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Las fake news en los procesos electorales

El caso de Bullrich, que tuvo su capítulo en Paraná. Cómo operan las noticias falsas en el marco de una campaña. Entrevista con un especialista que hace una semana publicó un trabajo interesante. (Audio) Una mirada jurídica sobre el asunto.

Antes que se conozca el caso del video de Patricia Bullrich, en Radio Costa Paraná, hablamos con Martín Romeo, de la consultora Sólo Comunicación, quien publicó hace una semana un interesante estudio sobre el efecto de las fake news en el proceso electoral y de qué manera impactan sobre los ciudadanos.

La ministra de Seguridad de la Nación, a las pocas horas de que circule el video falso, dio a entender quién pudo haber sido el autor. Las miradas, según las coordenadas que apuntó la funcionaria nacional señalaban a una empleada municipal de Paraná. La mujer salió a desmentir la hipótesis. Lo cierto es que Bullrich fue motivo de burlas y Sergio Varisco de difamación por ser el empleador de la supuesta autora del video falso. Nada se corroboró ni hubo denuncia judicial.

El informe publicado por la consultora a Sólo Comunicación fue realizado en el mes de abril pasado en la zona metropolitana de Buenos Aires, con más de 1200 casos, donde se propuso como objetivo medir la penetración real de la desinformación para lo cual se seleccionaron tres casos que circularon oportunamente en redes sociales y portales de Internet. La selección de las piezas de desinformación contempló una combinación de casos con distinta antigüedad y, fundamentalmente, con supuestos involucrados de distinto color político y de máximas responsabilidades:

1) La difusión de una supuesta verificación de la Justicia argentina de cuentas bancarias a nombre de Cristina Fernández de Kirchner en un paraíso fiscal.

2) La difusión de un video de una supuesta serie de Netlfix sobre el escándalo de los Panamá Papers donde se lo involucra a Mauricio Macri.

3) La difusión del rumor de que una hija de la gobernadora María Eugenia Vidal había ido en helicóptero a un recital del Lollapalooza.

En los tres casos, los consultados manifestaron haber tenido conocimiento de la noticia falsa, no que era falsa, sino de la información que circuló. En el primer caso en un 71 por ciento; en el el segundo un 53 por ciento; y en el tercero un 48 por ciento había leído o escuchado esa información. (Ver recuadro)

La grieta

“Una fake news es una pieza de desinformación. ¿Cómo funciona la circulación de noticias falsas? Bueno, en líneas generales la gente se informa a través de la televisión y de la radio, pero esa información la comparte a través de redes sociales vía dos plataformas que son los motores más importantes de viraliación: Facebook y WhatsApp”, contó Romeo al programa Esto que se dice, que se emite por Radio Costa Paraná.

El consultor sostuvo que “los resultados del estudio indican que uno de cuatro no chequea la información que consume de portales y uno de cada tres no chequea la información que recibe por WhatsApp, por lo tanto hay un caldo de cultivo en donde nos informamos y por donde circula esa información”, advirtió.

Romeo agrega que hay otro dato inquietante que implica que uno de cada cinco se ha enterado después que esa información que hizo circular era falsa, “pero nadie vuelve a avisar a los que le envió esa información para decirle que era falsa”, aseguró. Y agregó: “Cuando uno ve ese proceso obtiene como resultado que hay audiencias autoconvencidas que consumen esas informaciones porque cumplen con los prejuicios preestablecidos”. Es decir que lo que se publica falsamente tiene los elementos para atacar al enemigo. Poco importa la veracidad del argumento del pleito.

“En escenarios electorales, como es el argentino, en este momento, donde la fragmentación es muy marcada, el daño que puede hacer la circulación de noticias falsas incluso en el electorado independiente es preocupante. La gente que no está en la grieta, igual queda expuesta ante esa pieza de desinformación”, lamentó.

La noticia y los derechos

Carolina Pina es licenciada en Derecho por la Universidad de Alicante y tiene un máster en Derecho Internacional y Derecho Comparado. La revista Uno; dirigida a periodistas y líderes de opinión; publicó un trabajo titulado “Los límites jurídicos de las fake news” que se está estudiando en universidades argentinas.

Pina sostiene que “la veracidad no implica que una información sea absolutamente cierta, sino que antes bien, deriva de la diligencia que el autor de la información haya demostrado en su averiguación. Así, según la jurisprudencia española, una información sería veraz aunque posteriormente se revele errónea, siempre y cuando el informador haya desplegado la máxima diligencia profesional exigible y haya llevado a cabo una labor suficiente de averiguación de los hechos”.

Para la especialista, “esta diligencia del informador dependerá, en todo caso, del objeto de la noticia, de la fuente de la noticia o de las posibilidades de contrastar la misma”. Entiende que cumpliendo con esos requisitos, la información estaría amparada por la libertad de información. Siempre según la carta magna española.

En términos jurídicos, el problema con las fake news llega cuando se produce un conflicto de derechos. Según Pina, esos conflictos “se producen entre la información que se transmite y los derechos fundamentales de las personas afectadas por dicha información, principalmente el honor y la intimidad”.

“En cuanto a la libertad de expresión, ésta se ve limitada por aquellas restricciones necesarias en una sociedad democrática para proteger la reputación o los derechos de otras personas”, afirma Pina y cita a la Corte Española cuando dijo que la libertad de expresión no ampara el insulto. Por este motivo, aunque las opiniones no están sujetas al juicio de veracidad, no deben tener un contenido injurioso, ofensivo o que dañe
la dignidad, la reputación o el honor de una persona, difamándola.

Para el final, la especialista dejó esta reflexión: “La desinformación causada por las fake news puede ser un problema social, pero habida cuenta de las herramientas que nuestro ordenamiento tiene para proteger la libertad de expresión e información, no conviene escuchar los cantos de sirena que claman por una mayor regulación: la exuberancia regulatoria podría aportar más incertidumbre. Antes bien, sería deseable mejorar la tutela de los derechos de los que disfrutamos, así como los medios de la Justicia para garantizar esta tutela”.

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