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Se multiplican en el país los tránsfugas políticos

Casos bien conocidos para los entrerrianos, como el de Juan Domingo Zacarías (de diputado por el menemismo, a fundador del ARI y a socio de Busti), o el de Federico Soñez (del dirigente del PC a diputado de la Alianza y socio al mismo t

Cuando Eduardo Lorenzo, “Borocotó”, protagonizó su polémico traspaso al oficialismo después de haber ganado una banca en la Legislatura porteña por el partido de Mauricio Macri (Pro), no sabía que estaba dándole nombre a un fenómeno que, lejos de ser excepcional, se extendió masivamente. Los cambios de camiseta política de estas elecciones no son tan escandalosos, pero sí abruptos o muy llamativos.

Un ejemplo es el del músico “Chango” Farías Gómez: fue peronista, después legislador porteño por Pro y ahora es candidato a diputado por el kirchnerismo. Otro es el del ex carapintada Aldo Rico, que hoy también hace campaña en favor del oficialismo, al igual que ex funcionarios de Luis Patti.

Este fenómeno, en el que el interés parece desplazar a las convicciones, es común en todo el país. Un caso curioso ocurre en Tierra del Fuego: un ex socialista hoy es macrista.

Los analistas políticos consultados por La Nación atribuyeron esta tendencia a “la crisis de los partidos”, que llevó a debilitar las tradicionales lealtades.

Néstor Kirchner habló de “reciclados” cuando criticó al actual aspirante a senador nacional por Pro, Carlos Melconian. «Al que pudo ser ministro de Economía de Menem: miren cómo se reciclan», renegó el mandatario. Pero evita hablar de las metamorfosis de sus filas.

La Democracia Cristiana porteña coincidió en respaldar la candidatura oficial de Cristina Kirchner aunque sus postulantes tienen orígenes muy heterogéneos. Algunos casos son: Patricia Siracusano, candidata a diputada por la Capital, fue una de las fundadoras de la Ucedé; Raúl Rabanaque Caballero, que aspira a una banca de senador porteño, militó en el Partido Intransigente y en el menemismo, y el músico «Chango» Farías Gómez, un peronista de alma que logró una banca porteña por Pro, ahora es postulante a diputado nacional por los demócratas cristianos.

Con la denominada concertación plural, el kirchnerismo captó radicales y socialistas, pero también ganó adhesiones inimaginables. Una es la del ex carapintada Aldo Rico, que se sumó en estos días a la campaña para apoyar al diputado oficialista Carlos Kunkel, que busca renovar su banca. Así, el ex diputado del Modin acompaña a su pareja, Marisa Guilanea, candidata a concejal de San Miguel, y a su ex mano derecha en ese municipio, el intendente Oscar Zilocchi, que busca la reelección; ambos de la mano del Frente para la Victoria.

En Escobar, dos de los candidatos a intendente por el Frente para la Victoria tienen un pasado ligado a Luis Patti: el ex concejal Luis Carranza y Raúl Baggioni («Larry de Clay»), ex subdirector de Cultura de Patti.

Un ejemplo extremo de cambios de colores políticos es el de Patricia Bullrich, que buscará una banca de diputada por la Coalición Cívica. Con un pasado en la Juventud Peronista, Bullrich fue diputada menemista. Cuando abandonó el PJ se alió a Gustavo Beliz. Tuvo un acercamiento a Domingo Cavallo y en 2001, asumió como ministra de Trabajo de la Alianza. Y en 2003 fue candidata a jefa de gobierno porteño, aliada con Ricardo López Murphy.

NNAADe un lado a otroNNCC

La Coalición Cívica también reclutó a María Eugenia Estenssoro, otra compañera de ruta de López Murphy (en 2003, con Recrear, logró una banca en la Legislatura porteña), pero en 1997 había integrado la lista de candidatos a diputados nacionales de Acción por la República, el partido de Domingo Cavallo. Hoy aspira a ser senadora por la Capital de la mano de Carrió, una firme enemiga del cavallismo.

El ex diputado porteño Jorge Giorno, del Partido de la Ciudad, fue un aliado del destituido jefe de gobierno porteño Aníbal Ibarra. Ahora se unió al neuquino Jorge Sobisch para intentar obtener una banca de diputado nacional.

Un reciclaje masivo ocurrió con los ex duhaldistas de la provincia de Buenos Aires que hoy abrazan al presidente Kirchner, a pesar de que en las elecciones legislativas de 2005 eran férreos opositores del Gobierno. Incluso, la mayoría de ellos ya habrá quemado las fotos con Menem que exhibían hace 10 años.

No obstante, los casos se multiplican por todas las provincias.

En Córdoba, Orlando Enrique Sella militó con José Bordón en el Frepaso. Y ahora encabeza por lo menos seis listas afines a Jorge Sobisch, como candidato a diputado nacional.

El entrerriano Juan Domingo Zacarías asumió en 1997 como diputado nacional por el PJ y comenzó una fluida relación política con Carrió. Fue el inicio de su extendida carrera como dirigente de ARI. Este año, logró la renovación de su mandato como diputado provincial que había ganado por ARI. Pero asumirá el 10 de diciembre como peronista: volvió al PJ en los últimos comicios.

En Corrientes, el ex gobernador Ricardo Colombi rompió con la alianza oficialista para declararle la guerra a su primo y sucesor, Arturo Colombi, y saltó del kirchnerismo al lavagnismo para las elecciones parlamentarias provinciales de septiembre. Pero la suerte no lo acompañó. Con los guarismos desfavorables, Colombi se acercó a Carrió y decidió que la boleta de su Frente no adhiera a la candidatura de Lavagna.

En Tierra del Fuego, Luis Augsburger, ex dirigente del Partido Socialista Auténtico (que a nivel nacional apoya a Pino Solanas), lidera la lista de candidatos a senador nacional por Compromiso para el Cambio, fundado por Macri.

Son algunos ejemplos de los que se cuentan por decenas en las listas que competirán el próximo 28.

NNAAExpertos lo atribuyen a la crisis de los partidosNNCC

«Es una consecuencia de la crisis de los partidos políticos.» Así, con esa frase, coincidieron en explicar el fenómeno de la «borocotización» todos los analistas y politicólogos consultados por La Nación.

«La política se ha territorializado. Hoy, los gobernadores e intendentes han pasado a ser el eje de la política, no los partidos, como lo eran tradicionalmente», dijo el analista Rosendo Fraga para explicar el auge del «transfuguismo» político.

«La gente se identifica hoy con las personas y no con las instituciones, entonces los candidatos hacen su propia marca política», analizó el politicólogo Gustavo Martínez Pandiani.

Ambos analistas coincidieron en que la actual crisis que viven los partidos surge a partir del «que se vayan todos» de fines de 2001.

En cambio, para Daniel Sinópoli, doctor en Ciencias de la Comunicación de UADE, el fenómeno más bien responde al marketing político personal que se ha generalizado en los últimos años. «El candidato encarna un rol que no está basado en grandes ideas; basta que sea creíble. Por eso no hay indagación de su pasado político», consideró.

Para otro analista, Sergio Berensztein, los cambios de colores políticos no son nuevos, sino que se han dado en toda la historia política del país.

«El fenómeno de la borocotización no es nuevo en la Argentina. En tal caso, hoy se ve con mayor exageración y los medios lo ponen más en evidencia. Pero, a decir verdad, juzgar sólo a Borocotó por este caso sería injusto, cuando vemos en la historia argentina que ya hubo transfuguismo político desde la época de Perón, Menem y Alfonsín», dijo el politicólogo de la encuestadora Poliarquía.

Al igual que Sinópoli, Martínez Pandiani analizó que, para explicar la masificación del fenómeno de «borocotización», es importante considerar los cambios que ha tenido el electorado argentino. «Hoy se elige por criterios de imagen; no se vota con parámetros ideológicos o partidarios. Por eso no hay sanción electoral para aquellos que se van de un partido», dijo.

«El ciudadano promedio se maneja electoralmente más desde lo emotivo que intelectualmente», opinó Sinópoli.

NNAAMenos fidelidad, menos ideasNNCC

En medio de una campaña apática, ausente de debates y «manejada» por la liga de consumidores del tomate, al electorado parecería no llamarle demasiado la atención el auge de la «borocotización» en la política.

Esta falta de reacción ciudadana no implica automáticamente que se trate de un escenario normal y aceptable para una democracia incipiente como la de la Argentina. Más bien, el cuadro revela con mayor claridad el deterioro en aumento de los partidos políticos, la ausencia de ideas fundacionales y la imposición de candidatos presidenciales cargados de personalismo.

El fenómeno de la mutación de la dirigencia no es nuevo en la Argentina. Desde el debate entre personalistas y antipersonalistas yrigoyenistas, pasando por el peronismo, que captó a buena parte de la dirigencia del viejo orden conservador, hasta el alfonsinismo, que albergó al desarrollismo residual, y el menemismo, que abrazó a liberales aggiornados a la década del 90, todas las épocas y partidos tuvieron su hora de cambio de camisetas políticas.

Pero desde la crisis de 2001 el aumento de los casos de «borocotismo» parecería contraponerse con mayor énfasis a la indiferencia generalizada de la dirigencia y la aceptación ciudadana de esta fragilidad del sistema de partidos. Ni siquiera el «que se vayan todos» pudo frenar este esquema de fragmentación política. La debacle parecería no haber afectado en lo más mínimo a buena parte de la dirigencia que sigue con los mismos vicios de antaño, sólo que ahora no existe la misma red de contención partidaria que hubo desde el reinicio de la democracia, en 1983.

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En las elecciones presidenciales de ese año se presentaron 18 partidos, y la UCR y el PJ dominaban la escena. Para los comicios presidenciales de 1989 hubo 21 partidos, y en los de 1995 se presentaron 32 fuerzas y coaliciones. A partir de los comicios de 1999 se vio una fragmentación de los grandes partidos y hubo apenas 10 candidatos presidenciales. La fusión del radicalismo con el Frepaso mostraría lo que luego fue la excesiva fragmentación partidaria con un peronismo que llegó dividido a las elecciones de 2003 y un radicalismo que hoy no aparecerá formalmente en las boletas.

Hubo, claro está, hechos políticos como los indultos de Menem, medidas económicas tomadas por De la Rúa y errores políticos de la Alianza que potenciaron el fenómeno de los «tránsfugas» políticos. El ensayo de extrapartidarios en la política también alimentó el vacío de ideas y de dirigentes con peso partidario detrás.

Este no es un ejemplo exclusivo de la viveza criolla, sino que se repite en países como España, Francia, Alemania y, más cerca, Brasil.

La diferencia que existe con los países europeos es que el «borocotismo» allí se da en partidos fuertes, como el socialismo, el Partido Popular o la Democracia Cristiana. El debate de ideas sigue descansando en partidos que tienen trayectoria y disciplina.

En la Argentina, hoy se conoce hacia las filas de qué candidato emigró un dirigente, pero no se tiene en claro a qué partido o ideas pertenece el candidato que lo abrazó en la foto. Hay siglas y sellos de lo más variados. Pero no hay debate de fondo. El personalismo sigue imperando y se acepta como válida la mutación dirigencial, siempre que haya rédito electoral inmediato.

Asimilar este esquema como normal tiene sus riesgos. ¿O, acaso, los partidos debilitados y los «tránsfugas» de la política serán suficientes para sortear una eventual reiteración de una crisis institucional como la de 2001?

Por Martín Dinatale.

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