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Se cierra el círculo de una administración personalista

Se está cerrando el círculo de la administración de Néstor Kirchner. El acierto o error de sus decisiones dejará de interesar a los periodistas para atraer a los historiadores, a quienes serán más comp

Les parecerá sencillo, por ejemplo, entender la despiadada imposición de la voluntad del que manda que caracteriza al país de Kirchner. Bastará con que vayan a un documento temprano, el discurso ante la Asamblea Legislativa del 25 de mayo de 2003, para advertir que ese presidente casi desconocido, con el mandato de un escuálido 22 por ciento del electorado, no estaba dispuesto a sucumbir, como sus tres antecesores, en las arenas movedizas de la crisis inaugurada en 2001. Los años del gobierno de Kirchner serán reconocidos por el afán de instaurar un orden sobre el soporte único de la autoridad de un mandatario fóbico a la mediación de los partidos o la prensa.

Casi siempre el método para esa operación fue el conflicto: con «los noventa», con la corporación política, con la Iglesia, con los militares, con el empresariado, con los organismos internacionales. Cuando indaguen en la patria de las cacerolas y el escrache, esos historiadores explicarán con claridad el éxito de un procedimiento que para crear poder agitó el resentimiento. En su ballottage contra cada uno de aquellos contrincantes, Kirchner creció en la consideración pública hasta sorprender a los encuestadores. Aun a los que pronostican el crepúsculo de su imagen positiva: cayó 24 puntos en los últimos 10 meses.

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Los estudiosos no se asombrarán de que la resurrección presidencial se haya transformado en cesarismo. Es muy argentino que el Ejecutivo avasalle a los otros poderes. En este sentido, Kirchner no cambió nada. A pesar de que en aquella exposición inaugural prometiera «condiciones para generar un incremento de la calidad institucional» entendida como «el pleno apego a las leyes». La reforma del Consejo de la Magistratura le devolvió la facultad de designar a los jueces.

Con los «superpoderes» y, sobre todo, con la reglamentación de los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU), arrebató atribuciones al Congreso: para los presidentes que lo hereden será más fácil conseguir la legalización de un decreto que la sanción de un proyecto de ley. El dato hace juego con una decadencia del Congreso que sí hará abrir los ojos a los investigadores del futuro: según el Cippec, la Cámara de Diputados aprobó 25 proyectos en 2007, 43 menos que en 2006. El Senado aprobó 37 proyectos, casi todos del Ejecutivo. En 2006 había sancionado 120, sólo 47 de la Casa Rosada. Hay comisiones que se reunieron sólo una vez este año. En 6 meses se le autorizaron a Kirchner 147 DNU, emitidos para disponer sobre más de 50.000 millones de pesos.

El poder central se expandió sobre las autonomías provinciales: gran parte de los recursos federales que reciben las provincias son asignados por la lapicera del Presidente. En la Argentina que deja Kirchner, el superávit fiscal está alimentado en buena medida por ingresos no coparticipables, como las retenciones a las exportaciones. En aquel discurso del 25 de mayo se prometió una nueva ley de coparticipación. Esa anomia refuerza la distribución territorial del poder del duhaldismo: contra la tradición de más de un siglo, se consagró una alianza entre el Estado nacional y la provincia de Buenos Aires. El conurbano es la llave demográfica del nuevo régimen.

El mismo predominio del deseo presidencial sobre las normas impera sobre la economía que deja Kirchner. Con una macro excepcional convivió una micro de mala praxis. Hay números fabulosos. Pero es difícil ver el horizonte de aquí a un año.

Los historiadores se pellizcarán: desde 1900, la Argentina nunca creció cinco años seguidos a tasas del 8 o 9%. Tampoco fue habitual un ciclo prolongado de solvencia fiscal, aún cuando esta foto se esté borroneando. Kirchner. Consiguió indicadores sociales formidables, lo mejor de su legado: se crearon 3.200.000 empleos, la desocupación se redujo a un dígito y la pobreza, a la mitad. Aunque hay 10 millones de pobres. Serían mezquinos aquellos historiadores si atribuyeran este éxito sólo a la suerte. Aunque durante el período algunos precios de productos que exporta la Argentina subieron 150 por ciento.

La pasión desordenada por estimular el consumo popular, clave para el liderazgo de Kirchner, se saldó con inconsistencias: alta inflación, crisis energética, despilfarro de subsidios: este año se asignaron 2200 millones de pesos para el transporte y un adicional de 14.200 millones para la energía.

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Se mantuvo el arbitrio estatal sobre la política monetaria, pero se anuló la independencia del Banco Central. El acuerdo de la deuda alardeó con la quita, pero mantuvo un default de 20.000 millones de dólares. El Indec fue pulverizado. Las políticas sectoriales y las reglas del mercado -aceptadas por la izquierda desde hace 20 años- fueron sustituidas por regulaciones provisionales, a veces verbales: energéticas, ganaderas, bancarias. La historia ya cuenta con otro Moreno.

Se orientó la inversión, sobre todo a través de fideicomisos, y se favoreció a empresas amigas: un camino sui generis para alcanzar el capitalismo nacional que Kirchner había prometido en su discurso inicial.

Como la microeconomía, también la política exterior fue esclava de la obsesión por halagar a los consumidores. Cada vez que un compromiso internacional implicó un costo político se prefirió el enfriamiento: fue el caso de Estados Unidos y del Fondo Monetario Internacional -la despedida más cara de la historia-, de los países con alta densidad de bonistas (Italia), o de los importadores de gas (Chile). La caricatura de esta conducta es el conflicto con Uruguay por la papelera Botnia: Kirchner quedó encerrado en una asamblea popular. Hubo amistad donde hubo complacencia: Venezuela, en menor medida España. Los historiadores repasarán con asombro el libro de visitas de Olivos: el aislamiento de la Argentina es tan inusual como su crecimiento. Sería una pena que parte de la herencia de Kirchner consistiera en haber confundido un fenómeno con otro.

3,2 Puestos de trabajo : entre 2003 y 2007 se crearon 3,2 millones de empleos y la desocupación se redujo a un dígito

5,8% Inflación : ese es el porcentaje acumulado en este año, según los números oficiales informados por el Indec

249 DNU : durante cuatro años de gestión, Kirchner firmó ese número de decretos de necesidad y urgencia (DNU)

Por Carlos Pagni, para La Nación

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