Habilitado por el poder legislativo y la “oposición” de derecha a realizar contrataciones sin licitación, a crear una “unidad operativa” para la cumbre y desviar hacia este evento partidas de presupuesto asignadas a otros rubros.

Mientras se dilapida fortuna en la “cumbre” el salario de los trabajadores de nuestra provincia está entre los más bajos del país y los ministros aseguran que no hay plata para bonos o aumentos. Usan la plata del pueblo entrerriano para “embellecer” las calles por donde transitarán los presidentes, para que los hoteles de lujo amplíen sus instalaciones, mientras a pocas cuadras de esos hoteles viven miles de personas con problemas de vivienda y hay escuelas, hospitales y centros de salud con innumerables problemas de infraestructura. Para colmo establecen una zona de exclusión para garantizar la privatización del paisaje y la criminalización de cualquier protesta.

¿Integración para quién?

Detrás del gasto desmedido se encuentra la orientación social, económica y política del Mercosur. Surgido de acuerdos que comienzan a finales de la década del ochenta y principios de la década del 90 como unión aduanera y mercado común entre los estados miembros, su arquitectura institucional es hija de los procesos de liberalización comercial y desmantelamiento del Estado, buscando “integrar” la región al mercado mundial.

Esto quedó expresado en el Tratado de Asunción de 1991 que dio origen formal al Mercosur, quedando plasmado como uno de los objetivos centrales la unificación (a la baja) de los aranceles externos, y la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre los estados miembros. En definitiva, el Mercosur representa una “integración” subordinada al control del imperialismo sobre la división internacional del trabajo, que vino a reforzar el control de las economías de la región por parte de los sectores más concentrados del capitalismo orientados hacia la exportación (las llamadas multilatinas – multinacionales latinoamericanas – como Techint) y por parte de la multinacionales que, como las automotrices, se beneficiaron de la “libre circulación” para reorganizar regionalmente sus líneas de producción maximizando las ganancias. Al mismo tiempo, ha servido como punta de lanza para la flexibilización y la precarización laboral, en la medida en que la libre circulación de capitales actúa como una forma de disciplinamiento hacia los trabajadores amenazados por el posible traslado de sus fuentes de trabajo.

“Progresismo las pelotas”

A lo largo de la última década los gobiernos mal llamados “progresistas” de la región han intentando crear el mito de que existe un “nuevo Mercosur” montados sobre la derrota del proyecto del ALCA por la movilización popular a nivel continental y en la inclusión de países como Venezuela o Bolivia. Sin embargo, el Mercosur ha sido un engranaje fundamental de uno de los rasgos centrales que adquirió el capitalismo neocolonial en el último periodo: el extractivismo. La “integración” bajo la lógica del mercado mundial ha contribuido a redefinir el papel de América Latina como exportador de materias primas, contribuyendo a un proceso simultáneo de reprimarización de las economías y de concentración de capitales. Orientado a hacia la exportación “competitiva” la política comercial del Mercosur contribuyó a consolidar estos procesos, beneficiados por la ampliación de la escala económica.

En pocas palabras, concentración de capitales en las ramas que logran ser competitivas de acuerdo a la división internacional del trabajo, lo cual en nuestra región significa agricultura, minería, hidrocarburos. La concentración y extranjerización también se produjo hacia el interior de cada una de estas ramas, lo cual significó la consolidación de las corporaciones de la megamineria como la Barrick Gold o la brasilera Vale, del agronegocio y los pooles de siembra y de empresas como Chevron en la producción de hidrocarburos. En cuanto al agronegocio, por citar sólo un ejemplo, la “integración” ha permitido la penetración y difusión entre los estados miembros de los transgénicos y los agrotóxicos, con Monsanto anunciado variedades de semillas producidas exclusivamente para la región.

En este mismo sentido, el Mercosur ha servido de base para políticas como IIRSA (Integración de la Infraestructura Regional de Sudamérica) que impulsa la construcción de la infraestructura orientada hacia el modelo extractivista y de saqueo de los bienes comunes de América Latina hacia el Pacífico.

Brasil y su rol sub-imperialista

Al mismo tiempo, el Mercosur ha servido para consolidar la hegemonía de los grandes capitales brasileños en la región. La penetración de Petrobras en los países vecinos es una clara muestra de esto. Esta empresa se ha convertido en la más grande de América Latina, con ventas que superaron los 130 mil millones de dólares en el año 2013. De las 50 empresas más grandes de América Latina 27 son brasileñas y la mayoría de estas pertenecen a las ramas de agroalimentos, minería y petróleo.

A este escenario debemos añadirle el hecho de que, bajo el liderazgo de Brasil, el Mercosur busca firmar un Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea que no es ni más ni menos que un nuevo tipo de ALCA. En resumen, la “integración” propuesta bajo el Mercosur es en beneficio de los sectores más concentrados de las economías de la región, orientados fundamentalmente hacia el saqueo y la mercantilización de nuestros bienes comunes con graves consecuencias sociales, ambientales y económicas para los pueblos.

El Mercosur le abre las puertas a las corporaciones, nosotros se las cerramos

Frente a este modelo de concentración y saqueo, luchamos por la unidad latinoamericana en beneficio de los pueblos, sin corporaciones y con clara perspectiva ecosocialista. Una integración al servicio de los de abajo debe partir de una lógica política claramente antiimperialista. El primer paso en este sentido tiene que ser la formación de un frente de países que impulse el no pago de las deudas externas ya que han sido un mecanismo fundamental de la transferencia de riqueza hacia los países imperialistas y las burguesías locales. En segundo lugar, recuperar la soberanía sobre nuestros bienes comunes expropiando a las corporaciones, y recuperar el control sobre el comercio exterior. Sobre la base de estos actos soberanos, que marcarían una verdadera segunda independencia de nuestro continente, es posible reorientar la matriz productiva de nuestros países.

Un aspecto central de este proceso debería ser una reforma agraria radical que termine con el agronegocio, los pooles de siembra y terratenientes reorganizando la producción de alimentos sobre la base de la soberanía alimentaria. Otro aspecto clave es la transformación de la matriz energética para abandonar los hidrocarburos y avanzar hacia alternativas renovables y no contaminantes. Esto implica desplegar un curso hacia una planificación democrática de toda la producción por parte de los trabajadores y el pueblo. Esa unidad basada en la democratización de la democracia para que sean los pueblos los que decidan todo y no los funcionarios en las “cumbres” capitalistas.

Para avanzar en ese camino es fundamental combinar dos tareas: la más amplia movilización popular y en simultáneo la construcción de una alternativa política anticapitalista y ecosocialista que dé pelea contra los gobiernos y oposiciones capitalistas que defienden privilegios para sí y las corporaciones. Esa apuesta es la que encabezan Alejandro Bodart y Vilma Ripoll a escala nacional, y a la que contribuimos desde esta provincia también por una nueva mayoría social y política desde la izquierda. En lo inmediato nos vamos a movilizar junto a gremios, asambleas socioambientales y organizaciones estudiantiles para oponer nuestra salida a la del capitalismo extractivista y sus gobiernos gerentes.

(*) Dirigente del MST-Nueva Izquierda de Entre Ríos

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