El Partido Justicialista de Entre Ríos ingresa en una semana definitoria. El viernes se cumple el plazo de presentación de listas para la interna del 3 de abril, convocada para renovar por cuatro años la conducción partidaria provincial y local.
Ese día se sabrá qué alcance tendrá la disputa interna, si será posible repetir como en los últimos años una lista de unidad o esta vez tendrá que ser el voto de los afiliados el que defina quién manejará la fuerza política más importante de Entre Ríos.
Como buen partido de poder, el PJ abre el juego interno sólo cuando está en la oposición. Por eso es que la última disputa real en el peronismo de Entre Ríos se libró en 2003, en el tramo final del gobierno de Sergio Montiel y en los albores de la década kirchnerista, cuando se impuso Jorge Busti como candidato a gobernador y Sergio Urribarri como presidente del partido.
Las sucesivas renovaciones de mandatos partidarios –que duran cuatro años- estuvieron ordenadas por la conducción política del exgobernador Urribarri.
Pero ahora Urribarri ya no es gobernador y para buena parte de la dirigencia peronista es el máximo responsable del retroceso electoral que sufrió el PJ en las elecciones del año pasado y que se observa con claridad en la pérdida de intendencias y de bancas en la Legislatura.
En efecto, el actual diputado provincial fue quien condujo ese proceso. Impidió la interna en el orden provincial al persuadir a Adán Bahl para que acompañe en la fórmula a Gustavo Bordet en lugar de enfrentarlo, y digitó los armados locales. En Paraná, como en otras ciudades, Urribarri no permitió el pegado de boleta de precandidatos a intendente a la lista única provincial, con lo cual obligó a los competidores internos de la ex intendenta Blanca Osuna a jugar en desventaja con una boleta corta.
Eso causó un gran malestar. Muchos responsabilizan a Urribarri y su obstinación en sostener la reelección de Osuna, por la derrota en Paraná y no son pocos los que vieron en esa jugada una intención de mantener la supremacía de Concordia.
La gran pregunta, que en buena medida quedará contestada esta semana, es si la interna del 3 de abril servirá en algo para saldar algunas de las tantas cuentas pendientes que dejó 2015 en el peronismo. Para ello debería, en principio, plantearse una competencia y permitir que el voto de los afiliados valide títulos después de muchos años de internas resueltas a dedo.
Dudas
Pero no son pocos los dirigentes que ponen en dudas que una interna para cargos partidarios, realizada en un momento de crisis para el peronismo como el actual y con las heridas frescas de la última pelea, sirva para algo.
El argumento es el de siempre: en el peronismo lo único que realmente ordena es el poder; en las ciudades manda el intendente y en la provincia el gobernador y el 3 de abril no se eligen candidatos para cargos electivos.
Aunque con lo justo, en la provincia el PJ retuvo el poder. En la tradición peronista, esto refuerza la condición del gobernador Bordet como conductor “natural” del peronismo. Distinto es el caso de las departamentales, particularmente de aquellos distritos donde se perdió, como la ciudad capital y Paraná campaña, donde la competencia interna es más probable. Eso han dejado ver en Paraná las manifestaciones de distintos sectores internos que vienen movilizándose de cara al primer domingo de abril.
Paraná
El PJ de la capital se caracteriza por no haber desarrollado liderazgos hegemónicos. Los tres últimos intendentes, Julio Solanas, José Carlos Halle y Blanca Osuna encabezan una de las cinco grandes fracciones que han compuesto el mapa interno local de los últimos años, y que se completa con los grupos del vicegobernador Adán Bahl y del ex vicegobernador José Cáceres. En todos estos años, ni siquiera los que fueron intendentes pudieron mandar con claridad sobre el resto.
Esa dispersión del poder en el peronismo de Paraná ha hecho del distrito uno de los más complicados de la interna del PJ entrerriano y explica en buena medida por qué, luego de Mario Moine (1991-95) ningún paranaense pudo ocupar el principal despacho de la Casa de Gobierno.
Esta semana se verá si hay o no disputa interna. En principio todos conversan con todos y no son pocos los que entienden que el horno no está para bollos. Explican que la militancia está mucho más enojada que movilizada y que esta interna le importa en Paraná a un pequeño grupo que en el mejor de los casos alcanzaría las tres mil personas. Los peronistas se movilizan cuando huelen poder, nunca tuvieron la fascinación por las instituciones partidarias de los radicales y mucho menos en estos tiempos de crisis que afecta a todas las fuerzas políticas.
De ser así, poco legitimaría un triunfo en una interna tan fragmentada como la de Paraná y con un presunto bajo nivel de participación. Por eso hay quienes apuestan a una lista única como camino para evitar lo que, advierten, podría terminar en una penosa exhibición de debilidad.
El problema es quién maneja la birome del armado de la lista única cuando ya no hay una conducción política clara como la que ejercía Urribarri hasta el año pasado. Y aunque los cinco grandes grupos lograran ponerse de acuerdo en la necesidad de evitar la interna, alguien tiene que encabezar y los 15 cargos a cubrir en la lista dejarían necesariamente afuera a alguno de los muchos grupos menores que saldrían con fuerza a criticar la ausencia de renovación interna.
Públicamente, en cambio, algunos sectores, como el de Solanas, han dejado entender que la elección es inevitable si lo que se quiere es contener el reclamo de “democracia interna” que, aseguran, surge de bases militantes cansadas del dedo de todos estos años.
Pero también aquí se mantiene la puerta abierta a un acuerdo, y para eso no se deja de lado a ningún interlocutor. Sin embargo se toma más en serio la posibilidad de una confrontación, aunque a tan poco de la presentación de listas aún no haya candidatos lanzados y los supuestos acuerdos entre sectores no sean más que un rumor que nadie quiere confirmar. El viernes se verá.

