Pablo Charadia (*)
La discusión interna que atraviesa al peronismo argentino parece, a primera vista, una disputa más por el liderazgo. Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof concentran hoy buena parte de las miradas y detrás de ellos comienzan a ordenarse dirigentes, intendentes, gobernadores y estructuras territoriales que intentan anticipar una definición que todavía no existe.
La discusión, además, parece sencilla. Desde el espacio que acompaña al gobernador bonaerense se sostiene que Kicillof es quien reúne mejores condiciones para construir una alternativa competitiva frente a Javier Milei. Desde el kirchnerismo, en cambio, se recuerda que buena parte del capital político que permitió que Kicillof llegara hasta donde llegó fue construido bajo el liderazgo de Cristina. Ambas afirmaciones contienen una cuota importante de verdad. Pero quizás ninguna de ellas alcanza para explicar lo que realmente está ocurriendo. Porque debajo de la disputa por una candidatura parece existir un problema bastante más profundo: el peronismo todavía no ha encontrado una forma de resolver la sucesión de Cristina Fernández de Kirchner como principal referencia política del espacio. Y toda sucesión política supone un problema mucho más complejo que el reemplazo de una persona por otra. Supone definir cómo se transfiere la autoridad, cómo se conserva una identidad política y, al mismo tiempo, cómo se construye una nueva conducción capaz de tomar decisiones en nombre de un espacio que durante años tuvo un centro de gravedad claramente identificado.
La conducción como problema
El concepto de conducción ocupa un lugar central en la tradición política peronista. No se trata simplemente de ocupar un cargo institucional ni de obtener una determinada cantidad de votos. Conducir implica construir una autoridad capaz de ordenar intereses diferentes, establecer una dirección y conseguir que una organización política reconozca esa dirección como propia. La experiencia del último gobierno peronista dejó una discusión que quizás no fue suficientemente procesada. Alberto Fernández llegó a la Presidencia con los votos del peronismo y con el respaldo de Cristina Fernández de Kirchner. Sin embargo, su gobierno terminó convirtiéndose en una experiencia de enorme costo político, electoral y económico para el espacio que lo había llevado al poder. El problema, entonces, no debería reducirse a determinar si Alberto Fernández era o no peronista.
La cuestión más importante es otra: qué sucede cuando quien ocupa la Presidencia tiene legitimidad electoral pero no consigue transformar esa legitimidad en una autoridad política capaz de ordenar al movimiento que lo llevó al poder. La diferencia no es menor. Una cosa es ganar una elección. Otra es conducir un gobierno. Y otra, todavía más compleja, es conducir políticamente al peronismo. La experiencia de Alberto dejó abierta una pregunta que el movimiento todavía no parece haber respondido: ¿puede el peronismo volver a entregar la conducción nacional a una figura cuya legitimidad dependa fundamentalmente de una coalición electoral pero cuya autoridad interna no termine de consolidarse? La pregunta adquiere especial relevancia frente a Kicillof. No porque el gobernador bonaerense no sea peronista, discusión que probablemente reduzca el problema a una cuestión de identidad política individual, sino porque su eventual liderazgo nacional plantea un interrogante diferente: ¿desde dónde construiría su autoridad para conducir al peronismo? Kicillof tiene gestión, territorio, estructura y una importante capacidad electoral. También ha comenzado a desarrollar una construcción política propia. Pero buena parte de su trayectoria política nacional está indisolublemente vinculada al kirchnerismo y, particularmente, a Cristina Fernández de Kirchner. Ese es el origen de una de las paradojas más importantes de la actual disputa.
El heredero y la ruptura
Toda nueva conducción necesita, en algún momento, diferenciarse de la anterior. Pero cuando el nuevo dirigente es producto político de aquello de lo que pretende diferenciarse, la operación se vuelve más compleja. Kicillof necesita construir autonomía para convertirse en una figura política con identidad propia. Sin autonomía no existe nueva conducción, sino continuidad de una conducción anterior bajo otro nombre. Pero, al mismo tiempo, necesita conservar parte del capital político, simbólico e identitario que recibió del kirchnerismo. La estructura política que lo convirtió en una figura nacional no apareció de manera espontánea. Fue construida durante años bajo el liderazgo de Cristina y Néstor Kirchner. La paradoja es evidente: para convertirse en heredero necesita conservar la herencia; para convertirse en conductor necesita dejar de ser solamente heredero. Por eso la palabra “traición” aparece con tanta facilidad en las discusiones internas. Pero quizás sea necesario sacarla del terreno moral y llevarla nuevamente al terreno político. ¿En qué momento una ruptura deja de ser una traición y se convierte en una sucesión? ¿En qué momento la lealtad deja de ser continuidad y comienza a convertirse en subordinación? Y, sobre todo, ¿cuánta ruptura necesita una nueva conducción para poder existir sin destruir la identidad política que le permitió emerger?
La política tiene una dificultad que pocas veces aparece en las discusiones públicas: muchas veces, para que algo nuevo pueda nacer, algo anterior debe perder centralidad. El problema es que los liderazgos no desaparecen simplemente porque una nueva generación decida ocupar su lugar. Cristina conserva capital político, identidad, capacidad de movilización y una relación particular con una parte importante del electorado peronista. Por eso la discusión sobre su candidatura no puede ser leída exclusivamente en términos de posibilidades electorales. Incluso una candidatura con dificultades concretas para materializarse puede producir efectos políticos significativos. Puede modificar los incentivos de los gobernadores. Puede alterar las decisiones de los intendentes. Puede obligar a los dirigentes que estaban construyendo alternativas a redefinir sus posiciones. Y, fundamentalmente, puede interrumpir el proceso mediante el cual el peronismo comenzaba a imaginarse políticamente después de Cristina.
Una sucesión interrumpida
Ese parece ser el punto central. Durante un determinado período, un sector del peronismo comenzó a asumir que debía resolver su futuro con Cristina fuera de una eventual competencia electoral. Esa situación no significaba necesariamente el final de su liderazgo. Una cosa es no poder competir electoralmente y otra muy distinta dejar de ejercer influencia política. Pero la imposibilidad de competir obligaba al movimiento a comenzar a responder una pregunta inevitable: quién ocuparía el lugar de conducción en la siguiente etapa. Kicillof comenzó a aparecer como uno de los principales candidatos para ocupar ese espacio. La construcción del Movimiento Derecho al Futuro, el fortalecimiento de vínculos territoriales y la búsqueda de una estructura propia podían leerse como parte de ese proceso. No necesariamente como una ruptura inmediata con Cristina, sino como la construcción de las condiciones necesarias para una eventual autonomía. La reinstalación de Cristina en el centro de la escena modifica esa dinámica. La lógica de una nueva candidatura de Kicillof requiere diferenciación, acumulación propia y liderazgo autónomo. La lógica de una conducción ejercida por Cristina requiere cohesión, alineamiento y reconocimiento de una autoridad central. Ambas lógicas pueden convivir durante un tiempo. Pero difícilmente puedan hacerlo indefinidamente. Porque llega un momento en que una organización política debe responder quién tiene la última palabra. Y allí aparece el verdadero problema de la conducción.
El peronismo después del kirchnerismo
Quizás el debate más importante no sea entonces si Cristina tiene más votos que Kicillof, ni si Kicillof mide mejor que Cristina. Es posible que ambas cosas sean ciertas en diferentes momentos y bajo diferentes circunstancias. El problema es otro: qué tipo de liderazgo necesita el peronismo para atravesar una etapa posterior al kirchnerismo sin perder su identidad y sin repetir experiencias que terminaron debilitando su capacidad de gobierno. El peronismo ha demostrado históricamente una enorme capacidad para construir coaliciones, incorporar dirigentes y sobrevivir a sus propias crisis. Pero esa capacidad de adaptación también tiene un límite: en algún momento las diferencias internas necesitan ser ordenadas por algún principio de conducción. La experiencia de Alberto Fernández vuelve inevitable la discusión. ¿Puede el peronismo volver a sostener un gobierno cuya conducción política no sea reconocida de manera suficientemente clara por el conjunto del movimiento? ¿Puede construir una nueva etapa alrededor de un dirigente cuya legitimidad provenga fundamentalmente de su propia acumulación electoral y no de una conducción política reconocida por la estructura peronista? Y, en sentido contrario, ¿puede Cristina continuar siendo el centro ordenador de una organización política que inevitablemente deberá construir una etapa posterior a su liderazgo?
Probablemente ninguna de estas preguntas pueda resolverse solamente mediante una candidatura. Porque el problema no es quién encabezará una boleta. El problema es quién tendrá la capacidad de ordenar al peronismo cuando llegue el momento de tomar decisiones difíciles, definir un rumbo político y asumir los costos de gobernar.
El interregno
Quizás el concepto de interregno permita comprender mejor el momento que atraviesa el peronismo. No porque Cristina represente simplemente una etapa que termina y Kicillof una etapa que comienza, sino porque el movimiento se encuentra frente a una transición cuya resolución todavía está abierta. La conducción ejercida por Cristina durante las últimas dos décadas ya no puede reproducirse bajo las mismas condiciones políticas que le dieron origen. Sin embargo, eso no significa que su liderazgo haya perdido capacidad para intervenir sobre el futuro. Por el contrario, una de las particularidades de la actual disputa es que Cristina conserva suficiente capital político para intentar ordenar la transición y, eventualmente, condicionar quién puede ocupar el lugar de conducción.
Kicillof se encuentra en la situación inversa. Su construcción política expresa la posibilidad de una nueva etapa, pero esa posibilidad todavía no equivale a una nueva conducción. Para convertirse en conductor necesita transformar su autonomía en autoridad política reconocida por el conjunto del movimiento. Y para hacerlo necesita, al mismo tiempo, diferenciarse de Cristina sin romper completamente con el espacio político que hizo posible su propia emergencia. Por eso el problema no parece ser determinar quién representa el pasado y quién representa el futuro (las nuevas y las viejas canciones). Ambos están disputando, con recursos diferentes, la capacidad de definir ese futuro. Allí reside la particularidad del actual interregno: la conducción anterior conserva capacidad suficiente para intervenir sobre la sucesión, mientras la posible nueva conducción todavía no consigue independizarse completamente de ella. Cristina puede no necesitar ser quien encabece la próxima etapa para conservar una parte decisiva de su poder. Le alcanza, en buena medida, con mantener capacidad para definir quién puede conducirla. La disputa por la conducción se convierte así en una disputa por la sucesión, y la sucesión deja de ser un proceso automático para convertirse en un campo de poder. El interrogante central no es entonces cuándo terminará el kirchnerismo ni cuándo comenzará el postkirchnerismo. Es quién tendrá la capacidad de definir qué significa el postkirchnerismo y bajo qué liderazgo podrá organizarse el peronismo después de Cristina.
El espejo de Entre Ríos
Las disputas nacionales tienen siempre una traducción territorial. En Entre Ríos, los intendentes y dirigentes peronistas deberán tomar decisiones antes de que la disputa nacional haya terminado de resolverse. Los que buscan reelegir, los que no pueden hacerlo, quienes intentan acceder a una candidatura legislativa y quienes aspiran a recuperar municipios deberán comenzar a construir posiciones dentro de un escenario en el que todavía no está definido quién será el principal ordenador del peronismo nacional. Por eso los alineamientos provinciales no deberían interpretarse únicamente como adhesiones ideológicas. Son también apuestas. Cada dirigente territorial debe decidir con quién construir una relación política antes de saber quién tendrá finalmente la capacidad de conducir. Y allí la política vuelve a mostrar una de sus características más difíciles: muchas veces las decisiones deben tomarse cuando todavía no existe suficiente información para saber cuál será el resultado.
El armado de Kicillof en la provincia, los movimientos del kirchnerismo y la eventual aparición de otros actores como Sergio Massa forman parte de esa misma disputa. No se trata solamente de elegir un candidato. Se trata de elegir una posible conducción.
La pregunta que queda
Quizás sea demasiado pronto para saber si Kicillof podrá construir una alternativa nacional, si Cristina logrará recuperar centralidad electoral o si aparecerá un tercer actor capaz de ordenar la interna. Pero probablemente no sea demasiado pronto para identificar cuál es el verdadero problema. El peronismo está frente a una discusión que excede ampliamente una elección presidencial. Está intentando resolver cómo se produce una sucesión política después de un liderazgo que durante años organizó buena parte de su identidad, sus disputas y sus mecanismos de poder. Y esa transición tiene una dificultad adicional. El nuevo liderazgo no puede simplemente negar al anterior porque buena parte de su legitimidad nació allí. Pero tampoco puede permanecer indefinidamente subordinado a él si pretende convertirse en una conducción autónoma. La cuestión, entonces, no es solamente si Kicillof debe romper con Cristina. Es mucho más compleja: ¿puede una nueva conducción peronista nacer de la misma matriz política que pretende superar? La respuesta a esa pregunta probablemente defina mucho más que la candidatura de 2027. Puede definir qué peronismo sobrevivirá al kirchnerismo, qué relación establecerá con su propia tradición política y, sobre todo, si será capaz de construir una nueva conducción sin repetir la experiencia de una conducción delegada que termine convirtiéndose nuevamente en una crisis de identidad, de gobierno y de poder. Porque, en definitiva, el problema que enfrenta hoy el peronismo no es solamente encontrar quién pueda ganar una elección. Es encontrar quién pueda conducir después de ganarla.
(*) Licenciado en Ciencia Política de la UNER
Fuente: Página Política

