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OPINIÓN

Sobre la libertad

Acerca del concepto de libertad y los sentidos que le otorga la oposición. El contraste con la salud y la vida. Las estrategias del oficialismo desde el inicio de la pandemia. Un texto de Ciro Alis, estudiante de Ciencia Política en la UNER.

Por Ciro Alis

@aliscirok

 

En la última semana, en una nueva edición de la modalidad de exponer públicamente los procesos de toma de decisiones gubernamentales a las que el Frente de Todxs nos tiene acostumbrades, se dejó trascender que estaba en consideración tomar nuevas medidas de restricción a la circulación ante el aumento exponencial de casos de Covid-19 y el anticipo de la llamada “segunda ola”.

En la actual democracia de audiencias, todo trascendido inmediatamente impacta en el voraz mundo de las redes sociales, donde miles de usuaries (trolls muches de elles), salieron en cruzada frontal contra tal disposición, que hasta el momento solo era potencial.

Se pudieron ver consignas de todo tipo tratando al gobierno de autoritario, anti democrático. Pero el significante común que las amalgamaba era “libertad”; el tan fogoneado concepto que vimos inundar las calles porteñas en las marchas anti cuarentena que coparon la agenda mediática en los feriados nacionales del año que se acaba de ir.

Como el lenguaje jurídico es el lenguaje estatal, desde el comienzo de la cuarentena, la narrativa oficial apeló, para ser incontestable, a la garantía de la salud y la vida como derechos humanos que deben ser garantizados porque así lo establece la Constitución Nacional. Pero ¿es suficiente la declaración del derecho en términos jurídicos en una sociedad que cada vez con más claridad vemos moverse al ritmo de las pulsiones en las redes sociales que exaltan el odio fervoroso e inmediato?

El filósofo francés Michel Foucault, esbozó una teoría acerca de cómo el poder que busca cada vez más disciplinar los cuerpos en múltiples aspectos, a su vez se complementa con un poder que se hace cargo de la vida en su condición más biológica (biopolítica). El gobierno de las conductas, decía Foucault, debe economizar el poder y gobernar lo más que se pueda al menor costo posible. Este arte de gobernar no se corresponde con la costosisima técnica de la cuarentena que ha priorizado un valor superior, el de la vida, en una exitosa política sanitaria del gobierno nacional, que no ha dejado argentines sin atención en el sistema de salud y que es el primer país de la región que ya cuenta con más de 100 mil ciudadanes vacunades, pero que sin embargo es atacado diariamente desde los medios masivos, la oposición y les usuaries de redes, o tal vez desde un peligroso entramado de todo esto último que no es tan discernible en la práctica.

Si en esta actual etapa especulativo financiera del capital, no se ha perdido la oportunidad de invertir fortunas en las neurociencias, es porque el neoliberalismo trabaja constantemente sobre la exaltación de las pasiones en la era de la fugacidad de las de las imágenes; las redes son performativas de ciertos comportamientos a nivel masivo, miremos por ejemplo el uso de Trump de la red social Twitter y los posteriores disturbios en el Capitolio estadounidense del pasado 6 de enero.

Tomemos otro aporte de la filosofía política para pensar este cuadro de situación; Giorgio Agamben busca genealógicamente el origen de lo que él dirá es “el juramento de fidelidad de la modernidad con la metafísica”. Rastrea en el antiguo derecho romano la figura del homo sacer, aquel a quien cualquiera puede dar muerte pero su vida es en sí misma insacrificable para aventurar que el Estado moderno desde siempre es un Estado asesino, que al fundamentar su institución en la vida biológica mediante una inclusión exclusiva de la misma en el orden estatal, distingue entre vida auténtica y vida meramente biológica, retomando así una vieja distinción aristotélica fundante de la filosofía occidental entre zoé (vida biológica) y bíos (vida calificada).

Cuando la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la revolución francesa distingue unos derechos de los otros, abre la puerta a los genocidios más aberrantes que justamente tienen lugar en la historia desde el surgimiento de los Estados modernos. El contemporáneo refugiado que vemos en sus balsas precarias naufragando en el mediterráneo ilustra cómo hemos desvinculado lo humanitario de lo político, teniendo la posibilidad de acceder a los derechos humanos solo siendo ciudadanes de un Estado-nación y relegando la asistencia de los refugiados a la política humanitaria de la ONU.

Coincidiendo o no con las teorías esbozadas muy escuetamente, nos interesaba traerlas para reflexionar sobre el escenario político actual: cuando a la consigna de la libertad de las marchas opositoras Alberto Fernández contestaba, hacia mediados del año pasado, “para ser libres hay que vivir” se podía ver una determinación que contrasta bastante con la sugerencia, a las provincias, de tomar medidas restrictivas; ¿Qué pasó desde junio hasta acá?, ¿con qué discurso se contesta a aquelles que quieren limar la legitimidad de un gobierno elegido democráticamente y del cual además los medios internacionales han resaltado como exitosa su política en materia de salud?

Nos permitimos pensar que el oficialismo debe politizar aún más las intervenciones con otras narrativas que no se priven de salirse de la neutralidad que brinda el marco de los derechos y las libertades, ya que los dispositivos que hoy generan subjetividades exceden con creces el lenguaje de la soberanía clásica y la salud como derecho humano; sería un simplismo y un error caer en la falsa dicotomía sobre qué derecho es más relevante (la salud o la libre circulación) porque elude las discusiones más profundas sobre en qué sectores de la sociedad recae la mayor exposición al contagio. El año electoral, ¿nos traerá un viraje de esta narrativa?, ¿cómo se compatibiliza con la Argentina unida?.

Por último, los discursos de quienes se rasgan las vestiduras por las libertades individuales vienen principalmente desde un espacio político que mientras fue gobierno buscó vincular, por todos los medios posibles, el significante libertad con mecanismos de flexibilización laboral e incertidumbre en el mercado laboral, que al decir de un hoy Senador Nacional debíamos aprender a vivir en ella y disfrutarla.

La libertad de circulación, que es un derecho constitucional, no debe opacarnos cómo se articulan perversos discursos que oponen libertades individuales a decisiones políticas y bregan por una fragmentación sin límites con exaltación al odio que ponen en riesgo nuestra convivencia plural y democrática. Las estrategias gubernamentales debieran considerar tácticas para combatir tales dispositivos que tengan en cuenta la efectividad posible en un campo minado de apelaciones al nervio más sensible de la sociedad, los impulsos de sus ciudadanes. Parafraseando la fórmula que funcionó como un mantra sagrado durante los tiempos en que se dirimían candidates a presidente en la última contienda electoral: sin el derecho no se puede, solo con el derecho no alcanza.

Fuente: Página Política
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