Por Florencia Busti (*)
A ocho años de su partida física, hay hombres que no se despiden del todo. Dejan una forma de estar en la política que sigue hablándonos cuando más falta hace escucharla. Eso me pasa con José Manuel de la Sota. Y me pasa, sobre todo, en una Argentina donde el sectarismo se volvió costumbre y la descalificación del que piensa distinto reemplazó al argumento como método de la política.
Por eso siento la necesidad de reivindicar, hoy, el legado de un hombre que construyó puentes en un país que ya tiene demasiados muros. Muros sobran. Puentes faltan. Y faltan, especialmente, en momentos tan difíciles como los que atravesamos las argentinas y los argentinos.
De la Sota hizo del diálogo y del encuentro un modo de vida. No fue una pose ni una estrategia de comunicación: fue una convicción profunda, la misma que lo llevó a repetir, una y mil veces, aquel apotegma del General Perón que hoy suena casi extraño: «para un argentino no hay nada mejor que otro argentino». Toda su trayectoria fue un ejercicio constante de buscar consensos entre fuerzas políticas distintas, sin resignar jamás sus convicciones, pero entendiendo siempre que el que piensa diferente es un adversario, no un enemigo al que haya que destruir.
Esa distinción, que hoy parece de otra época, era en realidad su brújula. El “Gallego” podía discutir con dureza, defender sus ideas con firmeza, disputar el poder con todas las herramientas que la política le daba. Pero jamás confundió la disputa con el odio. Jamás necesitó destruir al otro para construirse a sí mismo. Y en esa manera de hacer política, tan escasa en estos tiempos, se cifra buena parte de lo que hoy le debemos reconocer.
Con mi papá, Jorge Busti, compartieron esa senda desde jóvenes. Se conocieron militando en Córdoba, cuando ambos eran estudiantes y formaban parte de la Agrupación de Abogados Peronistas. En esos años, cuando ser peronista podía costar la libertad, se dedicaban a sacar de las comisarías y los cuarteles a militantes presos por el simple hecho de hacer proselitismo. Esa etapa temprana, casi clandestina, forjó entre ellos un vínculo que después la política institucional confirmaría una y otra vez.
Siguieron ese camino, cada uno desde su provincia, en la Renovación Peronista de 1987. Y más tarde, ya como gobernadores de Córdoba y de Entre Ríos, pudieron compartir uno de los grandes logros de su generación: la consolidación de la Región Centro, aquel sueño común que también construyeron junto a Jorge Obeid en Santa Fe. Tres provincias, tres gobernadores, una misma convicción: que la Argentina federal se construye integrando, no fragmentando; sumando, no restando. Y que el mal llamado “interior” debe tener voz y voto.
Hoy, cuando escucho tanta descalificación fácil, tanto agravio disfrazado de coraje político, no puedo dejar de pensar en lo que representaba esa generación de dirigentes que entendía la política como un servicio y no como una guerra. Desde la dirigencia política, con la responsabilidad que a cada uno nos cabe, tenemos la obligación de predicar con el ejemplo. Y el mejor ejemplo que tenemos a mano es, justamente, el que nos dejó José Manuel de la Sota.
No se trata de mirar hacia atrás con nostalgia, sino de recuperar hacia adelante lo que hizo falta: la capacidad de dialogar sin perder identidad, de discutir sin destruir, de competir sin cancelar al otro. Se trata de construir puentes, como él lo hizo, en un país que necesita con urgencia menos muros y más encuentro.
Ese es el legado que me interesa reivindicar hoy, con el cariño de quien creció escuchando en casa el nombre del Gallego como el de un amigo entrañable de mis padres y recordándola siempre con su sonrisa de oreja a oreja. Y con la convicción de que, si algo nos puede salvar en este tiempo de tanto odio, es volver a creer, como él creía, que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino.
(*) Vicepresidenta del Frente Entrerriano Federal
Fuente: Página Política

