es decir, extremar la personalización del poder.

Debe ser una trampa muy embarazosa para gente que deplora el bonapartismo. Hará falta una enorme espesura para ocultarla.
Fuente: La Nación

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