La brutalidad del Jefe de Gabinete sobre la (des) calificación que usó para referirse a los cacerolazos del jueves 15 y el mote de “minorías recalcitrantes” que escogió Urribarri para acusar a quienes manifestaron su descontento golpeando ollas, levantando carteles improvisados y gritando consignas anti-gobierno, desnudan que el poder ha tomado nota del inicio de un cuenta regresiva ¿De qué ? De una manera de gobernar, de un estilo personal. De un ciclo, en fin.

Abal Medina ha dicho lo que dijo porque lo cree y porque esa es la opinión de Cristina; Urribarri fue más allá del sentir presidencial y –utilizando al extremo los recursos verbales del sometimiento político- quiso agradar la voluntad de la Presidente, aunque es dudoso que crea en lo que ha dicho.

Muchos de quienes salieron a las calles pacíficamente han votado sin dudas a Cristina Kirchner e incluso a Sergio Urribarri en octubre pasado, pero lo han hecho sin extenderle un cheque en blanco y porque no advirtieron que las islas de la oposición política estuvieran preparadas para gobernar un país ahogado por las regulaciones, los intereses sectoriales y casi acostumbrado a la mano dura de la hiperautoridad de la Presidenta. Es sabido que en la Argentina la gente no cambia su voto cuando tiene una sensación de bienestar económico y menos aún cuando “lee” las fisuras que se cuelan en los pliegues de los armados políticos de la oposición.

Sin embargo, lo que todos los manifestantes esperan que ocurra finalmente no ocurrirá: Cristina no cambiará nada y es probable que redoble la apuesta en una suerte de “fuga hacia adelante”. Un recurso tan kirchnerista como peligroso en una república sofocada por la inflación, el abuso de poder y una presencia agobiante del Estado en casi todas las actividades. Una persona autorreferencial como Cristina que ha agitado la “ira de Dios” desde su mano bellamente adornada por el Rólex de oro que luce, no entiende que un cambio no es una debilidad sino una formidable fortaleza cívica.

Los manifestantes del jueves no son una “minoría” como lo ha dicho nuestro Gobernador. Se trata de un universo de ciudadanos de probable composición de clase media, muchos jóvenes, empleados, comerciantes y generadores de riqueza que le han dicho no a los excesos del poder, aunque aún sin demasiada claridad en su futuro. El movimiento no tiene dirección política y ha sido la autoconvocatoria por las redes sociales y el “boca-a-boca” lo que ha sorprendido y dejado sin defensas a la clase gobernante y a la oposición. Justamente por ese exitoso resultado del llamado y la magnitud de la movilización es que los dirigentes políticos no pueden aún capitalizar el descontento o liderar las protestas, y allí radica la fortaleza de la queja popular.

¿Cómo es posible que en un país cuyo Gobierno se ha jactado de defender las minorías pueda acusarse con tanta liviandad a una masa pacífica, ordenada y espontánea de gente? ¿Se puede descalificar a los “indignados argentinos” de sólo mirar a Miami porque usen Cardon, perfumes importados o se preocupen por valores republicanos y flagelos tan universales como la inflación ?

La cuestión más grave es precisamente el quiebre de la sociedad y la profundización de dos bandos: el kircherismo y el antikirchnerismo. Ese tipo de fracturas ha sido funcional al poder desde el 25 de mayo de 2003: se trabaja desde la creación de un enemigo y todas las causas de los derrapes políticos, los males sociales y la irresolución de los problemas están fuera del Gobierno. Los medios que dimensionan lo que pasa, la “opo” inútil y débil, el sindicalismo que corre a Cristina por izquierda con justos reclamos, y ahora ¿ la clase media también ? En Venezuela las causas de las desgracias es “el Imperio y sus socios nativos”. Aquí no le dá el cuero al gobierno para semejante acusación,porque el capitalismo de amigos, la concentración económica y los grandes empresarios del negocio del juego y la obra pública son la “nueva oligarquía” que impera y tampoco Argentina es ni será Venezuela, mal que le pese a algunos soñadores.

Los tiempos que se vienen avizoran que asistiremos a la profundización de una división entre los argentinos peligrosa, estéril e inoportuna en momentos en que las economías emergentes son miradas con mucho interés por los grandes países hoy en crisis. ¿Será que los argentinos seguiremos compitiendo por llenar la histórica Plaza mientras las inversiones y capitales extranjeros aterrizan en Chile, Uruguay, Brasil y Colombia ?

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