El asunto es la gobernabilidad. De eso se trata. Sergio Urribarri promedia su segundo y -según sus propios dichos y tal cual ordena la Constitución provincial- “último” mandato como gobernador de Entre Ríos. Es el momento en el que el manual de la política aconseja mantener encendida la expectativa de una continuidad, para gobernar con poder hasta el último minuto.
Sin posibilidad de re-reelección, el plan A de Urribarri para evitar la pérdida de poder está depositado en su proyección nacional. Y en este plano no le puede ir mejor. Particularmente después de la reunión de Gestar en Paraná, Urribarri es un apellido obligado para cualquier análisis sobre la continuidad del kirchnerismo sin una reforma constitucional que habilite a Cristina para un tercer mandato consecutivo.
Mientras Urribarri goce de esa proyección nacional podrá conservar e incluso aumentar su poder sin problemas hasta el final de su mandato y conseguir que todos aprueben la designación de un sucesor. Pero ese plan A requiere, para ser efectivo, que al menos el apellido Urribarri se lea en la fórmula presidencial.
Es, para muchos, algo impensado sólo un par de años atrás, quizá un sueño del que temen despertar. Es, en suma, una apuesta tan fuerte que requiere, necesariamente, de un plan B. Uno como el que le acaba de dar la definitiva desaparición del bustismo en la Cámara de Diputados.
Aunque no se habían integrado formalmente al bloque del Frente para la Victoria, y muchos en el oficialismo preferían mantenerlos en un prudente segundo plano, Urribarri ya contaba con los votos de los diputados Diego Lara, Juan Carlos Almada, Rubén Almará y Hugo Vázquez, que llegaron a la Legislatura en la lista de Busti.
Pero al ir por Rosario Romero y Fabián Flores, los dos últimos leales del bustismo, el Gobernador se garantiza los dos tercios de los votos que se requiere para aprobar la necesidad de una reforma constitucional que lo habilite para un tercer mandato.
Ni siquiera tiene que plantearlo, ni buscar acuerdos con diputados de la oposición. Incluso puede seguir negándolo cada vez que se lo pregunten. Pero la señal para la interna peronista es clara: puede sacar la reforma cuando quiere. Y esto opera como una garantía para la generación de expectativas de continuidad en el poder.
Nada del otro mundo. Fue, ni más ni menos, lo que hizo Jorge Busti en sus últimos gobiernos. Aunque las cosas finalmente no le salieran como las soñara.

