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La inflación real sería del 15 por ciento

Tras la fuerte manipulación del índice de precios minoristas por parte del Gobierno, se produjo una amplia brecha entre lo que informa el Indec y las mediciones privadas, que duplican la estimación oficial.

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Con la supuesta premisa de frenar las expectativas inflacionarias, el Gobierno alteró desde enero la medición del índice de precios al consumidor (IPC) que elabora el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), o sea, frenó en las planillas lo que la realidad no le permite detener.

Más allá de sus diferencias, la mayoría de los economistas privados cree que hay una brecha entre el IPC y la ahora denominada “inflación real”. Mientras que el resultado del Indec intervenido por la dupla Moreno-Paglieri indica que el IPC creció cerca del 8% si se lo observa en términos anualizados, el número promedio de los economistas se ubica en el 15 %, un resultado preocupante aunque todavía controlable.

Las modificaciones en el cálculo oficial de los rubros turismo y medicina prepaga constituyeron las primeras luces rojas; luego, las sospechas se extendieron a otros productos y servicios y, últimamente, los trabajadores del Indec denunciaron que hay intenciones de manipular la próxima encuesta de pobreza.

Con este temor conviven también varios economistas en el Gobierno, sabiendo que la próxima administración política deberá afrontar en forma ineludible desde diciembre la tarea de moderar la inflación por medio de una política fiscal más férrea, sin necesidad de caer en un ajuste clásico que provoque una nueva recesión.

A primera vista, la mencionada diferencia podría sonar como importante pero no dramática. Sin embargo, los economistas consultados por LA NACION creen que la existencia de la brecha en sí misma es trascendente, porque el IPC ha servido históricamente como elemento de referencia para establecer buena parte de los contratos en la economía. No es lo mismo fijar salarios o cualquier otro tipo de convenio sobre una inflación del 8% que sobre el 15%, o si se quiere, sobre el 18% que se animan a calcular los más críticos.

En el primer semestre del año, el Indec informó que el alza de precios fue del 3,9%. La consultora Finsoport se tomó el trabajo de estimar el IPC con un modelo econométrico propio y asegura que la inflación fue del 10,9% en el último año. Además, dio a conocer el detalle en términos de rubros de alzas entre enero y junio:

–Educación: para el Indec, subió 5,6%; para Finsoport, 9,4 por ciento.

–Atención médica y gastos de salud: aumentaron el 3,4% y el 6,7%, respectivamente.

–Esparcimiento: mientras las cifras oficiales marcaron un curioso descenso de 2 puntos porcentuales, las de Finsoport registraron un alza del 6,4 por ciento.

En cambio, Finsoport marcó tres rubros con menor inflación que la del Indec: vivienda (4,5% la oficial y 3,6% la de la consultora), equipamiento y mantenimiento del hogar (5,1% y 3%), y bienes y servicios varios (5,4% y 2,4%, respectivamente).

Horacio Larghi de Finsoport aclaró que, aunque el cálculo anual de la consultora resulte conservador frente al de sus colegas, hay que tomar en cuenta que el segundo semestre del año siempre tiene una inflación mayor que el primero y por lo tanto cuando se anualiza el número no se toma en cuenta esta estacionalidad. De todos modos, Larghi reconoció que, si se obviara esta cuestión, la inflación rondaría el 13% anual.

En tanto, el banco Santander Río declaró en su último informe que si se aplicara la metodología utilizada hasta fines del 2006, el IPC del área metropolitana implicaría un salto de la tasa de inflación de no menos de 3,5 puntos porcentuales respecto del resultado reflejado por el Indec.

Otros economistas, como Rogelio Frigerio -que encabeza la consultora Economía & Regiones- Juan Sommer de Econométrica y el ex viceministro Juan José Llach creen que pueden utilizarse otras variables objetivas para determinar esta brecha: la diferencia entre el IPC del área metropolitana y el interior; la variación de los precios implícitos del PBI; la suba reflejada por la recaudación del impuesto al valor agregado (IVA), y la distinción entre el IPC y los índices de precios mayoristas y de construcción.

Con el sugestivo título de «¿Se acelera la tasa de inflación?», Sommer comentó en un informe que, admimitiendo que la economía ha subido un escalón en materia inflacionaria, aún resta por determinar si se trata de un solo peldaño o del primero de varios más. «Es imposible atribuir a un solo factor la causa de la aceleración inflacionaria observada en los últimos meses. Han estado confluyendo factores que impulsan una mayor demanda, sobre todo de consumo, con factores externos y aumentos de costos», indicó Sommer.

Cuando se mide el IPC tomando en cuenta el interior del país, según Econométrica, el valor anualizado es del 14,8%; si se considerara el promedio de los índices del interior y del Gran Buenos Aires, llega al 11 por ciento.

Esta dispersión estadística causó cierto desánimo en el ex viceministro Juan José Llach: «Lamentablemente, es imposible saber cuál es la inflación real. A juzgar por los índices del interior y la recaudación del IVA-DGI debe estar alrededor del 15 por ciento».

A una conclusión parecida llegaron la Sociedad de Estudios Laborales y Economía & Regiones. E&R afirmó que, si se toma en cuenta el índice de precios subyacentes (que no incluye los precios estacionales ni los que están sujetos a regulaciones estatales), el resultado del primer semestre fue del 4,9%; en cambio, la canasta de precios regulados (con el alza de algunas tarifas mediante) creció el 3,2% acumulado desde enero último.

«Desde diciembre del 2006, la efectividad de la política de acuerdos de precios del Gobierno disminuyó, ya que varios rubros incluidos en los convenios fueron los que más subieron», indicó la consultora. Entre éstos, se destacan los lácteos y los aceites, que aumentaron más del 10%; las infusiones y la ropa interior, un 8%, y los productos panificados, el 6,3 %, por arriba de los artículos de tocador, útiles escolares y artículos de limpieza.

Rogelio Frigerio admitió que, más allá de los cambios metodológicos aplicados, «es difícil determinar el número real de la inflación porque hay una suba de precios reprimida, lo cual es negativo para el modelo porque genera apreciación cambiaria».

O sea que derivaría en una menor competitividad para las exportaciones y mayor dificultad para el proceso de sustitución de importaciones promovido desde la devaluación del 2002.

Por su parte, el consultor Luis Secco cree que, medida por precios implícitos, la inflación anualizada está entre el 16 y el 18 por ciento, resultado más que peligroso, porque piensa que cuanto más alta es la inflación, mayor resulta el incentivo para aplicar una política fiscal distorsiva. Cercano a las ideas de mercado, Secco dijo que otro elemento para preocuparse es la política monetaria acomodaticia.

Además, consideró que este mix expansivo fiscal-monetario minará la confianza y, por lo tanto, generará un aterrizaje forzoso del PBI.

Si esta desaceleración se diera por el lado de la demanda y no de la oferta, varios economistas se sentirían tranquilos. Pero muchos creen que está ocurriendo lo contrario.

Con un pequeño juego de palabras, Ramiro Castiñeiras, de Econométrica, pronosticó que, si no se torcieran los pilares de la política económica actual, «el modelo se agota, pero no explota», a diferencia de lo que ocurrió en 2001 con el plan de convertibilidad.

De todos modos, Castiñeiras sostuvo que, como contrapartida de la crítica al aumento del gasto, «hay que elogiar el alza de la cobertura previsional, ya que en este momento la tasa de cobertura es del 80%, frente a un promedio regional del 60 por ciento».

Casi en soledad, el director del Centro de Estudios de la Situación y Perspectivas de la Argentina (Cespa) de la Universidad de Buenos Aires, Héctor Schvarzer, sostuvo que, si hay alguna divergencia entre el índice oficial y la inflación real, es pequeña y poco relevante. «Estamos en una situación de cambio de precios inevitable con una inflación que está por encima del 10% anual, pero es la única manera de hacer una transición suave», opinó.

Pese a ello, Schvarzer, integrante del Plan Fénix, cuestionó el manejo oficial sobre el Indec: «Lo malo es que el Gobierno toqueteó el índice y generó desconfianza», se lamentó.

Con otro enfoque, Llach dijo que hay dos opciones para remediar el problema inflacionario en el corto plazo: «O política monetaria con metas de inflación -sin necesidad de seguir el camino de Brasil, también lo hacen con éxito Perú o México-, o una política fiscal menos expansiva y con claro aumento del superávit. La segunda alternativa es, de lejos, la mejor. Pero si no se hace ninguna de las dos entraremos en niveles de inflación cada vez más difíciles de manejar», advirtió.

En este sentido, la consultora Econviews de Miguel Kiguel explicó que el toqueteo de los datos del Indec es uno de los factores que pueden influir en el ánimo de los ciudadanos en las próximas elecciones presidenciales.

«Se ha cambiado el eje de debate: en vez de discutirse el efecto de las altas tasas de inflación, se debate en torno de la manipulación que lleva a cabo el Gobierno», indicaba un reporte reservado para los inversores.

En otras palabras, el oficialismo buscó calmar el humor social asfixiando el índice de precios oficial, pese a las palpables protestas de la gente por el notable incremento de la canasta básica de alimentos y de varios servicios, como la educación y la medicina. Las urnas dirán en octubre si esta polémica estrategia le dio resultado o no.

Por Martín Kanenguiser
De la Redacción de LA NACION

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