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Pronósticos reservados

El mayor desconcierto está en la UCR donde, más allá de las declamaciones, no se termina de arriesgar un pronóstico seguro sobre el destino del voto radical, aunque se confíe en la eficacia de las estructuras. Los s

Que gana el PJ es un dato que nadie discute, más allá de los discursos de campaña. Pero de ningún modo esperan –seriamente- los peronistas quedarse con 3 de los 4 diputados nacionales, como difundió alguna encuesta y como sostiene el propio interesado, Antonio Alizegui. Para eso –explican voces autorizadas del PJ en materia de legislación electoral- necesitarían aproximarse al 60 % de los votos, cuando las estimaciones apuntan a rondar el 50%.

Con eso se darían por satisfechos: superar los votos de marzo (47%), algo que consideran absolutamente viable dada la desaparición de la lista 100, que encabezó Julio Solanas. “El 80 % de los votos de la lista 100 van a venir para nosotros, son votos peronistas que no van a ir a otro lado”, pronostica un avezado dirigente de Paraná.

La sensación en el PJ es que carecen de rivales. Sobre todo con la salida de escena de Sergio Varisco en la UCR “que era el que más nos molestaba en los barrios porque hacía campaña a lo peronista. Ahora vemos que en el radicalismo no hay liderazgos y que lo de Carrió es ella sola, porque nadie sabe quien es Viale o Daneri”, completa.

Más allá de los adversarios, en el oficialismo se observa que, después de las elecciones de marzo, el Gobierno provincial no ha sufrido grandes sobresaltos de gestión que hagan pensar en una merma de votos. No hubo en estos meses de transición escándalos que hayan ganado las primeras planas y las disputas por la conformación del futuro gabinete -que expresa la tensión entre el gobernador saliente y el entrante- se han sabido disimular bajo la alfombra.

La idea de que Cristina Fernández gana en la primera vuelta –que se asentó en el tramo final de la campaña- removió la principal inquietud que alguna vez anidó en las filas del bustismo: que en octubre se retroceda, como consecuencia de la disminución del empeño militante que en marzo disputó intendencias, concejalías y senadurías departamentales.

En general, no esperan grandes cambios para el domingo. Con las “amplias diferencias de más del 50%” en Concordia, Paraná, Paraná Campaña y Uruguay se resuelve la discusión, aseguran.

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Mucho más incierto es el panorama en el radicalismo. No es para menos: es aquí donde transcurre la noticia en Entre Ríos de esta extraña elección presidencial. Todo pasó en los últimos 20 días, tras la visita de Carrió a Paraná con el pronóstico de que la votarían los radicales y el posterior despliegue –visita de Alfonsín mediante- del radicalismo para desmentirlo.

En la última semana echó nafta al fuego la encuestadora Claves, que aseguró que también en Entre Ríos Lilita desplazaba a Lavagna y por varios puntos. Y Datos, otra encuestadora que habitualmente trabaja para el Gobierno, salió dos días después con una desmentida a medias de ese pronóstico: su medición alcanzaba sólo a Paraná y no arriesgaba un resultado provincial.

Con todo, entre los radicales –los que están adentro y los que están afuera de la UCR- se coincide en algo: la única manera que tiene Carrió de salir segunda en Entre Ríos es con el apoyo del voto radical. Eso supone un corte de boleta espontáneo y programado que perjudique a Lavagna y a los candidatos a legisladores y convencionales del socialismo.

En los últimos días se escucharon muchos rumores en este sentido. Algunos tenían que ver con la interna de la UCR, otros apuntaban a algo más impreciso y, en consecuencia, difícil de medir: la sensación de que el radical medio no vota a Lavagna, por más orgánica que pretenda ser la dirigencia entrerriana.

En cualquier caso, se notó no poco desconcierto y hasta alguna dosis de reprimido nerviosismo en dirigentes radicales que un mes atrás transmitían mayor confianza en sus diálogos reservados. Es la incertidumbre por la consecuencia que pueda arrojar esta elección “rara, fría, muy nacionalizada en el último tramo”, como definió un candidato.

Aunque siempre se termine imponiendo la confianza en “nuestro desarrollo territorial”, que hace que “seamos los únicos que estemos llevando la boleta casa por casa”, el extraño cuadro enciende una luz amarilla en la percepción de algunos dirigentes, dada la objetiva debilidad de la presencia radical en importantes ciudades de la costa del Uruguay.

La expectativa con la que el radicalismo afrontó este proceso fue siempre superar el piso del 19% de marzo. Pero no por mucho: más allá de lo que digan en público, se aspiraba a un techo del 25%, para sentar entre 10 y 12 convencionales. Y, claro, el tercer senador por la minoría y un diputado nacional.

En las especulaciones, no faltó un clásico de la interna radical: las dudas sobre el acompañamiento de la minoría, que esta vez encarna Varisco. Si los radicales no pueden levantar el piso lo explicará en su ausencia en la boleta.

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Si Carrió (su boleta completa) quedase segunda en Entre Ríos (eso implicaría quitarle el senador y un diputado a la UCR) se estaría asistiendo a un cambio profundo en el modo de votar de los entrerrianos. Tan profundo, que Carrió estaría haciendo su mejor elección en la provincia justo cuando cuenta con el menor respaldo de estructuras partidarias: sólo los socialistas, sin los radicales y sin el ARI que hace un año disolvió Zacarías cuando volvió con Busti.

Esto lo tienen claro, antes que nadie, los propios socialistas. Por eso son extremadamente prudentes cuando se los invita a trazar un pronóstico para el domingo. Saludan con entusiasmo la encuesta que los ubica segundos, pero no descartan salir terceros. Se podría decir que sus expectativas más reales están en llevar uno de los 4 diputados, antes que el senador por la minoría.

Para lo otro siempre hay lugar. Si el milagro ocurre, implicará para el socialismo de Entre Ríos ponerse a la cabeza de un espacio provincial que no pudo consolidar la Concertación Entrerriana con Martínez Garbino. Una escena que resulta difícil de imaginar para cualquiera que haya seguido la historia electoral entrerriana de los últimos años.

La última vez que compitió solo, fuera de la Concertación (presidenciales de 2003), el Partido Socialista obtuvo el 0.79% en la provincia. Y la Concertación viene en caída libre desde 2003: pasó del 18% en noviembre de ese año a 8,5% en marzo último y ahora ha desaparecido como opción electoral. El PS es uno de los cinco pedazos en los que se dividió aquel 8,5%.

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Otro de los cinco pedazos de la Concertación, los radicales del Encuentro Amplio Entrerriano, se las ven muy complicadas. Su principal problema es no llevar candidato a presidente en la boleta (Carrió optó por darles la exclusividad a los socialistas) y depender del corte espontáneo, por cierto poco practicado en la historia electoral de Entre Ríos.

Para un corte programado les falta estructura, aunque se ufanan de contar con los restos de lo que fue el viejo Encuentro Radical Entrerriano, que les permite llegar con fiscales a todas las escuelas, aunque no a todas las mesas.

La apuesta del grupo que lidera Godoy es la supervivencia: aspiran a obtener un resultado que no los erradique del mapa electoral y les permita pararse con cierta dignidad en la coalición que –consideran- iniciará una nueva etapa a partir del 29 de octubre.

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En las filas del sector que lideran Maya, Alasino y Vergara, la lógica es otra. Desde la nunca finalmente explicada designación de un “interventor” del PJ hasta la difusión de encuestas truchas, el derrotero de los peronistas opositores al kirchnerismo ha sido por demás curioso. En algún punto divertido.

Su intento por restar votos peronistas choca con la historia misma de una fuerza política que se construye en torno al poder, no importa ya si ese poder privatiza y se asocia con Alzogaray y Rojas o si estatiza y se alía con el Frepaso, descuelga carteles de dictadores y se hace amigo de Chávez.

Los peronistas explícitos –como con gracia les llama el analista político Mario Wainfeld- temen no conseguir más votos en Entre Ríos que los de los justicialistas resentidos. Saben que eso no es mucho, que no les alcanza para un diputado. Sueñan con llegar a esa inconmensurable porción de la población que quizá hubiera votado al oficialismo si el candidato era Néstor, porque era hombre nomás. Un hombre peronista.

Creen que el regreso de la lista 100 al PJ conformó sólo a una plana dirigencial de primera línea, pero que dejó mucho descontento “abajo”, donde “Busti no dio una política para los que trabajaron en ese espacio”.

NNAAMuy pocoNNCC

En el resto de las fuerzas políticas que compiten el domingo son muy pocas las expectativas de que los votos obtenidos se traduzcan en cargos, aunque sea el de uno de los 45 convencionales, que de acuerdo con algunas estimaciones necesitará de entre 15 y 20 mil votos por banca, según como se den las variables para el cálculo electoral.

El PPR, por ejemplo, estaría en condiciones de llevar un convencional si recuperase su caudal de dos años atrás, algo ciertamente complicado en una elección presidencial. “Si fuera por los resultados, ya hubiéramos cerrado el boliche”, dice un dirigente del único espacio que lleva al terreno de la discusión política algunos de los postulados más dogmáticos de la Iglesia Católica, curiosamente la religión oficial. “Vamos a seguir trabajando porque queremos dar testimonio, demostrar que se puede hacer política con convicciones inalterables”, agrega.

En el otro extremo ideológico, la alianza PC-PH también va por el voto testimonial. No hay manera aquí tampoco de que el débil desarrollo territorial se supla con un arrastre nacional y las estimaciones de los dirigentes involucrados son muy malas, más allá de algún resultado medianamente digno en las ciudades más grandes, debido al conocimiento de sus candidatos, como Iparrraguirre en Paraná o Cabrera y Zalisñak en Concordia.

NNAAPablo Bizai, para Página PolíticaNNCC

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