Cuando en el año 2007 desde el Partido Justicialista de Entre Ríos se instaló como una suerte de lema de campaña 'la continuidad positiva', se lo hizo en alusión a la situación provincial; así, esa continuidad significaba la preservación del equilibrio fiscal con un crecimiento económico sustentable y respeto absoluto por el presupuesto.

Teniendo en consideración el deplorable estado de las cuentas públicas heredado del gobierno de Montiel, puede afirmarse que durante el período 2003-2007 Entre Ríos volvió a ser una provincia previsible y pujante en la que se cumplían con los salarios en tiempo y en forma, en la que hubo una inédita recomposición salarial para los agentes de la administración pública y en la que los índices de mortalidad infantil, desocupación y pobreza bajaron significativamente, entre otros logros.

Este proceso de recuperación económica de la provincia estuvo concatenado con la salida de la crisis social y económica más traumática de nuestra historia; salida que comenzó en el año 2002 con Roberto Lavagna al frente del Ministerio de Economía y que continuó con más énfasis aún durante el mandato presidencial de Néstor Kirchner.

Especialmente para muchos jóvenes que tuvimos la suerte de nacer luego del 30 de octubre de 1983, esa irrupción de Kirchner en la escena nacional nos colmó de renovadas esperanzas, luego del hastío experimentado con la clase política que tuvo su eclosión en 2001. Aquella noche del 4 de junio de 2003, cuando por cadena nacional el entonces Presidente anunció la puesta en marcha de la primera de sus grandes reformas (la renovación de la Corte Suprema de Justicia), fuimos mayoría los que sentimos que algo comenzaba a cambiar para mejor en el país.

Así se llevaron a cabo una serie de políticas sociales de neto corte redistributivo que mejoraron las condiciones de vida de muchos argentinos, en consonancia con un crecimiento económico a tasas récord. En 2007 tuvimos la oportunidad de votar por primera vez en una elección presidencial, y muchos lo hicimos plenamente convencidos del proyecto peronista, pues Cristina Fernández nos proponía como norte el modelo alemán en una etapa superadora en la que se apuntaría a mejorar la calidad institucional, a darle mayor transparencia a la gestión y otorgarle un rol preponderante al Congreso. Incluso, hasta prometió cambios y mayor rigurosidad en la forma de medir la inflación y la canasta familiar por parte del INDEC.

Lamentablemente nada de esto sucedió. Desde 2007 la Argentina fue uno de los cinco países que más retrocedieron en calidad institucional, según el Índice Internacional de Calidad Institucional (ICI), junto a Kiribati, Micronesia, Fiji y Madagascar. Por otro lado, la difusión hace pocos días de la cifra anual de inflación correspondiente a 2013, que el INDEC fijó en 10,9% (mientras las consultoras privadas estiman un 28,3%), nos exime de realizar mayores comentarios acerca de la veracidad de las estadísticas provenientes de dicho organismo.

En tanto, en materia de DD.HH. pasamos del enorme avance que significó la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y de los indultos, a la sanción de la vergonzosa ley antiterrorista; del simbólico descuelgue de los cuadros de Videla y Bignone del Colegio Militar, a la designación de César Milani como Jefe del Ejército, pese a las impugnaciones del CELS o de Adolfo Pérez Esquivel.

Uno de los pilares de la administración de Néstor Kirchner fueron los llamados superávits gemelos, fiscal y comercial, sumado a la acumulación constante de reservas en el BCRA, una inflación relativamente baja y el mantenimiento de un tipo de cambio competitivo. Ese círculo virtuoso –que contribuyó sobremanera al crecimiento del país– desde hace tiempo se transformó en un círculo vicioso, pues se llegó a un inquietante déficit fiscal disimulado por los aportes provenientes de la Anses, el PAMI y el BCRA, y como paliativo se recurre a una fuerte emisión monetaria que redunda en un proceso inflacionario que se agiganta día a día, golpeando sobre todo al bolsillo de los trabajadores. En cuanto a las reservas, y a contramano de lo que sucede en gran parte de los países sudamericanos, en los últimos tres años se perdieron 23.000 millones de dólares, siendo 2013 un año récord con una fuga superior a los 12.000 millones.

Consideramos que dar el brazo a torcer, admitir errores de diagnóstico no debería ser asumido como una muestra de debilidad; por el contrario, dar marcha atrás y corregir políticas desacertadas evidenciaría una señal de fortaleza y de saludable autocrítica en pos del mejoramiento de la gestión de gobierno. Pero cuando se persiste en el error por mera obstinación, se cae en el peligro de negar la realidad y contornearse al compás de la frivolidad mientras la muerte transita por las calles argentinas.

La decepción siempre es hija de un enamoramiento previo, o al menos de una esperanza inicial. Intuímos que somos millones los argentinos que asumimos con tristeza el desencanto que nos produjo este proceso que alguna vez, entusiasmados, acompañamos por convicción y no por conveniencias. Sin embargo, de cara al futuro, y como dijo Martin Luther King, “debemos aceptar la decepción finita, pero nunca perder la infinita esperanza”.
Fuente: Página Política

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