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OPINIÓN

El capítulo abierto de la integración regional y latinoamericana

La exlegisladora nacional rescata la figura de Artigas ante un nuevo aniversario del Congreso de los Pueblos Libres. Insta la autora a “volver a la huella” del caudillo.

Por Sara Liponezky

Las fechas importantes, en nuestra historia personal o colectiva tienen un sentido de alerta, de apelación a la memoria.

Creo que cada 29 de junio nos trae a Artigas del exilio (era una expresión del lúcido filósofo oriental Methol Ferre, casi un mandato). No del exilio físico desde su último destino en Paraguay, sino del exilio al que la política histórica del mitrismo, la hegemonía porteña y unitaria, el patriciado oligárquico lo condenaron; minimizando su imagen o directamente excluyéndolo. Porque el consagrado Protector de los Pueblos Libres representaba en su pensamiento y su acción, la defensa de intereses e ideas insostenibles para aquellos sectores y personajes.

Basta con recordar su concepto de la representación democrática en tiempos de autoritarismo y dominio de ciertas minorías selectas, expresado en aquella Oración de abril en el Congreso de Tres Cruces que dictó las Instrucciones del Año XIII: “Mi autoridad emana de vosotros y cesa ante vuestra presencia soberana”. La carta a Andrés Guacurari… (Andresito) indicando que los indios debían votar libremente para elegir sus representantes en el Congreso de Arroyo de la China. Como destaca Reues Abadie: “Porque este caudillo increíble no convocaba a la parte más sana o distinguida de los vecindarios a resolver en consejo de notables lo que importaba al común americano”.

En toda la trayectoria artiguista surgen nítidos ciertos principios esenciales, que en el contexto regional del Siglo XIX conforman una filosofía del Estado y la sociedad claramente revolucionarios.

“Soberanía particular de los pueblos” y participación irrestricta de la comunidad en las decisiones políticas. Autonomía y asociación de los territorios en pie de igualdad e independencia de “todo poder extranjero”. Libertad, federalismo, supresión de privilegios y equidad en la distribución y acceso a los bienes con protección preferencial a los humildes. Regulación del comercio y la administración de la tierra en orden al bien común, realización de la “pública felicidad”, como objetivo del buen gobierno y observancia de la ética en los cargos, por mencionar algunos.

En esa línea de ideas y propuestas, el Congreso de los Pueblos Libres no fue un hecho aislado, un episodio sin entidad. Fue en verdad un intento de consolidar su magno proyecto del sistema de los Pueblos Libres, ya conformada la Liga Federal con la integración de la Banda Oriental, Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, las Misiones y Santa Fe. Celebrado en la actual Concepción del Uruguay (entonces Arroyo de la China). No pudo lograr su objetivo, atravesado por dificultades logísticas, y rechazado por la mezquina dirigencia porteña, aun cuando planteaba una alternativa conciliadora condicionada al respeto de las autonomías provinciales.

Tan luminoso y moderno ha sido su pensamiento, tan omnicomprensiva su visión política que hoy, a más de 200 años tienen plena vigencia. El mayor líder de la humanidad, el Papa Francisco ha planteado hace pocos días con toda contundencia el sentido social de la propiedad individual. Hay una sintonía conceptual con aquellas ideas magistrales de Artigas, plasmadas en su frondosa correspondencia con otros caudillos y cabildos, en el Reglamento de Tierras de 1815 y en las Instrucciones del Año XIII entre otros documentos.

No podemos soslayar este legado formidable, tenemos la oportunidad de volver a la huella de Artigas, y los libertadores, de reescribir la Historia y reafirmar nuestra soberanía (que es también cultural) en una Patria Grande asociativa y solidaria en la convivencia de identidades, fuerte, donde impere la libertad y los pueblos puedan desarrollarse para alcanzar la “pública felicidad”.

Fuente: Página Política
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