Siento que la entronización de Bergoglio es una señal muy fuerte de cambios profundos en la Iglesia Católica que se harán sentir en todo el mundo. Y en nuestra Argentina tan sofocada por las divisiones la designación de Bergoglio es una bocanada de aire fresco y limpio que llena el espíritu y consagra un mensaje contra todo autoritarismo.

La designación de un pastor evangelizador, dueño de una humildad y sencillez encomiables y de un jesuita tan alejado del poder como cercano de la gente y de los pobres es una premonición que anuncia vientos de cambio en un país que ha reemplazado el debate por el discurso único, la realidad por una versión de la realidad y la austeridad por el exhibicionismo provocador del poder.

El nuevo Papa Francisco enfrenta tremendos desafíos de modernizar una Iglesia demasiado azotada por escándalos de pedofilia y episodios financieros que han socavado su credibilidad y en esta inteligente elección la figura de Bergoglio representa un hecho de consecuencias aún impredecibles.

Los pobres del mundo deberían alegrarse y preocuparse seriamente quienes usan la pobreza.

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