Un importante sector de la sociedad atraviesa una profunda crisis de representación política, y en ese marco han creído encontrar, en las difusas manifestaciones caceroleras, su vehículo de expresión. Todo ciudadano tiene derecho a expresar sus ideas libremente, y que esto efectivamente sea así en nuestra Argentina de hoy es la muestra más cabal de que la libertad de expresión y acción es sólida y alcanzó un punto de madurez muy alto. Tal vez este sea el punto más saliente, del cual deberían tomar nota los profetas del Apocalipsis que pululan en los grandes medios de comunicación y algunas apolilladas cátedras universitarias.

Debemos, antes de hacer análisis demagógicos y tomar decisiones apresuradas, advertir un detalle nada menor: masivo no es sinónimo de popular. El izquierdismo infantil, en muchas de sus variantes, ha lanzado –luego del primer cacerolazo- una serie de mensajes contradictorios y justificatorios –incluso hasta de cierto regocijo- alrededor de este acontecimiento, señalando su poder de convocatoria. No es la primera vez que lo hacen: el mismo argumento utilizaron en 2008 los sectores que se plegaron al lock out patronal de las entidades agropecuarias, como así también quienes asistieron a las marchas de la demagogia punitiva encabezadas por Blumberg.

Para saldar este equívoco, deberían recordar que los camisas negras de Mussolini fueron decenas de miles, y que cada vez que un gobierno constitucional cayó en nuestro país, los golpistas fueron vivados por miles de personas.

Podrán retrucar que aún hay miles y miles de argentinos que viven bajo la línea de la pobreza, que el trabajo informal es alto, que la minería a cielo abierto contamina pueblos enteros y muchas cosas más. Es cierto, son muchísimas las deudas pendientes. Ahora, cabe preguntarse: ¿esas consignas forman parte de la convocatoria al “8N”? En modo alguno. Más bien todo lo contrario. El más primitivo espíritu reaccionario afloró tras la primera manifestación, volviendo estéril cualquier lectura “progresista” del fenómeno. “No queremos otra Cuba”, “Argenzuela”, “Morite yegua, morite”, “El que no salta es negro y K”, “Yegua, puta y montonera” fueron algunas de las varias consignas que los revolucionarios de café literario prefirieron omitir, para buscar en los cacerolazos a aquellas “masas” que la historia les escamoteó.

Nuestra tarea como estudiantes, si queremos conquistar las libertades y derechos que aún nos faltan, pasa por otro lado. Debemos construir una herramienta gremial que esté al servicio del pueblo y que promueva la inclusión en la universidad, y no la exclusión y el elitismo actuales. La FUA que Franja Morada logró retener con sus habituales manejos turbios y una alianza inconfesable con sectores de “la izquierda” y el justicialismo es la vergüenza mayor del movimiento estudiantil. Debemos luchar por la articulación de la universidad con las organizaciones sociales y los sectores más desprotegidos, curricularizando las prácticas socio-comunitarias. Tenemos que acompañar y profundizar la Asignación Universal por Hijo, que es una usina de dignidad para millones de argentinos. Debemos cambiar la Ley de Educación Superior, luchar por planes de estudios que nos formen para dar respuestas a las demandas de la sociedad, exigir la derogación de la Ley Antiterrorista, marchar con las Madres y las Abuelas en la búsqueda interminable de Memoria, Verdad y Justicia y pelear por la restitución de los más de 400 nietos que aún no conocen su verdadera identidad.

Creemos que no puede haber mensajes confusos, medias tintas ni cobardías. Lo decimos bien claro: nosotros al 8N no vamos. Porque somos hijos de trabajadores, que hace una década hicieron lo imposible por llevar comida y tranquilidad a sus casas, mientras el país se iba encaminando hacia el abismo. Porque estamos agradecidos de poder estudiar en una universidad pública que es financiada por todos los trabajadores argentinos con su esfuerzo diario, y queremos que cada vez sean más los compatriotas que accedan a ese beneficio. Porque el "cepo al dólar" puede ser una medida hostil para quienes desean viajar al exterior, pero la preocupación principal de la mayoría de los argentinos no es adquirir divisas, sino procurar su subsistencia diaria. Sobre todo, porque falta muchísimo por hacer, pero el reclamo a esos problemas no va a estar allí.
Fuente: Facebook

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