Este 20 de diciembre se cumple un año en que la política entrerriana no tiene a Jorge Busti. Trescientos sesenta y cinco días en que medios de comunicación perdieron un lector. También muchos días en que periodistas no fueron alcanzados por la crítica, la corrección o el comentario de quien fue el hombre más importante de la vida institucional del ’83 a la fecha.
Fue tan importante la presencia de Busti, y lo sigue siendo, que en unos días estaremos ingresando a un año electoral en el que coincidirán tres fenómenos: se cumplen 40 años de democracia; 20 años de gobiernos peronistas ininterrumpidos y la aparición de un dirigente de la oposición con notables posibilidades cuyo primer interés en Entre Ríos fue de la mano del líder muerto.
Busti moldeó las instituciones de la provincia sin despegarse del contexto que imprimía la época. Creó el Poder Judicial con gente de su confianza o con nombres que le sugería su círculo íntimo. Se encargó del juez de instrucción hasta del vocal. Lo mismo hizo en los organismos de control.
Evitó quedar como el principal privatizador, porque de eso se encargó su pupilo Mario Moine, un disciplinado alumno del Consenso de Washington. Sin embargo Busti estatizó cuando la ola progresista marcó otro rumbo.
Fue un hombre de diálogo. Le tocó gobernar su primera etapa con Raúl Alfonsín como presidente. En su segundo gobierno lo hizo con un Senado donde la mayoría era radical, sin embargo salieron las leyes que debían salir. Por consenso o por lo que fuera.
Busti tuvo una visión panóptica de la política. Nada dejó al azar. Acudió a todas las herramientas que ofrece la política. Las buenas y las malas. Si había que acordar con un radical en Paraná para que no ascienda un peronista capaz de opacar su futuro inmediato, lo hacía. Si el Superior Tribunal de Justicia (STJ) debía distraerse en una causa o bajar el martillo, la palabra de Busti era ineludible. La última vez fue, quizás, cuando Juan Pablo Aguilera recuperó su libertad en el marco de las causa de los contratos truchos.
Llegó a gobernar con 7 de los 9 vocales cuya designación salieron de su puño y letra. Hizo lo propio con el procurador general, Jorge García.
La prensa, su diaria devoción, fue otras de las herramientas a las que acudió. Inventó radios y periodistas para contrarrestar cualquier usina crítica. Con El Diario de Paraná, cuando tenía la centralidad de la agenda, tuvo algún que otro cruce por las buenas costumbres que tenía ese matutino de publicar todo lo que acontecía. A su dueño le terminó regalando un campo en Salta Elena, lo que fue motivo una denuncia judicial.
Se puede decir que entendió a la perfección la democracia: medios de comunicación y Poder Judicial.
Busti era capaz de montar una escena de película de acción o tener funcionarios como Eduardo Gitano Romero, involucrado en el asesinato del escribano Rubén Calero, cuando la violencia política de los ’70 no se había borrado sus reminiscencias. Pero ese mismo hombre fue también quien 20 años después creó el Consejo de las Magistratura cuando la sociedad se hartó del amiguismo institucional.
Atento a lo que pasaba en la vereda de enfrente tejió relaciones en el radicalismo. A los suyos les hizo gastar plata, en política, a todo aquel que quería ser intendente o pretendía un lugar en la Legislatura.
Luego de haberle dado forma a buena parte de las instituciones, le otorgó rango constitucional en la Convención Constituyente de 2008 que presidió.
Jorge Busti falleció un 20 de diciembre luego de varios días en que su salud se complicó. Fue en Buenos Aires, a donde se resistía a ir a jugar. Su fallecimiento careció de reflexiones en el seno de la política. Ese vacío intelectual ante la desaparición de un hombre de envergadura por parte de la dirigencia actual pinta un poco la baja densidad de la misma.
El glosario que publicó Página Política hace un año
Fuente: Página Política








