La situación política que se ha generado después del impresionante triunfo de Cristina Kirchner en el 2011 con el 54 % no resulta fácil de afrontar.

A lo abultado del resultado obtenido por el FPV en dichas elecciones, se le debe agregar el fuerte grado de dispersión de las fuerzas opositoras, donde a duras penas sobreviven las diferentes propuestas envueltas en fuertes disputas internas y desacuerdos que comienzan a estallar.

Tanto es así, que la impresionante seguidilla de errores del gobierno y la ausencia de resultados concretos para combatir lo que la sociedad percibe como principales problemas: la inflación, la inseguridad y el freno al crecimiento económico con la consiguiente pérdida de impulso de la creación de trabajo, no han alcanzado para constituir una oposición que pueda resultar peligrosa para los planes del gobierno. Las organizaciones sociales, mayoritariamente, se han mantenido refugiadas en las luchas sectoriales reivindicativas sin atinar a protagonizar la construcción de una alternativa que dispute el llamado “progresismo” al gobierno.

Seguramente, el oficialismo perderá no menos de 20% en las elecciones del 2013 pero estos votos no irán a engrosar las fuerzas de un solo partido, sino que se distribuirán entre las múltiples propuestas que se vienen acuñando por estos tiempos.

Considerando que es una elección legislativa donde no están en juego cargos ejecutivos, el objetivo de máxima que se fijan los partidos es lograr que el gobierno no logre los votos que le permitan constituir la mayoría que se requiere para imponer la necesidad de la reforma de la Constitución y ver como quedan posicionados de cara al 2015. Es decir las elecciones del 2013 son como una interna abierta mirando las presidenciales a realizarse en un par de años.

En este marco, la fuerte polarización que impone el gobierno entre un “nosotros” progresista y un “ellos” de derecha destituyente, lleva a la sociedad a tener que posicionarse en ese escenario y, de ese modo, quienes no comulgan con el gobierno asumen, casi sin quererlo en muchos casos, el lugar que el propio adversario les impone. Correlativamente, los partidos políticos opositores se ubican también sobre el tablero en los casilleros que el gobierno les adjudica.

De este modo, los partidos de la oposición contribuyen, en algunos casos involuntariamente, a consolidar un escenario de polarización absolutamente engañoso, entre un “progresismo” representado por el gobierno, y “el retorno a los 90” representado por el resto de las fuerzas. Tan falso es este escenario que se cuentan a montones los ex funcionarios, tanto del menemismo como de la Alianza, y aún de la UCD en las filas de gobierno, y muchos resistentes contra la hegemonía neoliberal son ubicados en las filas de la regresión noventista en el “relato” que el gobierno logra imponer.

Nadie duda que entre los sectores opositores hay importantes grupos que se identifican con la derecha, pero si todos, ciudadanos y partidos, aceptamos el escenario que monta el gobierno, logramos precisamente lo que quiere el gobierno: constituir un adversario claramente identificado con posiciones retrógradas, y por lo tanto fácilmente atacable. Un ejemplo de esto han sido las convocatorias de septiembre, noviembre y abril. Con el argumento de que son convocadas por sectores de derecha, llámense Magnetto, Macri o quien sea, los sectores progresistas le regalan una importante porción de la sociedad a esa derecha, como si los cientos de miles de manifestantes fueran un todo homogéneo. Lejos de disputar el contenido de esas movilizaciones con consignas que tengan mas que ver con un programa progresista, se abstienen de participar. Si se pretende derrotar electoralmente al kirchnerismo desde posiciones progresistas, se requiere, inevitablemente, disputar una porción de esos sectores.

Pero al mismo tiempo que los sectores progresistas se retraen y regalan esos escenarios que pueden estar fogoneados, pero no hegemonizados por sectores de la derecha, se empeñan en construir alianzas electorales que tienden, precisamente, a disputar los espacios políticos de la derecha.

No otra cosa es lo que hacen Libres del Sur aliándose con Prat Gay y la UCR o Proyecto Sur estableciendo acuerdos electorales con Carrió.

En el caso concreto de Proyecto Sur es necesario decir que el kirchnerismo le dedicó ingentes esfuerzos a minar el desarrollo de ese partido cuando Pino Solanas le ocupaba un lugar a la izquierda de su discurso. Con el reclamo de un Tren para Todos en contraposición al tren bala, en su reclamo contra la megaminería contaminante, contra el fracking, en su denuncia contra la deuda externa fraudulenta, etc. fue creciendo y ocupando un lugar Proyecto Sur. Aliado ahora con Carrió, aún cuando se mantenga el discurso y el programa, va perdiendo credibilidad ante los sectores que podrían haberse sentido representados por esta fuerza.

En ese marco imaginario en el que el gobierno ocupa una posición de izquierda es que circulan estas ideas de unir al conjunto de la oposición utilizando el ejemplo de Venezuela con Capriles. Esta idea es fogoneada claramente por la derecha y es absolutamente funcional al supuesto progresismo del gobierno. Debemos tener claro que no estamos frente a una dictadura que nos obliga a una alianza con todo el mundo en defensa de la libertad y la democracia. Estamos frente a un gobierno con fuertes signos de autoritarismo, que pretende justificar su accionar en el nombre de objetivos progresistas y populares y que, en realidad, constituyen un mas que corrupto capitalismo de amigos. Lo que es necesario es disputar, en el imaginario social, ese progresismo de palabra, con programas, propuestas y nombres que realmente expresen las ideas de transformación social.

El ejemplo de Europa pone de manifiesto que las crisis generadas por el propio desarrollo del capitalismo no se resuelven apoyando propuestas de derecha, que no hacen mas que profundizarlas con ajustes salvajes, como puede verse en Grecia, Portugal o España, sino apoyando propuestas que apunten a enfrentar las causas profundas de las mismas y las desigualdades e injusticias que estas generan y ponen en primer plano.

Es necesario, desde una propuesta verdaderamente progresista, dejar claro que no hay ninguna posibilidad de un regreso a los ‘90 como nos amenazan desde el gobierno.

Para ello hay que incorporar en el programa la idea de darle carácter de ley a la Asignación Universal por Hijo, con carácter universal y estableciendo claramente las formas de actualización de sus montos, de modo de profundizar las cosas que consideramos que se han hecho bien, pero quitándoles el sentido clientelar que se les ha dado en la práctica. Proponer la modificación del órgano de contralor de la Ley de Medios para que sea una herramienta eficaz en la democratización de la comunicación social y no un instrumento de manipulación y control. Señalar que los fondos del ANSSES podrán ser utilizados para financiar proyectos productivos que generen trabajo de calidad, pero previamente deberá asegurar el pago de jubilaciones dignas a los jubilados, de acuerdo a la canasta familiar.

Seguir reclamando la reconstrucción del sistema ferroviario es fundamental, no sólo para generar miles de puestos de trabajo, sino también para asegurar el transporte de la producción sin seguir abarrotando las rutas con todos los peligros que esto encierra.

Señalar con toda claridad el compromiso irrenunciable de continuar y acelerar en la medida de lo posible los juicios de lesa humanidad en curso.

En síntesis, dejar claramente asentado que no habrá marcha atrás en las conquistas sociales logradas y que la propuesta es democratizar y ampliar estos derechos.

En síntesis, al kirchnerismo hay que derrotarlo por izquierda y no mimetizándose con la derecha. Quebrarle la base social honesta y no cooptada económicamente del oficialismo y no sumándose a la derecha, es que se puede construir una alternativa que sea superadora de la experiencia de este gobierno. Corriéndonos a la derecha para sumarnos a lo que, supuestamente, reclama la sociedad, no hacemos mas que facilitarle la tarea al kirchnerismo en su “relato” de que son el último bastión frente al avance de una derecha destituyente.

Esta es la auténtica batalla cultural que debemos enfrentar. El espacio político que se haga cargo de una propuesta de este tipo sigue estando vacante.

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