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“Casullo”, por Martín Caparrós

Últimamente no estábamos de acuerdo –Nicolás Casullo era uno de los animadores de Carta Abierta– pero no era grave: una buena razón para seguir las discusiones. Igual, prefiero recordarlo hace diez años, en ese estudio chiquitito y ahumado donde hacíamos Las Pelotas de la Patria. No recuerdo a quién se le ocurrió la idea, pero […]

Últimamente no estábamos de acuerdo –Nicolás Casullo era uno de los animadores de Carta Abierta– pero no era grave: una buena razón para seguir las discusiones. Igual, prefiero recordarlo hace diez años, en ese estudio chiquitito y ahumado donde hacíamos Las Pelotas de la Patria. No recuerdo a quién se le ocurrió la idea, pero a los cuatro nos entusiasmó: transmitiríamos por FM La Isla las eliminatorias para el Mundial 98. Lo hacíamos a los ponchazos, mirando los partidos en una tele chiquitita, pero intentando un tono y una forma distintos de lo que suele ser el fútbol en la radio. Martín Zubieta llevaba el peso del relato; Nicolás y Elvio Vitali comentaban, cada uno en su estilo; yo hacía como que conducía, y todos discutíamos. Se nos habían ocurrido cosas que entonces nos parecían audaces y ahora, quizás, un poco tontas: el grito de gol del relator, por ejemplo, se fundía con los aullidos de un orgasmo.

Nos habíamos conocido años antes: Nicolás recién volvía de México y paraba en el barcito de la librería Gandhi, Montevideo y Corrientes, que acababa de abrir su gran amigo Elvio con el Negro Tula. A todos nosotros, exiliados de vuelta, nos fascinaba recuperar esa idea tan porteña de “parar”, de tener un lugar donde poder ir –o no ir– a encontrarse con amigos y no tanto para beber, fumar y hablar de lo humano y lo divino y el culo de esa rubia. Nicolás era un polemista inmejorable; alguien que manejaba como pocos el placer de encarar un problema –político, social, literario, futbolístico– y darle todas las vueltas, ensayarle todas las miradas.

Así fue cómo se hizo cargo de una cátedra en Comunicación –Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo, nada menos– donde Horacio González, Christian Ferrer, Ricardo Ibarlucía, Ricardo Forster, Miguel Wiñazki y yo lo acompañamos: los seminarios internos eran la excusa para seguir las discusiones. Que podían ser interminables: en esos días el país estaba, como siempre, al borde del abismo, y nos pasábamos las tardes tratando de pensar cómo sería un futuro sin futuro.

Poco después le propuse que me contara su historia para La voluntad. Fueron horas y horas de más charlas y rememoraciones. Hoy, desde Bogotá, donde acabo de enterarme de su muerte –un puto cáncer–, quiero recordarlo con los primeros párrafos de su presencia en esa historia:

“–¿Te parece que vale la pena seguir acá?

–¿Acá? ¿En esta mesa?

–No, acá, en esta inmensidad pampeana. Los milicos te bañan todos los días en agua bendita para que vayas a misa limpito y de uno en fondo, y parece como si nadie se opusiera en serio. El país está hecho una mierda, ¿no?

Ya hacía tiempo que Nicolás estaba decepcionado y buscaba una respuesta imposible. Eran las dos de la mañana; el salón estaba repleto de barbudos, poetisas y escepticismo. Cafés y cigarrillos humeaban en medio de charlas, ironías y ginebras: el clima de La Comedia, en Corrientes y Paraná, pretendía parecerse al de antes del golpe de Onganía pero no era el mismo. Manolo, el mozo, que seguramente se llamaba Rubén, le preguntó si quería otra. Nicolás volvió a mirar embelesado a la morocha de la segunda mesa a la derecha, sus labios, su pelo lacio. Se aflojó el nudo de la corbata e insistió en que nada era lo mismo.

–Esto que le pasa al país debe ser culpa de alguno de nosotros cuatro, además de las tendencias del capitalismo mundial. Reconozco: como intelectuales desgarrados no somos perfectos. Seguir sacando la revista no tiene sentido, quizás sí hacer el amor un par de veces más antes de irnos de la patria. Pero da un poco de vergüenza seguir así como andamos, ¿no? Esto sofoca, corroe, provoca caries: si parece que nos fuéramos a aguantar cualquier cosa…

Hacía unos días que Nicolás Casullo había cumplido veintitrés años y, por primera vez, tenía la sensación de que el tiempo se le iba sin remedio. Nicolás había nacido en el barrio de Almagro el 10 de septiembre de 1944, en la casa de tres plantas y treinta habitaciones de su abuelo Nicolás, un extraño inmigrante italiano intelectual que prosperó como puestero de frutas y verduras en el mercado del Abasto y llegó a tener una empresa con media docena de barcos que remontaban el Paraná transportando naranjas. (…)

Nicolás tenía once años cuando el barrio se puso de fiesta para celebrar la caída del tirano. En la calle, almaceneros y carniceros bailaban alrededor de una fogata donde quemaban las fotos de Perón y Evita que, por años, habían exhibido en sus negocios. En la casa, su padre y sus tíos y tías brindaban con champán y se felicitaban a las carcajadas; sólo faltaba su madre, Mercedes, encerrada en su pieza, ausente, dolorida. Casi de golpe, Nicolás se encontró con algo que llamaban política: esos gritos y silencios, los nombres prohibidos, el recuerdo de unos bombardeos, los insultos y la alegría despiadada.

Meses después, Mercedes volvió con dos obreros que traían un busto de Evita envuelto en cartón y escondido en una chata gasolera. Su marido, que solía tolerarle casi todo, pensó que hasta ahí se podía llegar:

–¿Qué hacés con eso?

–Era el busto que teníamos en la fábrica. Si no me lo llevaba lo iban a romper en pedacitos.

–Vos no vas a guardar en esta casa la estatua de ésa.

–¿No?

Durante un tiempo el busto de Eva Perón estuvo escondido en un rincón del altillo. (…) En la casa grande había una buena biblioteca del finado abuelo. Cuando tenía catorce o quince años, Nicolás volvía del Nacional Sarmiento y, muchas tardes, se ponía a leer los libros que encontraba, o los que le daba su hermana que ya estudiaba Psicología. Así desfilaron Hesse, Thomas Mann, Kafka, Sartre, Maupassant, Homero, Poe, Milton, el Dante, Leopardi y los primeros cuentos de Cortázar o los segundos de Borges. A veces, se pasaba tardes enteras escribiendo historias que después rompía o no rompía: por el momento, le importaba menos el resultado que el raro éxtasis de hacerlo.

Después, cuando se cansaba, Nicolás salía a la vereda: Almagro todavía era un barrio bravo y las barras solían agarrarse en la esquina de la lechería o en la canchita, detrás de la Algodonera de Córdoba. Ahí se daban como en bolsa, se fumaban los primeros cigarrillos, se acababan las tres cuartos de Quilmes y se contaban historias de mujeres perfectamente falsas. Ahí se respiraba un peronismo natural, sin teoría, silvestre, trasmitido a veces por los padres de aquellos once adolescentes que los domingos se ponían la misma camiseta. Nicolás era flaco pero fuerte, se defendía bastante bien con la redonda según el modelo de su ídolo Corbatta y no le molestaba una buena pelea de tanto en tanto. Por eso armó con algún otro el equipo del barrio, donde también hacía de director técnico para aplicar el 4-2-4 de Vicente Feola en los entrenamientos de Parque Centenario. Aunque también sabía que la barra era otro mundo y que no podía hablarles de Leopardi o de esa frase que se le había ocurrido un rato antes y le parecía tan enigmáticamente bella. No había que mezclar los tantos: Nicolás sabía que si los muchachos llegaban a enterarse de sus aficiones literarias lo menos que le iban a decir sería que era puto.

En 1964, los Casullo dejaron la casa grande. La familia se había ido disgregando y ya no tenía sentido seguir ahí. Se la vendieron a un grupo que planeaba instalar un colegio, y le pusieron una sola condición: que el instituto se llamara William Morris, un educador y utopista inglés de fin de siglo que había sido el gran héroe del abuelo. Poco antes, cuando Nicolás tuvo que empezar la universidad, aceptó cursar Derecho. No era lo suyo; lo dejó al cabo de un par de materias y al año siguiente se fue a anotar en Letras.”

Ahí, en realidad, empezaba el relato: sus búsquedas, sus días en el mayo de París, sus amores, sus trabajos como periodista, su primera novela, su militancia, las decepciones, la partida. Y después la vuelta y este cuarto de siglo de más libros, cátedras, Racing, la familia, más militancias y el esfuerzo largo, sostenido, por entender la patria: sus pelos, sus pelotas, sus pelotazos al vacío. Ayer se terminó una parte de esa historia; quedan las novelas, los ensayos, las revistas. Un abrazo, Casullo. Desde lejos, con esa rara presencia de la ausencia, sé que vamos a seguir discutiendo tantas cosas.

NNAA10 de octubre. Crítica de la ArgentinaNNCC

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