“Hombre, pueblo, Nación, Estado,
todo: todo está en los humildes
bancos de la escuela”.

Domingo Faustino Sarmiento

Una educación de calidad es la mejor inversión que un gobierno debe hacer para su crecimiento, para mejorar su eficiencia productiva, para reducir la brecha entre pobres y ricos, para que los excluidos tengan mayores oportunidades. En definitiva, para ser una Nación que crezca desde el conocimiento.

Para lograr ese objetivo, se debe invertir en educación pero además tener como política de Estado prioritaria la defensa de la escuela pública, lo que se alcanza con un acuerdo del que participen todos los sectores.

Se celebra el Día del Maestro en homenaje a Domingo Faustino Sarmiento. Un hombre que soñó una República. Fue ante todo un hombre de su tiempo, pero con la vista puesta muy claramente en el futuro. Fue escritor, sociólogo, estadista, periodista, político; pero por sobre todo, educador.

A Sarmiento le debemos la educación, aunque quizás no tal como se la concibe actualmente. Aquella reforzaba en la escuela los valores aprendidos en el hogar, enseñaba en las aulas los contenidos que luego eran profundizados en familia y ponía siempre al maestro como la figura respetada por todos.

En los tiempos que corren algo mal estamos haciendo. La defensa de la escuela pública flaquea. Los valores directamente deben ser enseñados en las aulas junto con los contenidos curriculares que, por cierto, son cada vez menos adaptados al aprendizaje global.

Debemos regresar a la calidad educativa de hace unas décadas, para lo cual se necesitan acuerdos mínimos entre todos los sectores. Porque en los principales exámenes y concursos internacionales la calidad educativa de Argentina se cayó a pedazos. Algo estamos haciendo mal, porque hay un gran número de chicos que van a la escuela para asistir al comedor, o para poder cobrar una ayuda social. ¿No debería la década ganada preguntarse qué ganaron los alumnos en educación? ¿Qué errores se cometieron para lograr tan malos resultados?

Respeto y destaco el sacrificio de los maestros que la mayoría de las veces ejercen su tarea en precarias condiciones y con escasos recursos y, más allá del reclamo salarial, hay que contemplar los valores y el respeto que se han perdido. Los chicos tienen que volver a las aulas para educarse, para que sea realmente su segundo hogar. Allí es donde deben estar. Lejos de la pelea política, cerca de los pizarrones. Dejar de ser rehenes y volver a ser alumnos.

Para ello hace falta un cambio cultural. Los padres deben volver a entender que la escuela no es un depósito de gurises, que deben involucrarse más en la enseñanza y en lo que aprenden y, principalmente, que existe una autoridad fuera de la casa que debe ser respetada como tal: el maestro.

La educación de hoy tiende al facilismo. Los chicos no sólo aprenden poco, sino que además avanzan de nivel como sea, se facilitan los exámenes, se eliminan las amonestaciones y hasta se perdonan las inasistencias por días de lluvia más las clases perdidas por las llamadas jornadas institucionales. ¿Cuántas jornadas de contenidos quedan al final de año?

Hoy la sociedad tiene otro problema aún más grave. Los miles de jóvenes que no trabajan ni estudian y que representan caldo de cultivo para los peores flagelos sociales como la droga, que los deja expuestos para el delito y así pierden el futuro.

La inversión en la educación es lo único que nos permitirá crecer en serio como sociedad. “Si le parece cara la inversión en educación, pruebe cuánto cuesta la ignorancia”, dicen que expresó Albert Einstein. Y que a San Martín se le escuchó la frase: “La educación es el mejor ejército para luchar por la soberanía”.

* Senador provincial por Gualeguaychú (Cambiemos)
Fuente: Página Política

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