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OPINIÓN

Una libra de carne

Profesor de Historia y licenciado en Ciencias Políticas, egresado de la UNER analiza a través de lecturas la inflación como una cuestión en disputa en el campo de la política.

Por Camilo Hernández

 

1) El precio de la carne aumenta incontrolablemente. Las explicaciones económicas son distintas de acuerdo a la teoría con la que se las analice. Más allá de las razones econométricas, tanto los precios de la carne, la yerba, el maíz o la nafta, en realidad nos hablan de un campo de disputa por el poder.

El precio es político, abandona la esfera doméstica (oikós), el de la administración de los bienes escasos para necesidades infinitas, y entra de lleno en el de la pólis y el pólemos. El alza generalizada de precios no es una variable para analistas y técnicos, es el murmullo de hastío y desesperación de las mayorías y el regodeo ladino de una minoría.

 

2) Hace poco terminé de leer un libro de Eduardo Rinesi, “Las máscaras de Jano”, aunque reiterativo por momentos, disfruté de su lectura, de su estilo pedagógico a la hora de presentarnos los problemas a tratar. Los docentes que no caímos en la escuela pública y elegimos ejercer nuestra labor en ellas, ampliamos nuestros horizontes culturales y entramos en el mudo de la tragedia isabelina por libros como éste.

Allí Rinesi se aprovecha de la obra de Shakespeare “El mercader de Venecia” para discutir respecto del carácter de la obra -trágica o cómica- y revelar algunas discusiones respecto de sus personajes, su trama, sus lecturas e interpretaciones. Recordemos brevemente: el cristiano vecino de la república de Venecia Antonio solicita un préstamo al vecino judío Shylock, quién le exigió como garantía del mismo una libra de su propia carne. Obviamente Antonio no pudo pagar y solicita ayuda a su amigo (y amor imposible) Bassanio quién acudió a él sin poder impedir que Shylock lo lleve a juicio. Éste, sabiendo que las leyes de la ciudad estaban de su lado, la misma ley que sostenía una burguesía comercial pujante, en donde las reglas de juego claras y previsibles eran necesarias para el florecimiento de los negocios, caminó seguro hasta la vendada señora de los platillos.

El ingenuo de Shylock desconocía que la serenísima República de Venecia estaba constituida, como casi todas sus pares, bajo la lógica de una identificación a partir de la segregación. Los que asumieron el nombre de la república establecieron los márgenes y los atributos de los incluidos. El judío en esa Venecia no es más que tolerado, y esto no es la fórmula edulcorada del pandialoguismo liberal, sino la capacidad de resistir aún a desagrado la existencia del otro. El judío aceptado como vecino y repudiado como persona.

El punto central de la obra transcurre en el juicio en donde la bella e inteligente Portia, esposa de Bassanio, disfrazada de doctor en leyes, se presenta en la sala y revierte/invierte el curso de los alegatos, pone del revés el sentido de la ley escrita, encuentra en la letra muerta un subterfugio a cargo de la interpretación propia por medio de la cual organiza de forma lógica y racional un discurso que culmina por imputar al propio Shylock. Su discurso se transforma en el modo de legitimar no sólo su propio y exclusivo plan personal, sino que encarna las voces de la ciudad de los que siempre se dejan oír.

El confiado Shylock esgrimió los argumentos de la ley y Portia, la representante de una nación homogénea y sin fisuras (la inexistente Belmont), usó esa misma letra para sostener el espíritu oculto de la ley veneciana, es decir, que las mismas tiene destinatarios singulares, como no son iguales para todos, que lejos de representar a una plebe heterogénea lo hace a una parte de la burguesía.

De nada le sirvió el contrato. Portia resignificó el sentido de su garantía e instó a Shylock a conseguir su libra de carne sin derramar sangre, acción de cumplimiento imposible, ya que de esta forma lo convertiría en un homicida y allí si el peso de la ley no tendría atenuantes. La autoridad de la ley no estuvo depositada en la auctoritas de la ley muerta, sino en el peso de los que despreciaban al judío. La legalidad fue sorteada por la presión de una legitimidad sectorial.

 

3) En la Argentina aún litigamos por el uso del término república. Muchos se han apropiado del concepto haciéndolo bandera, incluso sin escarbar en los más escolares sentidos de la palabra ni en las más mínimas tradiciones de discurso.

La república Argentina se parece a aquella de Venecia en donde algunos grupos (oligos) definieron e interpretaron a gusto y paladar las leyes de la nación, muchas realizadas por sus propios antepasados de clase que se creyeron mejores (aristoi) que el resto y otras creadas a pura imposición de sus peores pesadillas, a instancias del demos. Alberto Fernández llegó a la presidencia a la cabeza de un frente que enarbola distintas tradiciones del pensamiento nacional y popular y que buscaba en primer lugar terminar con el gobierno reaccionario de las elites de siempre.

Encabezó, por una jugada magistral, el pedido de unificación de las fuerzas políticas para el retorno al gobierno pero, debe hacérsele saber, que esa delegación no suponía una entrega irrestricta, a ojos cerrados.

A un año de gestión, extraordinaria, es cierto, nos pone en alerta muchas de sus decisiones. Alberto Fernández confió, como Shylock, en que podía solicitarle a la burguesía argentina la libra de carne amparado en las leyes existentes y se cansaron de demostrarle que las leyes de abastecimiento, de control de precios, el intento de imponer aranceles o impuestos, ordinarios o extraordinarios, no responden a escritos fríos, sino a las pulsiones bien gestionadas de los grupos de poder.

Albertshylock se presentó ante los jueces de la república con las leyes de su lado, la realidad le devuelve el kilo de carne a precios europeos, tres aumentos de nafta en 30 días  y sueldos congelados en Entre Ríos desde hace un año. ¿Qué esperaba? ¿hacer cumplir las leyes de oferta y demanda? (Menor consumo y más stock de carne= mayor precio!!!).

Fernández debe presentarse ante la república Argentina sabiendo cómo funciona la idea de república que tienen nuestros adversarios, una república creada desde la mismidad  y reproducida cultural y escolarmente como una Argentina homogénea, sin “indios”, ni “inmigrantes”, “judíos”, “bolitas”, “paraguas”, “negros senegales” y “negros cabecitas”.

Debe resignificar el concepto de república usando como ejemplo a la versión más exitosa en términos temporales, la república de Tito Livio, aquella que asumió el conflicto como su principal motor y a partir de allí leer, escribir y reescribir la legislación al calor de la plebe que lo puso en esa posición.

Recordarle que el conflicto es inherente a todo sistema político y que a pesar de la imposibilidad de eliminarlo por completo, funciona como fecundo promotor de nuevos derechos. Y que la tibieza no tiene cabida ante las fuerzas gélidas del mercado.

Tal vez hayamos depositado demasiadas expectativas. Tal vez el fin del macrismo nos ilusionó con un giro de 180 grados. Tal vez tengan razones serias y entendibles, nacionales e internacionales, para explicar este aciago presente. Pero el campo popular debe recordarle que no es suficiente, que no se logra lo posible sino se intenta lo imposible y que no es factible reclamar la libra de carne sin que se sangre un poco.

Fuente: Página Política

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