“No todas las cosas son buenas para ser contadas: acciones hay que por grandes deben callarse y otras que por bajas no deben decirse”. Cervantes

Estanislao Estaban Karlic ha sido un importante político en Entre Ríos. Con el advenimiento de la democracia cumplió el imperioso, exigente y retardado rol de abrir las ventanas de la Curia para que ingrese el viento fresco del Concilio Vaticano II –que el gélido cristal del conservadurismo de Adolfo Servando Tortolo mantuvo como una barrera impenetrable en esta provincia– y que de ese modo se aireen los rincones de los templos, plagados de discursos totalitarios, ultramontanos, xenófobos, antisemitas, misóginos, militaristas, antidemocráticos.

// Es probable que eso haya sido un argumento más para que la UCA-Santa Fe le otorgara el título de doctor honoris causa. En efecto, “la Universidad Católica de Santa Fe –informó mediante un comunicado– otorgó (el pasado 11 de octubre) el grado académico de doctor honoris causa a su excelencia reverendísima cardenal Estanislao Esteban Karlic, en el marco de la jornada la fe y la teología Recepción del Concilio Vaticano II en América Latina y Argentina, El catecismo de la Iglesia Católica”.

Claro que para hablar de cambios, con abrir la ventana a aquellos nuevos vientos no fue suficiente, pero al menos los discursos de intolerancia religiosa ya no tenían, se supone, el carácter de obligatorio para los curas, ni de doctrinario para los feligreses. Donde había un cura filonazi, como aquel de apellido Rauch, que sermoneaba en la capilla de Fátima, Karlic puso lo más progre que tenía a mano, que fue Carlos Barón. Mi interés es que la palabra progre aparezca sin la desautorización de las comillas, y con el relativismo de la cursiva. Rauch, de pelo corto, rubicundo, regordete, transpirado de la pura rabia que encapsulaba en cada frase, fue reemplazado por el barbudísimo Barón, que vestía ya de jean y hablaba de cosas simples y directas.

Pero estamos hablando de la Iglesia, donde los cambios generan siempre ruidos y nunca alcanzan para desperezarse en su telaraña medieval. Entonces Karlic mandaba todos los domingos a topos de la Curia a grabar los sermones de ese cura hippiezco y desestructurado. Cuando lo creyó oportuno, le pidió que se afeite y lo envió a Roma para estudiar y sacudir sus ideas, seguramente. Al regreso, lo confinó a Fidanza, el antiguo leprosario que aún queda en medio de la nada, de camino entre Paraná y Diamante.

Rauch pasó a la capilla del Divino Amor: un templo que estaba a medio hacer en la puerta del barrio Rocamora, donde el cura halló que podía propalar su discurso a través de un altoparlante instalado en el campanario. Los sábados inundaba el barrio con canciones de la vieja guardia clerical y cada tanto pegaba un reto público y amplificado. Una tarde, en un sermón de misa se la agarró contra El Diario, al que acusaba de ser un nido de masones. Este cronista, que tendría 16 años entonces, ya trabajaba en ese medio y gastaba, por entonces, sus últimos años de católico, le contestó que no conocía ningún masón en la redacción.

Rauch utilizaba el mismo discurso que para expropiar El Diario blandió el nazi Carlos Zavalla, interventor en Entre Ríos con el golpe de 1943, pero cuarenta años más tarde y ya durante la democracia. Luego, encontró el cura su mejor lugar en la pastoral carcelaria, donde hizo suya la causa del policía Carlos Balla, aquel tenebroso represor de la dictadura que luego fue preso por torturar, matar y hacer desparecer el cuerpo de un funcionario provincial, también durante los años de democracia.

Sacudiendo el nido de tacuaras

Con esa realidad tuvo que lidiar Karlic. Con esa y con otras no menos densas: la de los editores autodenominados contra-reformistas y contra-revolucionarios de Mikael, la revista ultranacionalista y reivindicadora del golpe de 1976; contra los seminaristas, diáconos de filiación de un tardío tacuarismo, de sotana demodé que se escaparon indignados a completar los estudios sacerdotales en el seminario de San Rafael, Mendoza. Los tacuaras hicieron de ese seminario cuyano un nuevo nido alejado de la mirada de Karlic. En fin, tuvo Karlic que lidiar con la iglesia que dejaba Tortolo. La peor de la Argentina.

// Es probable que eso haya sido un argumento más para que la UCA-Santa Fe le otorgara el título de doctor honoris causa. Fue odiado por muchos y aclamado por la mayoría, aun no católica. Tuvo buena amistad con otros credos y en especial con los rabinos de la ciudad. Los nazionalistas lo acusaron –repárese en el verbo– de ser judío porque decían que su madre lo era. El problema no era su desinformación o inexactitud, sino su judeofobia.

Karlic, cultor incombustible de la prudencia, no contestó jamás. El blanco de su discurso se situaba de las nubes para arriba, y fue de una inmaterialidad exasperante. Le gustaba colar la palabra “maravillas” en cada párrafo. “Las maraví-ias”, pronunciaba. El mutismo en que se sumió desde hace un año obliga a conjugar los verbos en tiempo pretérito, como si no estuviera vivo. Nunca hizo bandera de lo que debió soportar por parte del frente interno de ultra derecha clerical. Ni una palabra del día que le pintaron el seminario con frases insultantes. Pero un día esa prudencia devino en defecto, ya no en virtud.

Obispo del establishment

Karlic llegó a ser, probablemente, el hombre público de mayor prestigio que se proyectaba desde Entre Ríos al resto del país. Comandó la Iglesia argentina de la democracia y abrió canales de diálogos en medio de las crisis política-social-económica de 2001. Lo hizo desde la Conferencia Episcopal Argentina para todo el país y lo hizo también en la provincia, cuando el gobierno del radical Sergio Montiel atravesaba duros cuestionamientos e intentos de destitución. En éste último caso actuó por pedido del propio Montiel y de ese intento quedó una gran amistad entre el prelado y el caudillo radical, que cada tanto se llamaban por teléfono o se juntaban a cenar.

// Es probable que eso haya sido un argumento más para que la UCA-Santa Fe le otorgara el título de doctor honoris causa. El único dirigente político que le espetó algo públicamente, a través de un comunicado de prensa, fue el peronista Raúl Patricio Solanas. Fue así: cuando el arzobispo convocó al diálogo para destrabar la crisis política e institucional que enfrentaba al gobernador con los diputados, Solanas –de identidad cristiana– le recordó a Karlic, algo así como que no había escuchado su condena ante las muertes de Eloísa Paniagua, Romina Iturain y del dirigente social José Daniel Rodríguez, víctimas los tres de la represión policial que ordenó el entonces ministro Enrique Carbó, durante la fatídica jornada del 20 de diciembre de 2001.

Luego de su loable y decidida acción contra el ala totalitaria de la Iglesia de Tortolo, Karlic se llamó a un largo silencio y oficio de obispo del establishment político entrerriano. De pronto parecía que en el manual del candidato político entrerriano estaba bien destacada la lección que aconsejaba ir a tomarse una foto con Karlic, para luego publicar en el diario local que el arzobispo escuchó la plataforma del candidato tal o cual.

Pasaron por esa práctica hombres dignos, honrados, y verdaderos impresentables. Karlic nunca habló de la corrupción con tanta claridad con la que se opuso a las políticas de educación y salud sexual. En su función de gobernador púrpura ha sido un operador del teléfono sin descanso. Llamaba a los legisladores cuando asomaba un proyecto que no gustaba a la Iglesia.

No tuvo inconvenientes en recibir condecoraciones de una Cámara de Diputados presidida por el gremialista millonario José Ángel Allende, cuya fortuna se investiga en la Justicia a partir de denuncias de Análisis que realizó Daniel Enz y quien esto escribe.

La foja de servicio del prelado incluye renglones sorprendentes. Entre 1987 y 1992 fue uno de los seis redactores que junto a Joseph Ratzinger –a la postre papa Benedicto XVI– hicieron el Nuevo Catecismo de la Iglesia: un complejísimo compendio de creencias y definiciones de fe, dogma, historia clerical. En dos mil años la Iglesia tuvo dos catecismos, y uno de ellos fue escrito por Karlic y otros cinco obispos. En 2007 le llegó un reconocimiento que algunos entienden tardío: fue elevado al selecto grupo de los cardenales. En el mundo hay 201 cardenales, y Karlic es uno de ellos. Treinta años antes había asumido como obispo; es decir en 1977.

// Es probable que eso haya sido un argumento más para que la UCA-Santa Fe le otorgara el título de doctor honoris causa. “A Karlic nunca le interesó ir al choque, emitir mensajes personalizados, siempre habló de modo global, más que a la ciudad, al mundo”, describió Ricardo Leguizamón, biógrafo no oficial del prelado. En su libro “Las dos vidas del cardenal”, el periodista señala la grieta que se abrió en la impecable foja de servicio clerical, con un escándalo que estuvo guardado bajo siete llaves durante más de dos décadas.

Revelación y tembladeral

El 13 de septiembre de 2012 la suerte cambió para el cardenal Estanislao Esteban Karlic. Ese día, la revista Análisis publicó como nota de tapa una investigación de Daniel Enz, que dejó al descubierto el modo en que el jerarca clerical silenció el accionar criminal de su secretario y chofer, el cura Justo José Ilarraz.

El artículo fue el fruto de una investigación que llevó al menos dos años y que el autor manejó con total hermetismo. Sólo cuando todos los cabos estaban atados para el investigador, confió a un minúsculo grupo de colaboradores que se despacharía con semejante denuncia. La repercusión fue asombrosa. La nota replicó en todo el país, pero también mucho más allá. Los diarios españoles, italianos, franceses hablaban del violador serial que sometía a seminaristas adolescentes que debían estar bajo su cuidado. Es que Ilarraz, el cura entrerriano acusado de pedofilia serial en la casa donde se estudia para ser cura, era el prefecto y guía espiritual. De día los confesaba, de noche los violaba.

Enz amplió su investigación en un libro que llamó “Abusos y pecados”, donde se explaya con casos de abusos masivos de décadas pasadas en el seno del seminario, hasta llegar al Caso Ilarraz. Allí se deja claro que hubo un plan de silenciamiento urdido por Karlic.

Karlic, el cardenal impecable, el respetable teólogo que hizo de la prudencia una virtud, acalló todo tras una parodia de juicio diocesano que concluyó con el juramento de aquellos adolescentes de que guardarán silencio sobre su sufrimiento y sobre la miseria de su tutor clerical. Y, fiel a su costumbre de esconder la basura debajo de la alfombra, envió a Ilarraz a estudiar una licenciatura en Roma. Premio para el violador, indiferencia para los violados. No hubo contención profesional, ni pastoral, ni humana para esos chicos sometidos de manera crónica.

Todo lo que vino con la revelación periodística es historia conocida: una denuncia de oficio del procurador general de la provincia, Jorge Luciano García, las chicanas de la defensa del cura para zafar de la responsabilidad civil y penal, la declaración de víctimas y testigos en sede judicial, y una citación al cardenal Karlic para que declare en la causa.

Karlic, que tiene el antirrepublicano privilegio de declarar por escrito en causas judiciales, hizo caso omiso al pedido del juez. Se abstuvo de declarar y condicionó su colaboración: sólo hablaría cuando se resuelva la cuestión de la prescripción de los casos. Karlic actuó como lo haría cualquier príncipe con acceso a privilegios o prerrogativas en dudosas democracias. Hizo lo que nadie puede hacer: desconocer la orden de un juez, condicionarlo y seguir como si nada. Como si nada no. Desde entonces Karlic cuida su exposición, con un voluntario exilio de intramuros.

Karlic debe una respuesta pública que seguramente no dará nunca, como se ha permitido no dársela al juez que se la requiere. Karlic escondió la miseria debajo de la alfombra y se llamó a silencio.

//¿Es probable que eso haya sido un argumento más para que la UCA-Santa Fe le otorgara el título de doctor honoris causa?
Fuente: Página Pólitica

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