Desde aquella emblemática Marcha Blanca de 1988 que sentó las bases de una militancia docente creciente, consolidada y combativa la “cuestión docente” pasó a ser dominada por el “conflicto docente”, en un cambio sustancial que puso sobre la mesa un inacabado debate sobre los derechos de los trabajadores de la educación en paralelo o por sobre el modelo educativo.

El tema dista de tener visos de solución, en la medida en que las demandas gremiales de la familia docente no son atendidas por un Estado que no acierta en la asignación de recursos destinados a la educación y un Gobierno que administra un diálogo sin resultados concretos. En el medio, una masa de docentes disconforme, atribulada y agotada por un conflicto sin fin.
¿Cómo comenzar a cerrar un conflicto que no tiene ganadores sino solo derrotados?

Creo hay que barajar y dar de nuevo, pero sin las cartas marcadas. En primer lugar, el Estado debe relanzar la carrera docente e incentivar la vocación docente, para evitar el ingreso al sistema de actores sin una verdadera pasión por la educación y solo llamados por la necesidad de acceder sin mayor esfuerzo a una salida laboral que garantiza un ingreso periódico, cobertura social y estabilidad laboral. Esta meta básica se logra con medidas muy concretas:

Una modificación de los planes de estudio de las Escuelas de Formación Docente que apunten al conocimiento significativo y a la excelencia académica y la extensión de la formación docente a cinco años.

La concentración horaria de los docentes y la extensión de la jornada escolar.

El diseño de competencias laborales destinadas a jóvenes que no proseguirán estudios superiores.

La selección de los aspirantes a la carrera docente, mediante un sistema que detecte la vocación del ingresante y facilite el acceso y permanencia del estudiante calificado, ya sea por su compromiso, sus valores o su dedicación.

Una reestructuración del sistema de becas destinadas a la carrera docente que premie el mérito, la calidad y el compromiso.


En segundo lugar, el Estado debe definir una política salarial que le asegure al docente una muy buena remuneración, esto es un salario que premie a un docente altamente calificado, de franca vocación y probada responsabilidad. No estoy hablando de un buen sueldo, estoy hablando de un muy buen sueldo, que no es lo mismo.

La función docente no es una función más: un maestro forma niños, capacita jóvenes, transmite y educa en valores, debe predicar con el ejemplo y dar testimonio de lo que enseña. Sus tareas distan de ser una mera faena administrativa o un paso fugaz en la vida escolar de un alumno. Un maestro es un referente social, un pilar en la construcción del conocimiento y básicamente un agente a quien los padres le confían su hijo para que lo forme. Definitivamente, tenemos que comprender que un maestro no puede estar enseñando mientras imagina hasta qué día del mes llegará con su sueldo, en una carrera angustiante contra la inflación, las carencias económicas y la desazón por conocer el próximo cronograma de pagos.
¿Cómo logramos estas metas?

Por lo pronto, hurgando sin anestesia en el presupuesto educativo y reasignando los recursos hacia donde deben ir, eliminando el gasto superfluo, improductivo e ineficiente ¿No se puede realizar esto por la rigidez presupuestaria que exhibe la educación? Pues bien, entonces incrementemos el presupuesto, aun a costa de otros renglones mas flexibles, afinando el lápiz, demandando los recursos que la Nación nos adeuda, obteniendo el apoyo financiero de la Nación para la ejecución de un Plan Piloto de Calidad Educativa, incrementando la recaudación propia, racionalizando el gasto.

¿Por qué no pensar en el diseño de un Fondo Provincial de Incentivo Docente que mejore el salario de los maestros? Me pregunto por qué no podemos agudizar la inteligencia para lograr una masa de recursos afectados a la educación si la Legislatura se permite sancionar un impuesto a la herencia para financiar la construcción de viviendas. ¿Por qué no convocar a una consulta popular para que el pueblo opine si está dispuesto a pagar un nuevo impuesto que se afecte a una educación de calidad, excelencia y moderna? Adelanto que existe capacidad contributiva en algún sector para sostener una nueva fuente de financiamiento.

El Gobierno se jacta de asignar a la educación el 28% al que lo obliga el art. 268 de la Constitución Provincial, cuestión improbable por cierto pues no hay modo de verificar esa afirmación.

Pero ¿por qué será que la sociedad tiene la sensación de que eso no es verdad o no es suficiente? Porque el Estado gasta mucho, gasta mal, invierte poco y distribuye peor.

Es que no alcanza con construir escuelas nuevas y repartir computadoras portátiles si al mismo tiempo tenemos maestros poco capacitados, con escasa vocación y mal pagos.

Hay que hacer leyes para relanzar la carrera docente, estimular la vocación de enseñar y premiar el mérito y la calidad del buen maestro.

Por último, dos palabras sobre el ofrecimiento del 22% de aumento por parte del Gobernador. Sin ningún amague de independencia política Urribarri marcó la cancha trasladando la pauta salarial nacional a los docentes entrerrianos. La propuesta no compensa –siquiera- la inflación que sufre la familia docente, a la que consultoras privadas midieron entre 25 y 27% en 2012 y pronostican hasta un 30% en 2013. Lo del Indec –se sabe- es una burda y grosera mentira nacional.

El pago del aumento en tres cuotas suena a burla en una provincia que tiene el triste mote de ser una de las que paga los más bajos salarios docentes de la Argentina (sí, Entre Ríos) y en donde el “congelamiento de precios” no tiene vigencia. En síntesis ¿por qué extraña razón el Gobierno se da el lujo de aumentar los impuestos hasta un 300% y sólo ofrecer sin ruborizarse un escuálido incremento salarial del 22% para remunerar un servicio crítico como lo es la educación?

Entre tanto, no vendría mal que el Gobierno comience a devolver las sumas que retuvo por los paros docentes legales que la inmensa mayoría del sector ha hecho desde 2007 a la fecha. Sería un buen comienzo para distender el diálogo, mezclar, barajar y dar de nuevo.

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