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Cristina, el último desafío de Kirchner

Fue una decisión temprana, en la que pocos creyeron. En busca de una sucesión sin precedentes.

Qué llevó a Kirchner a hacer este último desafío es todavía hoy una pregunta sin respuesta única. Algunos entre quienes lo conocen bien, desde el comienzo, lo reducen a su antigua compulsión a las apuestas fuertes, incluso a su inclinación por el juego.

Recordemos: la jornada histórica en que un peronista dio por iniciada la rueda de operaciones en Wall Street, en setiembre de 2006, Kirchner no se resistió ante los oídos de John Thain, su CEO, antes de hacer sonar la campana de la Bolsa. «Créame: hoy abre en alza». No sólo abrió en alza: el índice Dow Jones ese día se acercó al máximo histórico, a raíz de la baja del crudo y la decisión de la Reserva Federal de mantener sin cambios la tasa de interés.

Sobre la suerte de Kirchner se ha escrito demasiado en estos años y es una tentación que conviene abandonar. Más difícil será que el propio Presidente lo haga.

La decisión del Presidente de hacer que su mujer vaya por su reelección -la de él; es lo más apropiado para decir en este caso- fue una opción temprana. La recogió el columnista político de este diario a mediados de 2004 y parecía una medida, por decir lo menos, improbable. No se re cuerda a nadie que haya trabajado en una acumulación de poder tan formidable como este presidente con la única intención de delegarlo.

En un universo donde la palabra ha sido devaluada, la promesa de Kirchner era difícil de asimilar. Algo más cerca en el tiempo, un ministro aseguró haber escuchado del Presidente no menos de diez veces que no iría por la reelección, en ocasiones con más convicción política que ética: «Los voy a cagar a todos».

Lo que haya querido decir el Presidente ya se ha visto o se verá. A la candidatura de Cristina Kirchner le faltó una consagración como hubiera debido, en el marco orgánico de un partido, con el voto de congresales, con una interna abierta o como sea. Pero también es cierto que parece menos resultado de una abdicación que de una sucesión dentro de un mismo proyecto político. ¿Qué decir entonces del cambio de mando laborista entre Tony Blair y Gordon Brown en Gran Bretaña, una de las democracias más antiguas del mundo?

La jugada de Kirchner registra dos instantes desconocidos hasta hoy, que Clarín recogió de fuentes seguras, que hablan de sus verdaderas limitaciones y alcances y conviene divulgar antes de la elección.

Kirchner confesó en una oportunidad al titular de un gremio importante que llegó a cuestionarse la decisión de conducir a su mujer hacia la Presidencia. Eran días difíciles, con el Gobierno envuelto en escándalos de corrupción que salpicaban -salpican- a muchos de sus funcionarios: el caso Skanska, la renuncia de Felisa Miceli, la maleta del venezolano. Nunca más volvió a hacerlo, que se sepa.

El otro momento no es lejano y esconde la razón más sospechada para una sucesión sin antecedentes. El Presidente admitió en una ocasión ante un hombre de su confianza: «Con que ella haga un gobierno de 5 puntos, si no 'choca', con una nueva estructura yo vuelvo en el 2011 y pongo la diferencia».

El desopilante blog Ramble Tamble, del sociólogo Artemio López, muestra una placa roja al estilo Crónica TV con una cuenta regresiva: «The Penguin returns: faltan 1.502 días para el regreso de Néstor», dice hoy.

¿Será una broma?

Por: Walter Curia, para Clarín.

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