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Se define la suerte de los Kirchner y las figuras para el 2011

Los comicios desde ese domingo se transformaron en un virtual plebiscito del modelo K. Néstor juega todo su capital político en la provincia de Buenos Aires. Su derrota abriría una nueva etapa. Cristina votará en R&iacute

Néstor Kirchner tuvo razón al asignar una importancia mayúscula a las elecciones de mitad de mandato y empezó a perderla cuando les adjudicó ribetes dramáticos. También tuvo razón al sostener que se jugaba la gobernabilidad.

Toda derrota en esas circunstancias supone un conflicto: le ocurrió a Raúl Alfonsín en 1987, a Carlos Menem en 1997 y a Fernando De La Rúa en 2001. Los dos presidentes radicales debieron abandonar su cargo antes del fin del mandato. Sólo Menem, pese al enorme descrédito en que había caído su figura, logró conducir el barco hasta la orilla. Eso sí, en medio de una recesión histórica y cifras de desocupación desconocidas hasta entonces en Argentina.Lo que el riojano no pudo evitar fue que, ante ese escenario, por primera vez las urnas castigaran al peronismo gobernante entregando la sucesión a un partido opositor.

Kirchner conoce bien esos antecedentes y tal vez de ahí la impronta plebiscitaria que impuso a su campaña. Pero en tren de preservar intacta la discrecionalidad de sus decisiones y con la tensión como estrategia, lo que el santacruceño acabó poniendo en riesgo no fue la gobernabilidad sino su propia estabilidad. O, si se prefiere, la de su esposa.

Si Kirchner perdiera hoy esa elevadísima apuesta, a Cristina Fernández no le faltarían dos años para llegar al 2011, le faltarían dos siglos. El eventual triunfo en el distrito donde se ha decidido a competir alcanzaría para darle al presidente del PJ el oxígeno que necesita para ahuyentar el fantasma de un destino radical. Con eso deberá conformarse puesto que un resultado favorable en la provincia tampoco deberá computarse como un trampolín para las próximas presidenciales.

Aunque su jefe salve la ropa, el kirchnerismo, el proyecto que desde 2005 planea la alternancia endogámica, se ha esfumado: ni él ni Cristina Fernández se perfilan entre los postulantes del 2011. Por eso el hombre fuerte de la política acaricia la idea de pelear la gobernación y dejarle a Daniel Scioli la carrera hacia Barcarce 50, una opción que no convence al ex motonauta y mucho menos a los caciques del conurbano.

Fuertemente condicionado por la estrepitosa caída de su imagen, Kirchner se vio en la obligación de dejar en el camino una tradición partidaria: la que dice que al justicialismo de la Capital Federal siempre lo representa un hombre de su riñón. Y puso en riesgo otra: la de que el justicialismo siempre gobierna con mayoría en el Senado. La retuvo desde 1943 a1955; de 1973 a 1976 y de 1983 a 2009. Nadie puede asegurar cómo quedará el tablero después del lunes, ni cuántos se disciplinarán a las órdenes que lleguen desde Olivos.

Las fuerzas de oposición afrontan el desafío de demostrar que las coaliciones construidas ad hoc tienen una base más sólida que el mero acuerdo electoral. No será sencillo, a la luz de las graves y públicas desavenencias que surgieron a lo largo de tres meses de campaña, tanto en el interior del peronismo disidente como en el del llamado panradicalismo. También deberán dejar constancias de la seriedad del “acuerdo republicano” del que suelen hablar cuando se apaga la vocinglería de los discursos. Tres delegados discuten un programa mínimo que incluiría la derogación de los superpoderes, la creación de una comisión investigadora de la ANSES y la elaboración de una nueva ley de coparticipación federal. No se dice en voz alta, pero se analiza que toda ley aprobada por la mayoría oficial de aquí al 10 de diciembre podrá ser derogada tras la asunción de los nuevos parlamentarios.

Más allá de su desempeño y del lugar que ocupe en el ranking electoral, el Acuerdo Cívico y Social puede ufanarse de haber logrado conformar una fuerza no peronista a nivel nacional. El peronismo, por su lado, buscará una reunificación, sin presencias patagónicas. A esa tarea se abocará Eduardo Duhalde, tras su regreso el 3 de julio. Saben que una mala performance de Carlos Reutemann no será un certificado de defunción para sus aspiraciones presidenciales, pero deberá convalidarlas en elecciones internas. El gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, quizá deba dejar para mejor oportunidad su deseo de escoltarlo. Los peronistas son tajantes en ese punto: no hay fórmula viable sin el nombre de un bonaerense. Y en previsión de que el PJ no esté en condiciones de consagrar una figura congregante, uno de sus cuadros, otrora poderoso ministro, ha comenzado a pensar en el mendocino Julio Cobos como alternativa. (Por Susana Viau/Crítica de la Argentina)

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