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El PJ espera a los Kirchner en medio de una tregua

La sensación –la casi certeza- de que el 28 de octubre no se pone nada en juego ha vuelto opaca esta campaña para el oficialismo. Lo que moviliza al PJ son las pujas internas departamentales y la soterrada pelea de fondo Busti-Urr

Si no fuera por Jorge Busti, que se ha planteado el desafío de superar los votos obtenidos en la elección provincial del 18 de marzo, la campaña electoral para el 28 de octubre prácticamente carecería de motivaciones para la dirigencia y la militancia peronista.

¿Qué hay en juego? No mucho. Nadie cree, hablando en serio, que el PJ pueda sentar más de dos diputados nacionales (los dos de Busti: su esposa Cristina Cremer y su ahijado político Gustavo Zavallo); para el Senado está el techo constitucional de los dos representantes por la mayoría (irá Pedro Guastavino y la bustista Blanca Osuna); y la mayoría en la convención está virtualmente garantizada: con el resultado de marzo tendrán 21 convencionales.

Un esfuercito más y la mitad más uno que el PJ despreció al adoptar el sistema D´Hont se sellaría por imperio de la soberanía popular y, ahí sí, no habría nada para objetar a la legítima mayoría que definirá qué hacer con la Constitución de Entre Ríos.

Aunque esto último sea obviamente importante en el plano institucional, no tiene el efecto movilizador para la militancia que pueda tener, por caso, la disputa por una intendencia, concejalías o senaduría departamental.

Por estas horas, la libido peronista está puesta en otro lado: las disputas territoriales desatadas en varios departamentos y la pulseada, por ahora disciplinada en el silencio, que supone la transición y, puntualmente, el armado del futuro gabinete provincial.

Hubo la suficiente madurez en la dirigencia y poder de mando de Busti para entender que a todos convenía respetar la tregua hasta después de las elecciones.

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Mientras tanto, en forma subterránea se deslizan las más variadas hipótesis sobre lo que pueda ocurrir en el mes de noviembre, esos treinta y pico de días que se deshojarán entre la elección presidencial y el cambio de gobierno en la provincia.

Las más temibles reparan en la eventualidad de que el kirchnerismo, en su versión local y con el aliento de operadores nacionales, fogonee un desgaste de la gestión de Busti luego de las elecciones, al tiempo que promueva un acercamiento a Urribarri.

La lógica de un cambio de autoridades en un clima así es que surta el efecto de dotar de más poder al nuevo gobierno y de restarle al que desde el 10 de diciembre tendrá oficinas en la Cámara de Diputados.

Quienes dan crédito a esta variable reparan en que cada vez que Urribarri habla en privado de su proyecto pronuncia el apellido Busti mucho menos veces de lo aconsejable.

Algunos ya se animan a apostar: en la semana siguiente a las elecciones el Gobernador difundirá alguna de sus encuestas para exhibir que mantiene una alta imagen positiva y Urribarri contestará con designaciones de gabinete que no serán del agrado de Busti.

Otros, en cambio, consideran que –al fin de cuentas- prevalecerá la relación histórica que une al gobernador en funciones y el electo, como ha pasada hasta ahora, en lo que va de esta eterna transición iniciada en el lejano marzo.

Los que desalientan esta última posibilidad advierten que Urribarri se ha encargado de deslizar en determinados círculos que su ánimo se ha visto afectado por el hecho que, después de dos décadas de amistad, Busti le ha perdido la confianza. “El mensaje fue enviado”, alertan.

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Sin rivales para la elección del 28 de octubre, la dirigencia en el poder encuentra motivaciones en la interna. Nadie duda que será la gran puja política del próximo período, aunque ya se haya desatado en éste y por ahora se mantenga civilizadamente controlada.

Habrá que ver qué formas adquiere. Por lo pronto, Busti controla la Cámara de Diputados, la Convención, los representantes entrerrianos en el Congreso Nacional y, claro, preside el Partido Justicialista.

En frente, Urribarri suma aliados naturales en otros mandatarios electos (los intendentes) que, como él, no quieren saber nada con internas departamentales que le pongan en dudas su poder justo al inicio de su gestión.

Llamados a silencio en estas últimas semanas, aguardan su turno la media docena de los diputados electos que se perfilan como ultra oficialistas y que mantienen contactos con expresiones kirchneristas.

En el fondo, la discusión es siempre la misma: la subsistencia o no del bustismo como la maquinaria de poder más importante de la Entre Ríos de este tiempo.

NNAAPablo Bizai, para Página PolíticaNNCC

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