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Caso Fernanda: declaró Mirta Cháves

La imputada habló de cómo aprendió a temerle a Lencina, luego a su familia, para luego temer por su vida y la de sus hijos tras ser condicionada por “tipos grandotes” que la obligaban a declarar contra Monzón.

Según la imputada, Mirta Analía Cháves, los que la “apretaban” eran tres hombres que no la perdían de vista durante los traslados al Juzgado Federal, tras haber sido interrogada ilegalmente en un galpón, y le ofertaban, ya estando presa, mejorar su situación si lo incluía en la historia a Raúl Monzón en alguna escena previa al cobro del rescate. También habló de que le pagaron a una interna de la cárcel de mujeres para que la someta física y psicológicamente para hablar, y hasta para drogarla con esa finalidad, y, como si fuera poco, la visita del gobernador Jorge Busti y de los padres de Fernanda, quienes le ofrecieron dinero por información.

NNAA“No es así”NNCC

“Lo que escuché que se me acusa lo entendí, pero no es así. Yo conocí a Lencina en la cárcel de Gualeguay, porque había caído un amigo preso y junto a otra amiga lo fuimos a visitar. Lencina era el compañero de celda. Yo en ese momento tenía pareja, pero en el transcurso de un tiempo me abandonó y yo había quedado embarazada. Ya nos habíamos hecho amigos con Lencina, le conté lo que me pasaba y me propuso ser algo más que un amigo y hacerse cargo de mi embarazo y reconocerlo como propio. Yo nunca había tenido una familia y pensé que con él lo iba a lograr. A través de los años que lo visité y hasta que empezó con las salidas autorizadas desde la cárcel —de Concepción del Uruguay, adonde había sido derivado por buena conducta— el 14 de febrero de 2004 se mostró cariñoso, comprensivo y fue así que vuelvo a quedar embarazada, esta vez de él y nace mi segunda nena”, comenzó contando Cháves.

“Ya en la segunda y tercera salida lo empecé a notar raro, al estar a solas conmigo lo notaba nervioso, alterado, gritón y violento. No era la persona que yo había conocido dentro de la cárcel. En una de esas ocasiones me levantó la mano… era la primera vez que me pasaba y empecé a tenerle miedo. En una de esas primeras salidas fue a Alcaraz y en otra, cuando vinimos a Paraná, fue que fuimos a pasear con dos sobrinos, hijos de su hermana Delia. Tomamos un colectivo, llegamos cerca de un cementerio, pasamos por un campito, después por un puentecito y por otro cementerio más nuevo y me dijo que me volviera con la nena a la casa de Esther Torres, la madre de Lencina— porque él se quedaba con su sobrino Nazareno y que le dé 10 pesos. Decía que lo iba a hacer debutar sexualmente y su mirada era verdaderamente aterradora”, relató.

“Recuerdo que regresamos y la madre del chico me preguntó dónde estaba su hijo y yo le dije que más tarde iban a regresar. Estaba cansada y me fui a un galponcito para ver si podía dormir un rato…había quedado temerosa y muy nerviosa, por mi cabeza pasaba la idea de irme de ahí, no era lo que yo quise para mi vida cuando confié en él. Llegó el atardecer, lo veo llegar a Nazareno y me dice que Miguel ya venía en un rato y también se empezó a preocupar Esther, la madre de Miguel. ¿No vino el otro?, me dijo y cuando intenté una respuesta, de atrás y silenciosamente salió Miguel y me empezó a presionar con preguntas sobre mis otros hijos”.

“Yo le dije que habían quedado en Santa Fe, en San Martín de las Escobas, y me retrucó que no me creía, que estaban en casa del abuelo en Gualeguay. Me dijo que sabía que estaban allí y hasta me dijo cómo estaban vestidos y que tenía amigos que los vigilaban y que si yo lo llegaba a joder les podía pasar algo”, contó.

“Yo, para ese momento, estaba aterrorizada; salimos a comprar algo para hacer sandwiches y llegamos a un negocio en la avenida –Almafuerte— donde me ordenó que marcara un número de teléfono y me dijo lo que le tenía que decir a esa persona que era de apellido Cabrol. Ahí me volvió a amenazar y me dijo otra vez lo de mis hijos, gritando que “con Corcho y con el Negro no se jode”, haciendo alusión a gente que lo secundaba. “¿No querés entender que puedo matar a tus hijos y a toda tu familia?, me dijo y yo hacía poco tiempo que me había enterado que él había atentado una vez contra la vida de su propio hijo, al que quiso quemar vivo, cosa que yo no sabía cuando hice pareja con él. Lencina me había dicho que estaba preso porque lo acusaban de robo y que se estaba comiendo un garrón, nunca supe a esa altura de la relación que estaba preso por matar a dos mujeres”.

NNAAVisitasNNCC

Finalmente, ante las preguntas de los querellantes sobre cartas que le envió a Lencina y a Monzón y que fueron interceptadas, las reconoció como propias y justificó que sus expresiones de “amor, este sufrimiento tiene que terminar y nos encontraremos en el cielo” no aspiraba a ser un pacto suicida ni a instigarlo a matarse, sino que estaba convencida de que las amenazas de asesinarlos se iban a cumplir y así fue con Miguel Ángel, quien le había dicho que lo iban a matar y que si bien no sentía ya amor por Lencina, su temor hacía que sus palabras fueran condescendientes y sumisas.

Respecto a un cruce verbal con Monzón en el Juzgado Federal, ante una pregunta de la querella, reconoció haberle preguntado sobre un término “remover” que le había escuchado cuando fueron aquella noche en su casa y que le contestó que era “cambiar la piba de lugar”.

Casi al cierre de la indagatoria, aproximadamente a las 14.30, Cháves, al ser consultada por su defensa acerca de quiénes la fueron a ver, además de quienes la presionaban psicológicamente, respondió “el gobernador Busti y los padres de esta chica, quienes me preguntaban donde está”, reconociendo asimismo que en esa ocasión le ofrecieron dinero.

Acto seguido se ordenó el regreso a la sala de audiencias de Raúl Monzón, quien había sido desalojado ocasionalmente para permitir a la imputada declarar con total tranquilidad y al manifestar la defensa del imputado que se iba a abstener, se dio por finalizada la sesión y se informó que la segunda audiencia se iniciará el jueves a las 9.

NNAAEn la cárcelNNCC

“Fue así que me detuvieron, me llevaron a un galpón, me gritaban, me preguntaban por una chica Aguirre y yo sólo recordaba el apellido Cabrol, pero mi mente sólo me daba para pensar en mis hijos. Me llevaron al penal de mujeres, me tuvieron tres meses en una celda con una loca que todas las noches me interrogaba y me decía que me iban a matar, como lo mataron a Miguel, porque eso les pasaba a los secuestradores.

“Necesitaba tanto confiar en alguien, que cuando esa loca que me interrogaba se hizo la buena conmigo le acepté una cebada de mate y me di cuenta que me había drogado con algo para hacerme hablar, pero yo no podía saber más de lo que había dicho, porque de verdad así era la cosa. Otras presas me dijeron después que a esa mujer le pagó la policía para sacarme información y yo vi cuando le llevaron en pago un equipo de música y otras cosas. La iban a ver esas personas que esperaban la información en horas de la madrugada”, manifestó.

“Estaba tan presionada y aturdida, que cuando unos tipos que me interrogaban me dijeron que por mi bien declarara contra Monzón, poniéndolo en la historia antes del cobro del rescate, lo hice en algunas declaraciones, pero ahora digo como fue de verdad, porque en ese momento temía por mi vida”.

“Ellos fueron los que me contaron detalles de quién había sido Miguel Lencina, por lo que me di cuenta que me había casado con un monstruo. Cuando me dijeron que siempre sacaba alguna prenda de sus víctimas recordé lo de las zapatillas, que hasta ese momento pensaba que las había robado de camino, en algún tendedero. Como yo no las quise agarrar se las regalé a una amiga, Georgina, en San Martín de las Escobas”.

También recordó que “Miguel andaba armado, siempre hablaba de un 38 o un 39, o de una 9mm, que eran las armas que le gustaban, pero recuerdo que tenía un revólver medio oxidado, que una vez me dio porque pasaba un patrullero y otra vez al pasar frente a una comisaría, diciéndome que a mí no me iban a requisar, pero se lo devolvía enseguida porque le tengo miedo a las armas”.

NNAAEn el Puente de HierroNNCC

Mirta Cháves contó luego ante el tribunal que Lencina la obligó a realizar otra llamada telefónica: “Me obligó después a hacer una segunda llamada, nos encontramos con una cuñada —Carina Villanueva—, que después supe que era la ex mujer de Claudio Lencina. Yo me enteré de lo que era su familia y lo peligroso del ambiente cuando había pasado todo y eso me aterrorizó”, reconoció Cháves, al igual que en ese lugar, cerca del Puente de Hierro, adonde convinieron el pago del rescate por Fernanda, también andaban Delia Lencina y una de sus hijas, apodada La Choco.

“Caminando llegamos hasta un paredón y nos quedamos esperando. Apareció alguien en un auto blanco y —Lencina— me mandó a hablar con esa persona, que le diga que lo estaban observando y que dejara lo convenido en el puente. Ese hombre me insistía ´decime dónde está´, y yo sólo le respondía que no sabía nada y me fui”, relató Mirta Cháves.

“De repente se aparece Miguel —Lencina— y me obliga a seguirlo a la parte de arriba del puente. Yo no quería ir, estaba oscuro y le temo a las alturas. Me golpeó y a los empujones me obligó a ir. Llegamos hasta donde había una remera envolviendo algo, era plata y cuando la sacó, nos fuimos. Después de estar en un pool, volvimos a la casa de la familia Lencina y me ordenó que metiera nuestra ropa en los bolsos y dijo que salía y regresaba enseguida. Yo, tras haber escuchado lo del secuestro, le pregunté ¿la vas a soltar? y me dijo que sí, que no era tan h..de..p. y al rato regresó con un par de zapatillas”.

“Nos buscó un remise, era un auto mediano, fuimos a la terminal y a Miguel se le ocurrió comer. Yo no tenía hambre, pero no lo contradije y en ese lugar se encontró con Maria Rosa Monzón, que me dijo que era una prima, la que le habló de Rubén, su hermano, al que conocí después. Allí me obligó a hacer la cuarta y última llamada y junto con Raúl Monzón nos fuimos a su casa hasta la madrugada, cuando volvimos en el mismo remise para tomar el colectivo. Él tenía que presentarse en la Unidad Penal y yo estaba desesperada por ver a mis hijos, pensando, con tantas amenazas, que les podía haber pasado algo. Al otro día, estando yo en Gualeguay, Lencina empieza a llamarme y a tratar de localizarme. Cuando logra hacer contacto conmigo, me amenaza y me obliga a que vaya a la cárcel”.

Cuando llegué caminaba nervioso y decía: ´no está, no está, dicen que están rastrillando y que no está´, como si esperaba que la hubieran encontrado. Cuando una vez le pregunté, me dijo “la dejé atada”, después “se ahorcó sola” y también me dijo que la había tirado a un pozo… yo no sabía qué creer, pero lo que me dijo ese día era que la Policía me iba a buscar y que sólo les dijera lo que había visto y nada más”.

Fuente: El Diario.

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