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La sorpresiva aparición de un estilo diferente

No bien bajó del avión de la decepción en el Caribe, Néstor Kirchner se encontró con una novedad quizá peor por sus consecuencias internas. En efecto, Mauricio Macri le estaba ofreciendo a la sociedad argenti

Kirchner fue un presidente con pocas comparaciones en el mundo, pero es evidente que Macri se inspiró en el francés Nicolas Sarkozy. Golpeó sobre el status quo de la superpoblada administración, atormentó a los desacreditados dirigentes sindicales, obligó a éstos a confrontar con una sociedad mal predispuesta con ellos y empezó a corregir la indisciplina del espacio público.

No sería justo hacer comparaciones con la gestión de Cristina Kirchner, demasiado corta, demasiado carente de la suerte que le tocó a su esposo desde el primer día. Pero el kirchnerismo como expresión política es muy distinto de la oferta macrista. El ex presidente se fue del gobierno sin tener que soportar una sola huelga general.

¿Qué milagro cayó sobre él? Ninguno. Simplemente dejó hacer y deshacer a los viejos caciques gremiales, que son la única estirpe política que ha sobrevivido a militares y a civiles, a peronistas conservadores y a radicales progresistas. Ni siquiera los pendencieros camiones de Hugo Moyano tuvieron nunca una crítica de Kirchner. Los dirigentes sindicales hasta le estropearon el plan de aumentos salariales de su último año de gestión. ¿Qué hubiera justificado, entonces, una huelga?

La indisciplina de la calle nunca se disipó, aun cuando ya sólo quedan grupos con claros fines ideológicos o con aún más claras codicias económicas. Kirchner prefirió siempre negociar con algunos sectores piqueteros y eso le quitó autoridad moral para enfrentar a los que no quieren negociar con él. Una consecuencia, tal vez fortuita, fue que grupos violentos, armados hasta los dientes, terminaron ingresando a la Casa Rosada, como se acaba de comprobar en los tribunales de La Plata. Las calles de la Capital son un descontrolado infierno que lo sufren los sectores menos pudientes de la sociedad, más que nadie.

Macri mira a 2011, aunque nunca lo dirá en público. Echó a dos mil empleados contratados recientemente sobre una atiborrada administración distrital y cuatro mil más podrían agregarse en los próximos días. Queda pendiente, todavía, el censo del personal que hará en marzo, cuando todos hayan vuelto de las vacaciones. El gobierno de la ciudad no sabe, a ciencia cierta, cuántas personas emplea, qué hace cada empleado y qué horario cumple. Inspectores con planillas en mano y con preguntas personales en 48 edificios del gobierno capitalino tratarán de confeccionar ese censo.

Pero lo más distinto que hizo Macri fue meter la mano en la obra social de los empleados capitalinos, cara y mala. Hasta Menem, en sus tiempos de gladiador imbatible, debió reconocerles a los dirigentes gremiales dos conquistas para que lo dejaran vivir: la existencia de una sola central obrera y la condición intocable y sagrada de lo esencial de las obras sociales. Estas son la caja de recaudación de dineros para el financiamiento político y personal del señorío sindical. No fue casual que la CGT se solidarizara con los gremialistas de la Capital y que Moyano dejara flotar la amenaza de parar la recolección de basura. La defensa de las obras sociales borra las fricciones internas del sindicalismo. Macri aseguró que no retrocederá. No vine para limpiar dos plazas , dijo.

La insubordinación del espacio público quedó otra vez en manos del gobierno nacional. Funcionarios capitalinos, legisladores, fiscales, jueces y la policía firmaron un acta en la que se organiza la protesta pública para no cortar nunca el tránsito totalmente. Sin embargo, el poder coercitivo del Estado, sin cuya existencia aquella acta se convertiría en papel mojado, lo tiene la policía, que sigue en manos del gobierno central. ¿Cristina Kirchner se hará cargo del consiguiente costo político si la indisciplina no cesara?

El combate de los proyectos y los estilos ha comenzado. Macri tiene a su favor la ciudad vacía del verano, menos expuesta a la resistencia sindical, y la insalvable fatiga social por el viejo modo de gobernar. Pero el duelo no ha terminado, porque no son pocos los recursos con que cuenta el kirchnerismo. Macri optó por marcar las diferencias en lugar de elegir las imitaciones, que es lo que ha hecho hasta ahora gran parte del arco político no kirchnerista.

Kirchner hubiera estado mejor parado para recibir la novedad local si le hubiese ido bien en Colombia. Pero, en verdad, se dejó llevar allí por la impronta audaz de Hugo Chávez. El líder caraqueño les cree más a las crueles y mentirosas FARC que al presidente de Colombia, Alvaro Uribe. Y en ese berenjenal se metió Kirchner, aún cuando siempre ponderó a Uribe y no siempre estimó a Chávez. ¿Por qué dejó que lo metieran sin garantías en el fiasco del Caribe? ¿Qué compromisos indestructibles lo unen a Chávez como para correr el riesgo que corrió?

Sólo en la gestión de Uribe hubo once intentos de mediaciones internacionales en el conflicto de Colombia (uno lo dirigió directamente las Naciones Unidos) y ninguno llegó a buen puerto. Es difícil avanzar en acuerdos de paz con una organización guerrillera que ha perdido la ideología y las utopías; sólo construye poder con sus trapicheos con el narcotráfico y con los secuestros extorsivos. De los 750 secuestrados que tiene en su poder, sólo unos 50 son políticos; el resto son personas en condiciones de ser entregadas en cuanto su familia pague el rescate. Las FARC no necesitan ni coordenadas ni corredores libres para hacer esos intercambios de dinero por seres humanos.

Eso sólo describe una enorme inhumanidad, pero todo fue peor cuando se confirmó que el niño Emanuel, hijo de Clara Rojas, fue abandonado a la buena de Dios. ¿Qué intento serio de entrega de rehenes podía haber cuando las FARC no estaban en condiciones de cumplir con esa promesa y cuando su jefe, «Tirofijo», lanzaba un documento con un nuevo desafío al Estado colombiano? Sólo el estilo atropellado de Chávez, y la necesidad política de borrar su reciente derrota electoral y la aventurera valija argentino-venezolana de Antonini Wilson, lo eyectaron hacia una jactancia sin destino. ¿Qué hacía Kirchner en esa selva atestada de dificultades y de trampas?

América latina no puede ignorar el drama de Colombia. Ricardo Lagos dio una vez una definición sabia: Los latinoamericanos no queremos que los Estados Unidos se metan en Colombia. Pero, ¿qué hacemos nosotros por Colombia? Ahora bien, cualquier incursión en ese conflicto debe tener en cuenta dos factores. El problema tiene 50 años de vejez y se ha ido desnaturalizando y complicando con el tiempo. Además, ninguna negociación debe ignorar que Colombia tiene un presidente democrático y que él no puede ser sólo notificado a último momento de una negociación hecha por otros. Uribe debe tener la iniciativa.

Chávez mismo ha perdido legitimidad para meterse en el conflicto después de calificar de ejército popular a secuestradores vinculados al narcotráfico. El rompecabezas colombiano necesita de buenos diagnósticos y de mejores aliados. En definitiva, los pingüinos nunca sobrevivieron en la selva; son, además, una especie solitaria. Y Macri pertenece a otra especie.

Joaquín Morales Solá, para La Nación

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