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Final previsible, aunque con dudas

La Argentina asiste a las terceras elecciones presidenciales en 24 años de democracia realizadas en un marco de relativa normalidad. Los ojos apuntan al día después y a la sucesión de poder entre Kirchner y Cristina. El ba

El Gobierno de Néstor Kirchner, que alumbró débil hace cuatro años, comenzará a despedirse de hecho cuando la noche avanzada haya terminado hoy de cubrir el país. Si en la sociedad no ha ocurrido un terremoto subterráneo indetectable y si la unanimidad de los pronósticos no erraron en su norte, Cristina Fernández se convertirá en la sucesora de aquel hombre, su marido, que con un puñado de cal y piedras terminó edificando un poder macizo, para muchos impenetrable y hostil.

La sucesión podrá ser una sucesión desconocida en la Argentina. Nunca un Presidente cedió el mando a su mujer. Isabel lo recibió, por desgracia y sin quererlo, tras la muerte de Juan Perón. Eso significa que tampoco existirá una transición convencional. Las transiciones, en verdad, nunca fueron convencionales en el país. Raúl Alfonsín pactó su salida de apuro con Carlos Menem. La del ex presidente peronista con Fernando de la Rúa tuvo rasgos de cierta normalidad, aunque estaba en incubación la gran crisis. Durante el derrumbe se perdieron todas las formas y los protocolos. Casi no hubo intervalo entre Eduardo Duhalde y Kirchner.

Hasta podría arriesgarse que en las últimas semanas se estuvo asistiendo a una transición virtual. Cristina todavía no ganó, pero estuvo casi siempre a la par del Presidente. Kirchner es un hombre satisfecho a la hora del adiós y hasta deja traslucir la sensación de que ganó en sosiego. No se irá ovacionado, como alguna vez soñó, luego de asistir a la despedida de Ricardo Lagos en Chile. Pero se irá con una dosis de reputación social muy considerable, aunque también con un ejército aún disperso de enemigos políticos. Cada vez que Kirchner tuvo en las últimas semanas un micrófono en sus manos para hablar se lo cedió a Cristina.

¿Cómo podría entenderse aquella reputación cuando en el último año el Gobierno pareció deslizarse sobre un tobogán? ¿Cómo podría entenderse cuando sucedieron episodios que repusieron sospechas de corrupción? ¿Cómo podría entenderse si, además, parece haber declinado la confianza popular sobre el futuro económico? ¿Cómo podría entenderse con la amenaza de la inflación y los engaños en el INDEC? El crecimiento económico fue en estos años un capital político excluyente de Kirchner. Aquellos interrogantes parecen tener una sola respuesta: la mejora económica y social, comparada con la crisis del 2001, sigue siendo el principal fundamento que opaca todavía aquellas dudas y aquellos cuestionamientos.

Tampoco se trata de una novedad o de una extravagancia. En la inestable democracia argentina los pocos ciclos de bonanza económica apuntalaron a los presidentes de turno. Alfonsín sorteó las legislativas de 1985 con los primeros destellos del Plan Austral. Menem supo exprimir los beneficios de una economía sin inflación. Esa sensación de bienestar colectivo fue como un telón gigante que cubrió todo lo demás. Menem obtuvo la reelección en 1995 con el 50% pese a la retahíla de sospechas de corrupción, un desempleo que trepaba para la fecha al 18,4% y una calidad institucional que, como ahora, también dejaba mucho que desear.

Otra explicación a esos comportamientos podrían rastrearse en la oposición. Menem la empezó a diezmar cuando sumó al radicalismo al Pacto de Olivos. Ese radicalismo quedó apenas en un 17% con Horacio Massaccesi aunque emergió una fuerza opositora heterogénea corporizada por José Bordón y Chacho Alvarez, que obtuvieron el 29%. De esas entrañas se fue gestando la Alianza que, al final, se apropió del poder en 1999. Pero los partidos ya estaban debilitados. Aquella Alianza fue un fracaso y protagonista de un drama. La oposición, en su conjunto, no ha podido recuperarse todavía de ese drama.

Ese infortunio nacional podría no ser una buena noticia para Cristina. Recaerían prematuramente sobre ella todas las demandas populares y las responsabilidades sobre los muchos conflictos pendientes que tiene la Argentina. Son, en su mayoría, los mismos conflictos en que fue quedando enmarañado el último año el Gobierno del cual forma parte. Quizá no pueda disfrutar, si canta victoria, del primer crédito que suelen disponer todos los mandatarios electos.

Resultará imprescindible para Cristina lograr trazar alguna línea que la separe del Gobierno que se empieza a ir. Sería una manera de poder recrear algunas esperanzas y de llevar a los hechos el módico afán de cambio proclamado en la campaña. ¿Cómo hacerlo? El debate se está dando entre cuatro paredes kirchneristas. Se sabe que no todo el gabinete cambiará. Aunque algunos de los funcionarios fuertes que permanezcan quizá lo hagan sólo por un tiempo: Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, remarca en estas horas sus síntomas de agotamiento. El verdadero debate se circunscribe a los cambios en el Ministerio de Planificación. ¿Se irá Julio De Vido? No está dicha la última palabra, no la ha dicho aún Cristina.

La integración del equipo futuro sería el primer paso que podría dar Cristina para ir delineando su autoridad. La autoridad estará obligada a regarla día a día más allá de la legitimidad que pueden otorgarle los votos que acumule hoy. ¿Por qué razón? Por lo menos por dos: su impulso como candidata vino de la mano de Kirchner y ese impulso puede resultar determinante para su triunfo; Kirchner regresará al llano con una cuota estimable de poder. Felipe González, el ex premier español, hizo hace meses una reflexión a propósito del ensayo que se insinúa en la Argentina: «Es fácil transferir el poder, es más difícil transferir la autoridad», comentó en una cena íntima.

Para aproximarse a ese ensayo convendría hacer una precisión. Cristina no ha sido estos años espectadora del poder. Mantuvo una actitud discreta, pero opinó y participó en todas las decisiones clave, acertadas o no, de Kirchner. Los papeles podrían invertirse si se transforma en presidenta. Habría que auscultar, en ese caso, el perfil y las conductas políticas de Kirchner. Puede haber prevenciones aunque hay también una certeza abonada por una larga historia de vida común: los Kirchner son un matrimonio pero constituyen, sobre todo, una sociedad política.

¿Cómo funcionará esa sociedad ahora invertida en el poder? ¿Cómo enfrentará Cristina, sin que se note la sombra de Kirchner, la solución de algunos de los conflictos inmediatos y a largo plazo que le aguardan? El Presidente sigue afirmando que dedicará su ocio a la construcción de una fuerza política que sirva para sostener la gestión de su mujer. Esa tarea tiene condiciones y plazos: podrá hacerla con soltura en la medida en que la senadora ingrese a la Rosada con el pie derecho. De lo contrario, el peronismo que lo sigue podría empezar a desgajarse. Kirchner continúa vacilando sobre la conveniencia de pelear desde marzo por el timón del PJ. En los últimos días lo entusiasmaron los retos de Alberto Rodríguez Saá y Carlos Menem. También el trabajo solapado que estaría desarrollando Duhalde para juntar a los peronistas resentidos.

¿Habrá también en aquella sociedad una transferencia de estilos y temperamentos? Cristina confesó, en su raid mediático de la semana pasada, que su marido es más malhumorado que ella. El Kirchner que se vio en los últimos tiempos no fue ni tan malhumorado ni tan áspero. Cristina no fue áspera en la campaña, formuló varias invocaciones a la concertación y al pluralismo pero no logró transformar, salvo una vez, un perfil personal que se trasunta frío y distante.

Aquellos años arrebatados de Kirchner y esta imagen que transmite la candidata, entre múltiples motivos, podrían haberse combinado para hacer de algunas grandes ciudades un escollo electoral para el kirchnerismo. En Capital, en especial, se encendieron luces rojas y el Gobierno estuvo hasta anoche recibiendo encuestas para conocer la evolución del humor porteño. Las últimas señales provocaron desaliento.

En los centros urbanos está el refugio de la oposición para creer en un ballottage. Esa esperanza la conservan sólo Elisa Carrió y Roberto Lavagna. Pero la candidata de la Coalición Cívica, con un discurso más contestatario y una personalidad más briosa, parece haberle sacado una luz de diferencia, sobre todo en Capital y Santa Fe, al ex ministro de Economía. Carrió juntó como Lavagna buena parte del voto opositor: pero hacia la mujer podría converger también el voto antiperonista de grandes ciudades que no atraería Lavagna.

La campaña concluyó como había despuntado, apática e insulsa. La Argentina está en los umbrales de una sucesión que genera un sinfín de incógnitas. Las hay alrededor del matrimonio Kirchner. ¿Qué sucedería si el lunes amaneciera con la impensada novedad del ballottage?. Sólo podría pensarse en una segura y profunda conmoción política. El resto pertenecería a una historia que recién podría empezar a escribirse después de hoy.

Eduardo van der Kooy, para Clarín.

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