La veo cada viernes. Llega temprano, para una repasada rápida a mi casa, una barrida, un trapo húmedo, las camas tendidas, olor a lavandina si me acordé de comprar. Mi lugar en el mundo necesitaría más tiempo y dedicación de Belén. Cuatro horas semanales, de las cuales un rato no puedo evitar demorarla en una charla necesaria para mí. No creo que para ella también lo sea. Aprendo, confronto, aprendo, tironeo, tensiono, tiro y aflojo en una relación inventada, innecesaria y a la vez indispensable, entre paréntesis entre el vínculo de fondo entre trabajadora y empleadora, roles que cumplimos de manera bastante deficiente.
Charlas con Belén, bien temprano. La mejor manera de tomar nota, cabalmente, de todas las fallas del Estado. Todas me las trae ella, me las tira sobre la mesa, me baja de un zarpazo de cualquier mirada naif sobre las políticas públicas que puedan impactar en su barrio, Anacleto Medina, entre una población joven como la de ella que tiene poco más de 30 años. Historias de una familia, la de ella, la de tantos. En su caso, una familia que es memoria dolida de un padre que los sostuvo cuidando autos y que murió joven. Una familia con un hueco en el lugar de la madre, una mujer de mi edad con la que ya no se habla.
Allí su historia y la de su familia. Una vida de esfuerzo, todo el día dedicado a limpiar casas ajenas, además de la suya, una casa alquilada hace años, en el barrio de la zona oeste, allí donde hace unos días anunciaron las obras para el Polideportivo, obras que se esperan desde que Belén era una niña. Allí, a unas cuadras del poli, vive Belén con sus cuatro hijas y su expareja. “¿Teníamos que esperar que llegaran las elecciones para que arreglen el poli? No es así”, arrancó la mañana, protestando, el último viernes, apenas llegar.
La mayor de sus hijas terminó la escuela técnica. Es una promesa permanente de un futuro mejor. La enorgullece con las fotos del viaje de estudio que pudo hacer con sus 8 compañeras egresadas. Su hija mayor es una promesa y es el primer voto, a Javier Milei, un voto que defiende con uñas y dientes mientras Belén la escucha, embelesada con la convicción que muestra en su maltrato a un puntero del PJ, un vecino del barrio que el 22 de octubre, en plena lluvia, la llevó a votar en un remise, suponiendo que sumaba para su candidato.
“Tengo un poco de miedo con este loco”, me dice Belén, hablando de Milei, sin nombrarlo. Y nos entendemos, obvio. Pienso que sólo intenta mostrar un acercamiento. Podrá tener miedo pero se ocupa en recriminarme que “ya la vez pasada lo voté al viejo ese que fuiste a votar vos”. Habla de Alberto Fernández del que ya consideró necesario olvidar el nombre.
Belén se las rebusca para ser feliz, para darle un ratito a la fiesta, para hacer deporte, a nivel profesional. Quién sabe en qué tiempo porque hace un año la salud de su niña más pequeña le demanda dinero y más dinero. Le pregunto por el hospital. Me dice que debiera dedicar las noches a hacer cola para conseguir los turnos de cada especialista que requiere la vida de su chiquita. La obra social de su ex aporta bastante pero solo luego de dedicar horas y horas a hacer cola, a patear escritorios, a amenazar con demandas y otras estrategias a cuanto empleado se le cruce en su camino. Porque ya no tiene tiempo, porque ya está cansada. Y encima tiene miedo, porque después de todo la escuela pública sigue abierta, porque pese a todo no puede quedar a la buena del mercado para continuar el tratamiento de su niña.
No lo ve así su hija mayor, la que vota por primera vez, la que saca ahora las previas y tiene su título, la que le avizora un futuro distinto al de ella, al de su madre, al de su abuela, su hija la hace conmover de orgullo. La enorgullece su manera de defender su posición, su modo de quejarse de la falta de control, del atropello del mundo adulto, del comedor escolar que sirve guiso de polenta que se levanta entero, todo pegado, en un tenedor. Se recibe después de cursar 7 años, después de mucho esfuerzo, después de madurar y de tomar su vida en un puño. Se recibe junto a 7 compañeras mujeres, una de las cuales está embarazada, y un compañero varón. Confecciona en el taller de la escuela su vestido azul para la recepción. Y Belén me dice que está quedando hermoso y enseguida pone el ojo en lo que falta. “Empezaron 70 chicos. Y se reciben ocho. ¿Por qué nadie va a buscar a esos gurises? ¿Qué van a hacer esos chicos?”. Su hija protesta y a ella le gusta. Su hija se rebela. Y vota a Javier Milei, con una convicción que a Belén la sorprende.
Charlas con Belén. “A mi nadie me da nada”, me dice muchas veces. Uno siente que ya ha escuchado eso una y mil veces. Pero ella tiene más derecho que casi todos a decirlo: como trabajadora en blanco en casas particulares (varias casas particulares) queda fuera de muchos programas de ayuda social pensados para los que están en negro, para los desocupados; como expareja de un retirado de la Policía con el que se ve obligada a convivir, está a la cola para gestionar una beca para sus hijas; como trabajadora en blanco tiene una vida de sacrificio que nunca alcanza mientras en su entorno se encuentra y confronta, cada vez, con la vida desangelada de los beneficiarios de planes sociales.
Viene y me cuenta, indignada, que la Tarjeta Alimentar que tienen algunas amigas se va en porrones en el chino del barrio. Viene y me cuenta, que de todos los casos que conoce, solo el peluquero de la otra cuadra, “un chico buenísimo”, cambió su realidad con la ayuda social. “Fue a los cursos, aprendió a cortar el pelo, le dieron la silla para cortar, el espejo para poner su peluquería y hoy te hace promoción si llevás un amigo o un familiar”, detalla y compara con “todos los que recibieron el plan, el curso, una máquina, un soldador, un taladro y vendieron todo al otro día para comprar drogas”.
“¿A mi me vas a contar?” se apura en frenar cualquier argumento de mi parte. Y me cuenta de su papá, me tira por la cabeza con historias de esfuerzos descomunales, me reclama que abra los ojos, que la pensión para casos de violencia de género es cobrada por parejas amigas que se han ocupado de cumplir con los requisitos. “¿A mi me vas a contar? ¿Las huertas comunitarias? Diez personas para que salgan 10 zanahorias. ¡Dejate de joder!”, dice y destila indignación, mucha. “Yo no digo que no haya planes. No digo eso. Pero que haya control”, concede y a la vez reclama. Porque ella madruga, y sale en moto, en invierno, en verano; reclama porque no tiene tiempo para compartir con sus hijas; porque le gana al sueño el tiempo para celebrar la vida.
Control al chino, al beneficiario de ayuda social, a la escuela pública, al comedor comunitario, al trabajador del Estado, al Estado y a sus funcionarios. Se suele repetir que por allí no pasa el asunto central, que la injusticia y la distribución desigual de la riqueza estriba en otras claves. Ensayo argumentos en esos términos. Me mira fijo. Me callo. La injusticia, el rencor, las dificultades de la convivencia en los márgenes de una sociedad profundamente desigual han hecho un daño que cala hondo, que corroe la empatía y la solidaridad, que no da tiempo para la piedad que tantas veces parece en vano. Todo, mientras la plata no alcanza, ya no alcanza, para renovar la harina, el azúcar, la leche, la yerba y un par de sobres de jugo de naranja dulce para unos tereré con amigos.
No alcanza. Y con Belén hacemos cuentas para el pago cada viernes. El aumento del mes para casas particulares, el proporcional del bono, que se lo pase a la cuenta de “la naranja” que te da interés. “A esa plata no la toco”, dice y repasa una y mil estrategias para ganarle a la inflación. Mientras, llega el 19 del balotaje y seguimos charlando. Ella tiene miedo, dice. Prefiere no hacerse cargo y votar en blanco. Yo charlo con Belén. Y el 19 voto cruzando los dedos para que, al menos, siga todo como está, para empezar de nuevo sin retroceder. Charlo con Belén y tomo nota de todo lo que se ha hecho mal, de todo lo que falta. Todo lo que ha hecho posible este presente de espanto. Todo lo que explica la Argentina distópica a la que nos negamos a arribar.
Fuente: Página Política

