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conflicto etchevehere

Una cenicienta con proyecto político

La autobiografía de Dolores Etchevehere. La causa contra su madre y sus hermanos, el despojo, su niñez entre dos mundos, su vínculo con Grabois y el proyecto Artigas. Sola, un modo de mirar de frente al poder en Entre Ríos.
Luz Alcain
Por: Luz Alcain
@luzalcain

Sola, de Dolores Etchevehere, es un repaso detallado por la denuncia de la autora contra sus hermanos y su madre. Es la exposición del despojo de todos sus derechos hereditarios, cometido en un cúmulo de delitos como falsificación de firmas, violencia, extorsión, vaciamiento de empresas, estafa a trabajadores y al fisco. Los denunciados: su madre, Leonor Barbero; sus hermanos, Luis Miguel Etchevehere, exministro de Mauricio Macri y ex titular de la Sociedad Rural; Sebastián Etchevehere; Juan Diego Etchevehere, expresidente del Consejo Empresario de Entre Ríos, a cargo de la Rural en la provincia. 

La lectura del libro hace una impiadosa exhibición del modo en que funciona el poder en provincias como Entre Ríos. Empresas privadas, poder político, poder judicial, todo en un engarce que instaura, para un puñado de familias, la impunidad asegurada que tiene como base un precepto: “no pagar”. No pagar por los delitos, no pagar los impuestos, ni las multas. No pagar salarios ni indemnizaciones, nunca pagar lo que corresponde si el robo es al Estado, no pagar ni por las tierras, ni por los créditos tomados.

Sola explicita en varias páginas de su libro el modo en que se consolida esa cultura del despojo, esa condición de parásitos de alcurnia, esa falta de vergüenza de poner escribanos, abogados, gestores a apretar, por ejemplo, a un municipio como el de Diamante para que se apruebe la ordenanza que exime de las tasas a una estancia de mala muerte. O forzando la entrega de tierras de una escuela agrotécnica. Y la casta política, obediente, temerosa, siendo cómplice, ejecutora del robo de lo que es de todos. 

Sola habla también del despojo a las mujeres. Siempre, por costumbre, porque así lo manda “la naturaleza”. Primero a las tías abuelas de Dolores. Seis mujeres, Blanca, Azucena, Angélica, Zulema, Graciela y María Luisa, arrancadas de sus propiedades, por Arturo J. Etchevehere, el hijo varón de un exgobernador, quien fuera director de El Diario entre 1946 y 1982. Por años, el titular del matutino hacía enviar un cheque a discreción de monto y de destinataria por propiedades puestas a nombre de testaferros amigos, con el argumento que podían ser expropiados por “el peronismo”. Así lo cuenta Jorge Riani en El Imperio del Quijote. La historia oculta de un diario que influyó en la política argentina. Y la autora, en Sola, lo confirma de punta a punta.

Dolores es la otra a la que intentan despojar, dos generaciones después, cuando hubo otra vez una mujer entre los destinatarios de una herencia. Y por el libro, con un costado autobiográfico, sabemos que fue así, fue despojada, desde su más tierna infancia. Excluida de las conversaciones de “negocios” entre sus hermanos y sus padres, enviada a la escuela del barrio La Floresta a la que no fueron los varones. Mitad abandono, mitad control burgués y estatal. Abandonada en la puerta de la escuela cada día. Uno de esos días, según cuenta, una niña del grado la invita a esperar un rato en su precaria vivienda del barrio. Un operativo policial la fue a buscar, golpeando chapas, metiendo sirenas y violencia en las callecitas de La Floresta. Amiga de los chicos de Pancho Ramírez, el barrio que crece detrás de las propiedades Etchevehere de la Bajada Los Vascos. Cenicienta, mientras no se dieran cuenta, mientras siguieran sin verla, siempre y cuando no se la “ubicara” en su clase social de un cachetazo. 

Dolores se presenta en el libro como una suerte de puente entre los propietarios y la servidumbre, entre la casa y el “garage” de techo de chapa en el que vivían cuatro mujeres abocadas a las tareas de limpieza y de cuidado en Los Vascos. El puente entre la casita de los peones y la estancia. La hostilidad, el desalojo que la empujaron, desde niña, a buscar vida y cuidados en las casas humildes, recibiendo cariño de manos “con olor a cebolla, otras veces a leña, otras a lavandina”. 

Hay en el libro, también, espacio para el contraste entre la vida rural, la tierra, la estancia desde la perspectiva del propietario, y la ciudad, Buenos Aires, el mundo entero, que caracteriza a una parte de la literatura argentina. Dolores también se ocupa de contar su vínculo con la vida de campo y de dar cuenta de sus viajes por el mundo, por África, Kenia, Tanzania, Uganda, Zaire, Cuba y México, país en el que ahondó en la experiencia zapatista. La figura del Papa Francisco y la encíclica Laudato Sí son un eje vertebrador de todo el libro. Es el cariz desde el que mira la política.

La autora no elude ningún nombre en ese “pacto de poder” que denuncia. Ninguno. Pone un poco, sin distingos, a todos en la misma bolsa. Pretende encontrar aliados y adversarios con coordenadas que no cuadran a veces. Y es mordaz para describir a políticos, abogados, jueces, “chupamedias” de los Etchevehere, tan obsecuentes a cambio de nada que la autora no comprende. Un revés del relato típico con que se cuenta la sociedad paranaense. 

Habla de su familia, deja un guiño salvando el nombre de su tío, Arturo Roosevelt. Habla de sus reuniones, tras sus denuncias en la Justicia entrerriana y en la Justicia Federal, con el Procurador General, Jorge Amílcar García; con el fiscal de Estado, Julio Rodríguez Signes; con el exministro de Cultura, Pedro Báez. Reclama soluciones. Repasa los engaños, la extorsión, la falsificación de documentos (probada por la Justicia Federal) a la que la sometieron, en algunos casos en connivencia con algunos de sus abogados. 

No tiene reparos en mostrar un poder político que asignó 150 policías para llevarla detenida desde Casa Nueva. Marca, en cambio, la ausencia de personal policial cuando Luis Miguel Etchevehere increpa a un funcionario judicial que mandaba cumplir el fallo de asignación de una vivienda para Dolores en calle Los Vascos. Para impedir la violencia, la Justicia no puso personal policial. Prefirió desdecirse, dictar otra sentencia, consagrar otra vez el desalojo de la autora. 

Finalmente, Dolores encuentra sentido a su historia y se hace parte de un proyecto político: Proyecto Artigas. Junto al fundador del partido Patria Grande, Juan Grabois, con quien sella “la alianza inesperada” tal como la presenta el libro. Grabois es emparentado por la autora con el subcomandante Marcos: “Ambos son humanistas, cristianos y revolucionarios”. Una alianza repudiada con tractores y piquete rural frente a la Estancia Casa Nueva, tomada por la autora y por un grupo de militantes. Un proyecto cuestionado en vivo por las cámaras de la televisión porteña, con Patricia Bullrich y Miguel Ángel Pichetto frente a la tranquera. Contra esa alianza “inesperada” se levanta un monolito ahora en Casa Nueva. Una especie de santuario a “la propiedad privada”, la propiedad privada tal y como la entienden los Etchevehere.

Sola. editado por Planeta, en papel y en e-book. Tiene algunos errores, un par de apellidos mal escritos, huellas de un libro sacado a las apuradas. Tiene la particularidad de tener, a pie de cada página, un código QR para ir, con el celular, ampliando todo lo que se cuenta en videos, fotos, archivos periodísticos, entrevistas. 

Sola, de Dolores Etchevehere. Una manera descarnada de mirar de frente al poder en Entre Ríos. 

Fuente: Página Política
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