El año que transcurre será de cambios profundos. En diciembre concluirá un ciclo que, en términos estrictamente políticos, se caracterizó por el deterioro del sistema de partidos, promovido por un sector que discursivamente se presentaba como revolucionario y progresista y que termina siendo, lamentablemente, una nueva decepción para una gran porción de los argentinos.

A lo largo de nuestra historia reciente, el concepto “renovador” ha sido utilizado con frecuencia como una consigna que, casi siempre, terminó frustrando expectativas. Estoy convencido, sin embargo, que Sergio Massa encarna la posibilidad concreta, real y efectiva de renovar por fin la Argentina, tanto a nivel del gobierno del Estado como de la propia política, que debe ser reconstruida desde sus bases.

Massa es una figura que prioriza el consenso, el diálogo y la apertura. Por eso mismo ha logrado en distintas provincias acercamientos y acuerdos con dirigentes de diversa procedencia, que lo observan como el emergente de una Argentina nueva, en la que no haya tierra fértil para la lógica de la violencia verbal y simbólica; y donde el Estado no promueva una épica absurda que convierte a los que piensan distinto en “enemigos de la patria”.

Massa es, para cada vez más argentinos, quien les ofrece la certeza de un manejo equilibrado del país, de un gobierno que actualice las estructuras del estado, que modernice la infraestructura de una Argentina que sigue necesitando de grandes inversiones en ese sentido, que cuide el dinero que los contribuyentes le dan al fisco y que priorice, sobre cualquier otra cosa, la salud, la educación y la lucha contra la inseguridad, la corrupción y el narcotráfico.

Pero Massa tiene además otro desafío: el de devolver a los argentinos la confianza en las instituciones políticas. Y como todo crece desde abajo, el primer paso en ese sentido debe ser la consolidación del Frente Renovador, profundizando las herramientas democráticas para dirimir los liderazgo del espacio, tal como lo viene haciendo en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe donde sus dirigentes –demostrando integridad y valentía- no le han sacado el cuerpo a las internas respetuosas y necesarias.

La reconstrucción de los partidos –imprescindibles para el sano funcionamiento de un país- es una tarea compleja, que involucra, obviamente, a toda la dirigencia argentina. Lo que nos toca a quienes integramos el Frente Renovador es demostrar a la ciudadanía que lo que proponemos no es una consigna vacía, que esconde los viejos vicios y roscas de la política, sino un concepto real que guía nuestro accionar político en el terreno de lo concreto.

Un ejemplo de ello deberían ser las primarias, donde las distintas expresiones del massismo entrerriano dirimamos nuestras diferencias con la mejor de las herramientas que tiene la democracia: el voto de la gente.

De lo que se trata, en definitiva, es de demostrar a los argentinos que de verdad venimos a “renovar” en profundidad y no a maquillar la vieja política que tanto daño nos ha hecho.

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